La vida secreta de un perfecto desconocido

La vida secreta de un perfecto desconocido

Bobby Askot

13/02/2018

El calor de Medellín, típico de esa época del año, era denso, bruto, espeso y vulgar. Héibar Farith, un muchacho de barrio de estatura más alta que el promedio, agraciado sin ser una alucinación y con vivarachos ojos de eterna súplica, ingresó al “Perro Negro”, café frecuentado por camajanes, hombres de pelo en pecho y mujeres de esas, a tomarse unas cervezas. No era cliente habitual del emblemático metedero de guayaco, pero de vez en vez iba por esas esquinas a observar a las despabiladas señoritas que se paseaban por el lugar. No las miraba con lascivia, con morbosidad ni con deseos de comprar amor al contado, pues no consideraba de buen criterio a aquel que pagaba $20 por algo que duraba no más de 30 segundos y que se podía hacer motu proprio, bastándole con poner un poco de imaginación. Lo hacía más bien con la curiosidad que provoca el misterio a pesar de ya cargar sobre sus hombros 22 veranos.

Habían transcurrido tal vez diez o quince minutos cuando una mujer se sentó a su lado. Le sonrió con insufrible coquetería, tanta, que pensó que no era con él, acostumbrado como estaba a ser la criatura menos visible para el sexo opuesto. Ya dijimos que nuestro hombre tenía su gracia aunque tampoco era cosa de morirse; compensaba lo que la faltaba en belleza con sagacidad, chispa e ingenio, mística con la que por menos atractivo físico que tenga, un hombre es capaz de hacer que las mujeres terminen por llevarle el desayuno a la cama. A pesar de esa cualidad siempre se le dificultó el trato con ellas. Si era con él. La muchacha pidió una Costeñita y él ofreció pagársela, gesto propio de buen caballero. Aunque le pareció que denotaba un nerviosismo extraño, porque miraba para todos los lados y hacía obsesivos caballitos en el mostrador con la yema de los dedos, no le dio mucha importancia. Él pensó que era una muchachita gozona, de las que tanto lo había prevenido mamá Fidelia. “Ojos abiertos con esas mujeres, que son capaces de arruinar hasta a un Echavarría”, le decía. Luego comenzó el teatro que cambiaría su vida para siempre. Si te preguntan –le dijo con húmedos susurros al oído- decís que somos novios, dándole luego un beso en los puros labios. Mi Dios le pague le dijo él con la voz casi en llanto. Amén pa’las benditas ánimas, respondió ella y se alejó presurosa.

Aunque ignoraba de qué iba todo aquello, Héibar se sintió alagado; el corazón se le puso a mil. Así fuera una mujer de cuatro letras, eso no obstaba para reconocer que era hermosa, hermosísima, rubia, como de revista. Joven, no más de veinte años, ojos pequeñitos, sonrisa maligna, labios con sempiterna disposición al beso, falda arriba de las rodillas, atrevidas botas de cuero, cabello rebelde –como debía ser toda ella-; se movía con tal desparpajo que era inevitable quedarse mirándola hasta perderla de vista doblando la esquina. Quizá sí sea una mujer de la vida, alcanzó a pensar. Concluyó que esa posibilidad no le quitaba mérito al gesto porque hasta las putas tienen buen gusto. ¿Que si a Héibar no le pareció extraña la actitud de la muchachita? Claro que no. Pasa que él siempre fue muy inocente. Tanto que era de los que pensaba que lo más indicado para las almorranas eran emplastos de agua bendita en la zona afectada.

No había vuelto la atención a la cerveza cuando dos hombres lo flanquearon con claras intenciones de entablar conversación. «¡Uépale Julio Iglesias! –dijo uno– ¡Un tipo tan feo como vos con semejante vieja!» Como no sabía ni quienes eran aquellos sujetos ni la dirección de la pregunta se limitó a alzar los hombros y arquear las cejas. Y mientras el uno sobaba su hombro con atrevida confianza el otro sacaba el último cigarrillo President de una cajetilla de 20 para encenderlo con estudiada parsimonia; se creía refinado, pensaba que lo hacía con elegancia, como los actores de cine, pero no, no era elegante. El del President, al señalar las caderas de la muchacha que doblaba la esquina, le preguntó morboso ¿quién es la criaturita? Héibar, que por esa época andaba más solo que los huérfanos, respondió jactancioso y presumido es mi novia. Craso error. Aunque era imposible no presumir si era la mujer más hermosa que habían visto sus ojos y la primera que en su lánguida e insípida vida, osó juntar sus labios con los suyos.

