Había regresado después de mucho tiempo a mi aldea de natalicio donde ya no quedaba nadie, caminaba observando las construcciones deterioradas por el moho y la humedad, aquellas callejuelas cubiertas por el polvo y arenilla casi brillante.

Recordarlas como hace unos años, era tan solo una utopía imperfecta, cada casa conservaba en sus paredes, las mil y una historias de hogares repletos de calidez humana. Los juegos de antaño y mis huellas habían desaparecido en el viento y no eran más que una reminescencia que enternecía hasta lo más profundo de mis entrañas. Como si fuera ayer, añoré aquel amanecer esplendoroso que llenaba el pequeño ventanal de un brillo enceguecedor y angelical.

El aire sulforoso hizo volver a mi mente aquella fatídica tarde cuando cerca de la aldea, un misil de prueba cayó por accidente en un granero y la toxicidad alcanzó a nuestro pequeño poblado, obligándonos a todos a migrar hacia la urbe. Aún era doloroso observar aquellos paisajes eternos de mi infancia, que hoy tan solo eran una melancólica alusión de las alegrías que disfruté junto a mis amigos de la aldea y de aquella mujer que fue mi único y verdadero amor. Un nudo se hizo en mi garganta, y lágrimas ácidas salían quemando la profundidad de mi alma. Remembranzas de anocheceres y auroras infinitas sobre el acantilado que rodea a mi poblado de maravillosa fantasía, se hicieron presentes marcando aquel vacío que sentía por las noches desde la ventana de mi apartamento en la ciudad, que conforme crecía, se hizo cada vez más grande olvidarlo entre el humo de mi cigarrillo y aquella copa de vino que se mezclaba con sinsabores agrios de mis recuerdos en aquel lugar que visité después de 35 años.


Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS