¡Por favor, ayúdenme!

¡Por favor, ayúdenme!

A quien quiera que llegue esta carta:

Mi situación se ha vuelto insoportable y temo que pueda cometer una locura.

Nos vemos obligados a permanecer en un cautiverio indeseado, ni en la más terrible de nuestras pesadillas podríamos creerlo, por la pandemia provocada por el Covid-19. Vivo solo y los problemas aparecieron cuando comencé a discrepar de mi mismo.

La situación se puso tan tensa que comencé a no hablarme. Desistí de hacerme la comida, en justo castigo, lo cual me procuró que me mandara a dormir al sofá, a no compartir el calor bajo las sábanas. De nada servía intentar convencerme de que era una locura y que debía seguir conviviendo conmigo mismo en paz.

Me negué a ser yo el que tuviera que salir a hacer la compra o tirar la basura. Quise hacerme reír, sin éxito. Quizá los chistes fueran malos, tal vez no los entendiera a pesar de que intentaba explicármelos. Ya se sabe que esas aclaraciones no conducen a nada.

Ayer me pedí traerme un vaso de agua. No fui a la cocina. La tensión se mascaba en el aire. Intentaba rehuirme, pero terminaba por encontrarme frente a frente cuando entraba en el cuarto de baño y miraba al espejo. Nos observábamos con gesto adusto, ceño fruncido, sin hablarnos, hasta que uno de los dos retiraba la cara. El simple gesto de tomar una ducha era inadecuado, reprochable. No digamos el proceder a un afeitado o corte de pelo. Una afrenta.

Ya no lo soporto más. Por eso estoy pidiendo encarecidamente a alguien que me eche una mano. Más bien que me echen fuera de mi casa, que alejen a este indeseable de mi. Sé que esto es inviable pero lo necesito como el comer y ruego se tomen el máximo interés.

Espero que no llegue a mis oídos que la echo en el buzón, porque entonces no sé si responderé de mis actos. Porque me conozco, y soy capaz de coger el cuchillo más grande de la cocina y arremeter contra mi, de forma violenta. Dejo de escribir. Me parece que me está mirando.

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