Esa sencilla afirmación, la unión de esas tres simples e inocentes palabras, le costaron un carcelazo en la tenebrosa cárcel de La Ladera del que logró zafarse gracias a que activó todo su ingenio y sagacidad, únicas herramientas de aquellos que carecen de todo lo demás en este mundo.

Antes de ese infortunio las aguas de su vida no presentaban turbiedad alguna. Por esa época, mediados de los 70’s, Medellín se creía más de lo que era: un pequeño villorrio con ínfulas de metrópoli que no se cansaba de celebrar sus primeros 300 de fundada. Y si la ciudad era apenas un pequeño acierto en la inmensa creación de Dios, poco menos que eso se podía esperar del barrio en el que creció. Quedaba en lo que se llamaba “quebrada arriba”. Quebrada porque lo bordeaba la Santa Elena, arriba porque llegaba hasta lo más alto con casas agarradas a la montaña y sostenidas por inescrutable designio Divino, gracias al eficaz pegamento de las oraciones de las devotas señoras que las habitaban. Y después de las casas mangas y mangas y más mangas hasta donde la vista alcanzar podía… y más allá. Por siglos dominado y tutelado por el imponente cerro Pan de Azúcar, más que un barrio parecía una vereda, un corregimiento, la parte rural de la ciudad.

Tuvo que ocurrir la tragedia arriba en Media Luna en 1954 para que el desconocido periodista Gabriel García Márquez escribiera una crónica para El Espectador donde menciona “Las Estancias” con palabras descriptivas, y amén, porque aparte de esa referencia nunca nadie más se ha acordado del barrio.

Nace abajo en La Toma, sector de hombres sin agüero y mujeres de profesión dudosa y sigue…sigue…sigue hasta perderse en la inmensidad de una Medellín con ganas de grandeza. Con el tiempo llegaría a poblarse tanto que todos sus residentes serían perfectos desconocidos, sin pasado y sin futuro. Pero por los años de los hechos aquí narrados todos se conocían, eran los inconfundibles hijos de vecino donde por unos pocos centavos los muchachos desocupados del barrio hacían mandados a doña Nury, a doña Inés, a doña Lucia, con sus infaltables “cinco de pandequeso, tres de pan y dos de arepa” y a cuanta señora quisiera utilizar el ágil correo exprés de muchachos en vacaciones. No había más que cinco negocios: la tienda de María La Larga, la Ferretería del Mocho, el Almacencito de Alicia Echavarría, la Revueltería del Bizco, el Bar de Chamizo y pare de contar; también había una cancha de polvo eterno en verano y pantano en invierno, una escuela encaramada en una montañita, un colegio en lo llano y una iglesia, Nuestra Señora de los Dolores se llamaba. Quizá presagiando los insufribles días que el destino les tenía reservado a sus habitantes, la picaresca paisa tuvo a bien rebautizarla Nuestra Señora de Nuestros Muchos Dolores. Aparte mencionar que su madre, tratando de estirar la flacucha economía doméstica lo más posible, un buen día cogió del mercado semanal dos libras de arroz, tres de azúcar y cuatro panelas, las metió en una vitrina que le regaló el tío Gildardo su hermano, un tipo de tan buen ser que sus sobrinos pensaban que era inmortal, y se sentó a vender bajo un pretencioso letrero que rezaba “Tienda la Ventanita”, diseñado con más voluntad que buenas artes. Era un buen barrio, lleno de verde por todo lado, donde se celebraban las navidades comunitarias y a nadie le faltaba natilla, buñuelo y regalo. También hacían paseos de olla por los lados de la cascada Santa Elena o subían al Plan, la finca común de los que no tenían para dónde coger en las tardes decembrinas. En últimas era un barrio abierto a lo que viniera.

