Después de tres meses de taller, al fin escribió Elisa, la chica de negro.

Debió aprender del exhibicionismo, de las críticas devastadoras, del sarcasmo, del liarse a golpes de los dos que fueron expulsados, del llanto nauseabundo de los que se flagelaban con cada texto. Ella sólo escuchaba y, a la hora de pedirle su opinión de lo que leíamos, ofrecía disculpas por su ignorancia.

Leyó su texto. Era magnífico. No quiso escuchar opiniones, dijo que iba por un cigarro, y la seguimos extrañando.

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