‘Lolo’ volverá a la calle. Sin ingresos debido a la pandemia, y aislado en un apartamento de alquiler, en la avenida Sexta, gastará todos sus ahorros. En la nevera tendrá muy poco que comer, y aún menos dinero en la cuenta del banco. Asomará a su ventana de la sala-cocina-comedor. Ni modo, pensará, a ver qué levanto. Frente al espejo combinará pantalones y camisas. El azul levanta sus glúteos, pero muestra su corte barato en una bolsa sobre el pubis, que esconde su masculinidad. «¿Paquete, por si cae mujer? ¿Nalgas, por si cae un activo? ¿O ambos, por si cae un pasivo? Ojalá resultara un trío, paga más». Rechazará el azul, tomará el negro, imitación cuero.

“Ya parezco retrato con este”, dirá, pero elegirá la camisa de poliéster y los zapatos de imitación charol, todo negro. Usará gomina capilar, para más brillo. La maldita mascarilla, que no deja ver sus labios finos, tiene su ventaja: realza las cejas espesas; les dará unos toques muy suaves con un lápiz, para ennegrecerlas. La sobrepondrá en su rostro y ensayará sus miradas: la sonriente, la penetrante, la invitadora, la enigmática. Si consigue cliente, lo primero que comprará será una máscara negra, fina, que no dañe el “look”. Desde hace dos días siente una opresión desagradable en el pecho, y un tantito de mareo. «Debe ser estrés, nada más. ¿Dónde habrá pesca hoy? No puedo caminar mucho, sudando la ropita. Tocará pasear del hall de Falabella a la plazoleta de comidas de Chipichape. Dame suerte, Jesusito». Se persignará ante el Divino Niño Jesús de Praga, tomará la bolsa de Zara, para que las falsas compras escondan su condición de buscón, y se lanzará a la aventura.

***

La rubia salió de su casa pasadas las tres de la tarde. El transporte público, restringido por la pandemia, era incierto, sabía que tendría que esperar hasta que hubiera cupo. Tuvo suerte, dos horas después llegó a su destino. Devoró otra pastilla de menta, aclaró la garganta y mantuvo a raya, con dificultad, la tos seca y persistente. De reojo, en una vitrina, vio su culo erguido; los implantes de senos, enmarcados por la blusa; la cintura, acentuada por la liposucción y el retiro de las costillas falsas; la nariz, recortada y respingada: todas las “artesanías” que tendría que pagarle al cirujano plástico, quien solo aceptó la mitad con ‘pago en especie’. Sonrió satisfecha, «No importa, valió la pena, le voy a llorar para que me deje pagarle más con credicuerpo». Las cejas y los párpados con maquillaje permanente; los bluyines, la bolsa y las sandalias con lentejuelas, brillando como lucecitas de pesebre navideño, definían su estilo. Todo el conjunto colocaba sobre su cabeza una aureola negra, una etiqueta que decía «prostituta» en todos los idiomas. La tediosa careta que no dejaba ver sus labios, henchidos de colágeno, iba doblada en la cartera, por si los guardias del centro comercial la requerían.

Tarareaba en su cabeza “Periódico de ayer”, de Héctor Lavoe, y sintió nostalgia: hace unos años triunfaba en las fiestas del narcotráfico, era joven, bella y fresca; recibió fortunas que, como ríos, llegaron y se fueron; saltó de cama en cama sin graduarse de “mujer de traqueto”, con un único dueño poderoso; le tocó aceptar malandritos y se fue su bonanza. Ya desde antes de la pandemia no “cotizaba en bolsa”; la calle la llamó, la acogió, fue su fuente de pan, sudor y lágrimas. Ahora no le preocupaba el virus, sí el hambre y los gastos por cubrir. Tan pronto aflojaron las restricciones, regresó al rebusque. «Qué ironía, no debería gustarme esa canción, es como mi propia historia».

—‘Lolo’, ¿ya llegaste? Ah, bueno. ¿Me invitas a un café? Ando sin plata. ¡No te burles! Ahí vemos si nos separamos luego, ¿no?, para no espantar el ganado. ¡Sí, ojalá resultara, Dios quiera! —dijo al telefonito de estuche rosa y pedrería falsa. 

Con fuerte bamboleo de caderas, Ivonne se dirigió hacia la plazoleta de comidas del Centro Chipichape.

***

—No hay duda, don Trinidad, lo siento. Hicimos exámenes varias veces, todos positivos. Tiene sarcoma de Kaposi, complicado con cáncer de pulmón, con metástasis.

—Algo se puede hacer, ¿no? Cirugía, trasplante, droga, radiaciones, ¡algo! ¿O mi plata ya no sirve?

—No, no sirve, don Trinidad. Está muy mal. Usted ignoró las recomendaciones, no hizo las terapias, no tomó los medicamentos contra el VIH, no dejó de fumar…

—¿Ahora es culpa mía, entonces? ¡Váyase a la mierda!

Sale del consultorio del oncólogo azotando la puerta. «¿Conque esas tenemos?», piensa. «¿Así que me odias, maldito Dios?». En el sótano ubica su carro importado. Sube y recuesta su cabeza contra el timón de cuero. Enciende un cigarrillo y aspira con ansia. Bota el humo, tose. Intenta gritar, pero se ahoga. Llama:

—Médico, ¿cuánto tiempo me queda? —no saluda, no se excusa. Recibe la respuesta, la ira contrae cada músculo de su rostro. Cuelga, y arranca el motor; maneja hacia su penthouse frente a Chipichape. Llega al apartamento, sirve un whisky doble. Lo bebe de un trago, se sienta en su sofá de terciopelo añil. Mira la soberbia reproducción de La muerte de Sardanápalo de Delacroix, que compró a un gran maestro en Dafen, China, capital mundial de las copias. Una sonrisa forzada dibuja una daga curva en sus labios. Se dirige a la caja fuerte, la abre, coge un grueso fajo de billetes y lo escupe varias veces, con desprecio. Lo coloca en su billetera, toma su mascarilla N-95 contra el covid-19: «No pensaron que también cubre tumores». Guarda la billetera en su bolsillo, no sin antes asegurarse de que el dinero muestre sus encantos a simple vista. «¿Hombre o mujer? ¿O ambos?» Ahora la sonrisa es una amenaza rojo pálido. «¿Recomendaciones? ¿A mí?»

—Empecemos a repartir lo que tenemos— dice, y encamina sus pasos hacia la plazoleta de comidas del Centro Comercial Chipichape.

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