Pero sus montañas no exudaban leche y miel, no vaya a creer mi amigo. El suyo era el típico barrio de gente brava, donde el himno nacional era “Sangre maleva” de Alfredo de Angelis y su orquesta típica. Y había que serlo porque en ambientes como esos o comes o te comen; de tal manera que era ciencia sabida que muchas muchachitas que lo habitaban se dedicaban al milenario negocio de vender caricias en efectivo por los lados de La Toma y otros a ser ladrones de poca monta que cuadraban caja en el centro de la ciudad hasta que las curvas de la vida los arrastraba para siempre. Y el lugar predilecto de los hombres más machos, aquellos a los que no les temblaba la mano al momento de blandir un machete ni hacían malas caras al empujarse un aguardiente Antioqueño, era El bar de Chamizo. Creció escuchando tangos de bacanes, gente de arrabal, compadritos que miraban a los ojos antes de matar, al modo de los hombres y siempre por mujer, por negocio o por encargo. Daniel Santos, Orlando Contreras, Oscar Larroca, Agustín Magaldi, Gardel, todos los santos arrabaleros eran adorados en aquel altar erigido por aquellos manes sin futuro que trataban de encontrar en sus trágicas letras una razón para vivir. Si había gritos en el barrio es que en el bar de Chamizo había jaleo, si había jaleo lo más seguro es que habría muertos y si había muertos no tardarían en llegar las moscas como primeras invitadas al festín y después el inspector de policía, que no dejaba de explicitar el fastidio de tener que volver a subir “otra vez” a esos andurriales a hacer el levantamiento del cadáver. Es por eso que desde muy niño asoció policía con muerto, achacándole a aquella la presencia nefasta de estos. De ahí nació su temprana aversión a todo lo que tuviera que ver con la autoridad policial.

¿A cuento de qué viene toda esta retahíla de dires y diretes? Para que se entienda que a los pobres la vida les entra empujada, de mala manera y los arrastra, los desvía del buen camino que lleva en línea recta desde la tierra al cielo y los escupe a las entrañas mismas del demonio, siendo masticados una y otra vez y regurgitados por las desgracias y el infortunio, así uno no lo quiera ni lo desee. Eso fue lo que le pasó al pobre de Héibar que, engendrado por madre santa, lo parió la adversidad. Entró a estudiar a edad tardía a la escuela Beato Salomón. Por esa época no se usaba prekinder, kínder, prejardín, jardín, ni todas esas aguas que se imponen ahora y con las que ahogan a los niños no más destetarse con reglas y escuadras y cuadernos ferrocarril y compases, de tal manera que ingresó a los 9 años a primero; a los trece terminó su formación académica. Solo pudo hacer la primaria pues el dinero del papá no alcanzaba para sostener cinco hijos que hasta ese momento eran, de modo que a esa edad, por ser el mayor, se vio obligado a abandonar para siempre los estudios por la imperiosa necesidad de hacerse la vida y ayudar con la pesada economía familiar, pues la tienda de misia Fidelia apenas daba para remplazar una libra de arroz por otra de panela.

Claro que aprendió cosas de utilidad en la escuela, no se crea que no: leer, escribir y las operaciones aritméticas básicas. Esos saberes vaya y venga. Lo que nunca supo fue para qué le serviría aprenderse de memoria los cuatro estómagos de la vaca, los tipos de hojas, el sistema andino de montañas, los ríos de Asia y las mesetas africanas si sabiéndolas o no, las ollas de la cocina seguirían vacías. Por eso un buen día decidió abandonar el estudio. Aunque su mamá no estuvo de acuerdo con que lo hiciera, la situación no daba para más; además prometió que cuando todo mejorara volvería a lo del estudio, cosa que en efecto no pudo hacer por aquello del carcelazo, motivo de esta narración y que será comentado en breve.

Comenzó haciendo trabajos menores, cargando mercados en la Placita de Flórez, transportando ladrillos y arena en construcciones de vecinos y hasta recogiendo boñiga de potreros ajenos en San Germán. La paga no era buena pero para el diario apenas bastaba. No duró mucho limpiándoles el culo a las vacas. A los pocos meses pasó a trabajar en un almacén que quedaba por los lados del Alejandro Echavarría, barrio obrero de la capital antioqueña. Variedades El Cóndor se llamaba. Era la primera vez que se ganaba un salario mínimo: $1.200, una fortuna para alguien acostumbrado a ganar menos de eso al mes. Crecer en un barrio de taitas y bravucones no lo hacía uno de ellos. Y a pesar de que la mariguana hacía parte de la dieta alimentaria de esos manes, nunca la probó ni fue amigo de malas compañías, ni visitó lugares de baja moral, siempre fue enemigo de la farra y la milonga. Era lo que llaman las señoras de la parroquia un muchacho bien encaminado. Tanto que su madre le prometió que apenas todo mejorara lo enviaría al seminario de los padres escolapios donde comenzaría su formación sacerdotal, prerrequisito fundamental para vestir los hábitos papales. El primer papa antioqueño, decía ella con beatifica inocencia, acariciando sus cabellos

