El reflejo

El reflejo

Rosa

24/11/2020

Nada más salir del portal, se dio cuenta de que no llevaba las llaves encima. Un pequeño inconveniente sin importancia, que no le hizo detenerse o volver atrás. El día contaba con muy pocas horas, y su agenda era demasiado apretada como para no seguir caminando. Además, si ahora regresaba no podría terminar el trabajo antes de que sonara el toque de queda. Así, puso un último mensaje a su mujer para avisarle de que estuviera en casa a la hora convenida, y continúo su camino.

Era la ruta de viaje que más veces había navegado. Las mismas aceras que ya empezaron a levantarse y agrietarse hacía más de 30 años, cuando perseguía balones desinflados con aquellos amigos que ahora tenían sus propios hijos. En el paisaje pintado de otoño, las calles se llenaban de diminutas hojas caducas mojadas por la lluvia. Las señoras mayores caminaban apretadas, apoyándose en sus años, para recorrer lo que les parecía un campo de minas. Y en aplicación de la Ley de la Jungla, esas tortugas eran adelantadas por algunas liebres que, maletín en mano, esquivaban personas como si fueran postes al mismo tiempo que escribían mensajes de texto.

Apenas se notaba el temor en el ambiente. Quizá fuera sólo un pequeño temblor en la tierra; un ligero olor a podredumbre que emanaba de la basura todavía sin recoger. Parecía que en las ventanas la gente continuara vigilante, como si aguardaran algún suceso en concreto. Todo el mundo esperaba nuevos disturbios, un último ataque definitivo. En la frutería, los clientes miraban de reojo mientras escogían la siguiente pieza, inseguros al aire libre. Ángel no se dejaba molestar por esa sensación de peligro, y aseguraba su ritmo casi militar camino del metro.

En la esquina de siempre, encontró al dueño de la panadería, don Benito, observando el coche de policía aparcado frente a su comercio. Era difícil imaginar que estaría pensando el viejo. Esos ojos oscuros habían visto demasiado; en ellos podía leerse la crónica de todo un país, quizá en parte inventado por la memoria. Lo que más le asustaba de su gran amigo era esa ausencia total de miedo que había desarrollado con los años. Como si ya la vida le diera igual. Al fin y al cabo, era un pobre viudo, cuyo hijo había desaparecido en los años de la bacanal. Después de tanto tiempo sin noticias y sin esperanzas, se hallaba en un estado de indiferencia que no trataba de disimular.

Lo que Ángel temía era verse reflejado en un espejo, cuando le miraba. Encerrarse en ese laberinto de nostalgia y no salir jamás. Él si tenía una familia por la que seguir luchando. Todavía le quedaban facturas que pagar y velas por soplar. Iba a comprarle una nueva bicicleta a Martina por su cumpleaños. Y sí todo salía como esperaba, estaría en la próxima Junta de gobierno de la ciudad. Ese era el verdadero motivo de sus desvelos, así como de las llamadas amenazantes en medio de la madrugada que apenas le dejaban dormir en paz. Ángel no quería encontrarse en una nueva encrucijada como sus predecesores. Como don Benito, que ya no poseía nada de este mundo, ni siquiera el negocio que habían creado sus padres.

Aunque apenas tenía tiempo, se detuvo a hablar con el viejo.

– Buenos días, don Benito. ¿Cómo se encuentra hoy? – Cuando sus ojos se encontraron, volvió a vislumbrar el abismo en el que se precipitaba. Hizo un esfuerzo por sonreír mientras le respondía.

– Me alegro de verte, Ángel – Sonaba sincero – Mejor que ayer, y peor que mañana, por cierto.

En ese momento, la policía estaba pidiendo la documentación de todo el que entraba y salía de la parada. A menos de una manzana de distancia, se había creado una pequeña muchedumbre de personas malhumoradas que aguardaban impacientes, como un coche en el último semáforo.

– Hace muchos días que Nico no viene a jugar al ajedrez conmigo – dijo don Benito, mientras observaba la curiosa escena que se desarrollaba a unos metros.

– Ha estado muy ocupado con el fútbol – contestó Ángel, sin muchas ganas – Ya sabes que si a eso se dedican sus amigos…

– Tienes razón. Yo hice lo mismo a su edad. – Una pequeña sonrisa cruzó la cara de aquel hombre olvidado por el destino, un rostro casi bello en ese instante. De pronto, pareció acordarse de algo, y volvió la mirada muy serio. – Sabes, en el barrio se oyen cosas…

– Me voy, don Benito, que tengo mucha prisa. Luego, vendrá Elena a por el pan. Que tenga buen día.

No esperó a la réplica, pues como siempre, el viejo tendía a omitirla. En el mejor de los casos, se despedía con leve cabeceo, más parecido a un tic nervioso. Sin embargo, casi oyó antes el ruego que la frase.

– Cuídate mucho, Ángel.

Le saludó una última vez con la mano libre y se dispuso a cruzar para coger ya el metro. Era inevitable, llegaba tarde de nuevo. Caminaba tan distraído que apenas pudo ver la enorme grúa cortando el paso. Estaban levantando un gran espejo de cuerpo entero lacado en oro. Era un armatoste enorme, que no cabría por ninguna escalera de aquellos edificios tan bajos. La luz del sol brillaba de una manera especial en su limpia superficie. Ángel estaba cegado por la fuerza de esos rayos. Por un momento, pensó que quizá debía haber regresado a casa, a por las llaves. Esa fue su última reflexión vital, intensa y fútil a la vez, antes de comprobar que había una pistola en el espejo. Y le estaba apuntando.

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