Perpetuo domingo de agosto

Perpetuo domingo de agosto

Gregor Samsa

27/03/2020

Nunca me ha gustado hacer la compra. Siempre que he podido he relegado ese menester a otra persona. Ahora no puedo, ni quiero. Todos los días deseo que se me acaben los víveres para poder salir de casa y dar un paseo hasta el supermercado. Bueno, al principio lo deseaba, ahora contribuyo a ello. Al covid-19 le debo unos cuantos kilos de más.

Salgo a la calle, en mis primeros pasos los músculos encogidos protestan un poco. Respiro el aire cada día más puro y no cierro la nariz a los olores cotidianos del pasado: desechos y demás souvenirs dejados por las mascotas o sus dueños. Las calles están desiertas como en un domingo de agosto. En el supermercado saludo con una sonrisa a la cajera, que no me mira. Nunca ha trabajado tanto; su mandíbula apretada no deja pasar ni un virus, ni una bacteria, ni una sonrisa. Hay poca gente y se esquivan los unos a los otros, intentan guardar las distancias, visten caras recelosas y guantes de plástico. A pesar de este ambiente tan hostil me encanta hacer la compra, ver otro escenario por una hora o más, que es lo que tardo ahora en escoger entre la amplia gama de productos. Me muevo por las paredes tapizadas de chocolates y otras calorías, los contemplo con dedicación, descubro artículos que no había visto hasta ahora: ¿chocolate relleno con licor de pera?, parece poco apetecible. Sigo mi inspección y llego a la estantería de bebidas, donde me detengo y paso largos minutos hasta que me decido por una cerveza española entre la gran variedad de marcas extranjeras. Ya las probaré otro día.

Con una sola bolsa llego a casa agotada. Mis labios resecos exigen beber.

– ¡Ah se me olvidó el agua!, tendré que volver.

¡Cómo me gusta hacer la compra!

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