Al afirmar sin sonrojarse que la alucinación era su novia, uno de los sujetos, que tenía un premeditado parecido al famoso detective de televisión Kojak, le dijo a su compañero: “buenoya tenemos al pez gordo”. Al escuchar esa frase Héibar se sobresaltó, pues no tenía la más remota idea de qué se trataba todo aquel teatro. Los pies le temblaban, los dedos de sus manos le temblaban, le temblaba todo su ser. Por aquella época en Medellín -y en el país- estaban ocurriendo cosas muy raras: desapariciones forzadas, aparición de muertos en cunetas, persecución y asesinato de universitarios –baste recordar el asesinato del estudiante Luis Fernando Barrientos-; y por lo general nunca se investigaba nada, porque, los responsables de hacerlo eran los mismos propiciadores de los crímenes. Y por simple estadística si no se busca no se encuentra. He ahí el origen de sus temores. «Cuál pez gordo de qué, home», preguntó, pero el compañero de Kojak, negro y de peinado afro, se limitó a decir ¡el famoso Blondi! Y yo que pensaba que era más alto, dicho lo cual esposó sus brazos a la espalda. Héibar, que le jalaba a todo menos a ser parte de una estadística, intentó zafarse pero entre los dos lo sujetaron del cinturón y lo condujeron a empellones a una camioneta verde olivo de puertas corredizas laterales. Lo subieron como a un pescado grande. Ya dentro del carro le pusieron una capucha en la cabeza como para que no viera hacia dónde se dirigían, prevención inútil pues la camioneta carecía de ventanas. Arrancaron con rumbo desconocido.

Si el trayecto fue corto o fue largo, nunca lo iba a saber, pero pudo haber durado días enteros de lo eterno que le pareció. Su mente se volvió un caos, no tenía ni idea de lo que estaba pasando ni quiénes eran aquellos sujetos, ni a dónde lo llevaban; pensaba en su madre y en sus hermanos; los veía en febril carrera buscándolo en el San Vicente, preguntando en la morgue, indagando entre vecinos y desconocidos por su paradero sin que nadie les pudiera dar razón, por el simple hecho de que desapareció como desaparecen las mariposas con el frio. Hizo una recapitulación de sus acciones: nunca un problema con la justicia, nunca enredado en líos de borrachos, era el primero que llegaba a la misa y el último en salir fuera en domingo o en fiesta de guardar, jamás una infantil pelea con un compañero de escuela. Entonces concluyó que toda su corta vida había sido tan monótona y beatífica que no merecía una muerte de tercera.

SINOPSIS

Todos tenemos en nuestra niñez una casa del terror a la que tenemos prohibido, bajo penosa gravedad de juramento, acercarnos. La mía existió en la Medellín de los años 70s, pues en ella ocurrió uno de los primeros secuestros que azotarían a mi ciudad por años, en este caso el de un pequeño no mayor de once años, con desenlace fatal para la pobre criatura. Esa edificación gravitó por años en mis terrores infantiles y en mi edad adulta despertaba tal curiosidad que me invitaba a buscarla, con la mirada y sin acercarme, cada que regresaba a la ciudad de la que me fui en los años juveniles. Se deterioró con el paso de los años. Nunca nadie la habitó desde el macabro suceso. En 2010 regresé a Medellín; la busqué, como no, y descubrí que mi casa de espantos es ahora un lote vació, una montaña de tierra, pasto y musgo. Del niño y su tragedia nunca se habló ni se escribió nada, como si la sociedad no pudiera soportar el peso de semejante vergüenza. Solo me vine a enterar, y después de mucho auscultar aquí y allá, que el niño se llamaba Hernán Alberto, hijo de Alberto Prieto Escobar, contrabandista de renombre y, supuestamente, uno de los primeros patrones del incipiente Pablo Escobar. De la mano de Héibar Farith, -el perfecto desconocido- un muchacho tan transparente como un pensamiento de santo medieval, se irá construyendo esta novela en modo ficción inspirada en un hecho real que fue sepultado en las cenagosas majaguas del olvido colectivo y con el cual busco exorcizar de una vez y para siempre mis cándidos miedos. Por eso en este escrito, de una u otra manera, el niño no muere.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS