Mientras frío unas salchichas en la sartén me doy cuenta que se acercan las ocho. Apago el fuego y las dejo rodar sobre el plato casi al  tiempo que las voy engullendo.  Aún quedan restos de humo en la cocina cuando comienzo a escuchar ese sonido que ya se ha vuelto familiar. ¡Mierda! Otra vez llego tarde a la cita… Titubeo. Va a ser la tercera jornada consecutiva que no salgo. No quiero que crean que soy un insolidario. Así que, sin pensármelo mucho, me precipito al balcón mientras mastico el último pedazo de carne. 

Ahí están como cada tarde a estas horas desde hace poco más de un mes. La mujer latina de enfrente que se asoma con cierta timidez por un lateral de la cortina. La miro y me devuelve la misma sonrisa inacabada de siempre. Se nota que aún se siente en tierra hostil, a pesar de todo. Sus persianas permanecen bajadas prácticamente el resto del día. A su derecha, el señor mayor que la mira de reojo, con cierta suspicacia. Hoy, por fin, ha cambiado su pijama de cuadros escoceses por uno azul. Los que viven en el edificio que hay junto al mío también aplauden. Solo les veo las manos, regordetas las de ella; castigadas por algún trabajo manual, las de él. Si me los cruzase en la calle seguro que no les reconocería; todo el mundo ahora lleva guantes de plástico. Y ahí está mi preferida. La niña de unos ocho años, que tras el cristal, nos mira a todos con un gesto de asombro mientras aprieta con fuerza su peluche. Es la única que no aplaude. 

Después de las primeras cincuenta palmadas, llega ese momento inevitable que me arrastra a ser el primero en cerrar las contraventanas y meterme en casa. Empiezo a sentir que lo hago con desgana, que mis aplausos van perdiendo fuerza. Miro mis manos y el mismo pensamiento me asalta hoy de nuevo: quizás algún día sigamos saliendo a los balcones. Pero puede que para entonces no sepamos ya por qué lo hacemos, ni para qué. 

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