El péndulo

Recorría las calles de Caracas con el plano de la ciudad en una mano y el periódico en la otra. Se llamaba María y era costurera, con especialidad en trajes de caballero, había llegado el día anterior a La Guaira, con la necesidad de conseguir un empleo que le permitiera costear su estadía y enviar dinero a casa, para ayudar a su madre viuda y sus dos hermanos. Huía de la estela de carencias dejada por una guerra que no era suya. Quiso el destino que encontrara un trabajo cosiendo en un club de golf, donde se daba cita lo mejor de la alta sociedad caraqueña de los años 50. El trabajo era ideal, porque el club tenía barracas de alojamiento para su personal. No le iba mal, la verdad, y tampoco extrañaba demasiado las formas de vida, aunque si al terruño, dado que vivía rodeada de españoles, italianos y algún que otro portugués que trabajaba en los jardines del club, y todos comían lentejas y garbanzos. Los olores a su tierra la confortaban. Además, su estadía era algo temporal: en cuanto lograra reunir dinero para mejorar la situación de su familia regresaría.

Esperaban el autobús que cada mañana los llevaba desde las residencias para empleados, nombre demasiado pomposo para la hilera de habitaciones donde hacían vida cocineras, lavanderas, camareros y chóferes. Al subir saludaban al viejo Eusebio, un hombre de edad imposible de calcular, pero demasiado mayor para el oficio, hecho que quedó demostrado cuando estuvo a punto de empotrar el pequeño transporte contra un árbol. Aunque logró recuperarse del susto y llevó al personal a su destino a tiempo, lo cierto es que hasta ese día trabajó.

A la mañana siguiente fue reemplazado por un hombre joven, de cabello muy negro y tez muy blanca, que hablaba poco, para ocultar las carencias que aún tenía de una lengua que era nueva para él y que había logrado aprender de forma autodidacta leyendo el periódico y escuchando. En las noches leía en voz alta, obligándose a reproducir los sonidos de ese nuevo idioma, hasta que su empeño lo llevó a dominar su acento a la perfección. Fue el único que lo logró, de la larga retahíla de hermanos menores que lo siguieron, 6 en total, huyendo de otra guerra a cuyas fauces su madre tercamente se negó a entregar a sus hijos. No era su guerra, no la entendía, ocurría muy lejos de su amada Madeira. También era autodidacta en la conducción de vehículos, había aprendido solo, llevándose sin permiso el camión de su padre y sus conocimientos de mecánica, producto también de la observación, fueron credenciales suficientes para reemplazar a Eusebio como chófer del “autobusito del country”.

Cuando María subió al bus esa mañana ya no tuvo tan clara la temporalidad de su estancia. La sonrisa de aquel hombre, Fernando se llamaba, perturbó algo dentro de ella. Avergonzada, se sentó al final de la fila de asientos, y por el rabillo del ojo alcanzaba a ver las furtivas miradas que él le lanzaba desde el retrovisor. Se casaron a los seis meses y con su trabajo, levantaron una familia feliz. Como tantos otros, establecieron sus proyectos, vidas y familias en latitudes tropicales y ayudaron, bastante, a quienes habían quedado en la otra orilla del mar. Por ese tiempo, Caracas era un crisol de culturas, donde se reunieron buenas gentes de todo el orbe con un enorme deseo de crear y crecer, con las ganas de trabajar que mueven montañas y levantan países. Distintas razas, culturas y acentos convivían en medio de la abundancia y la exuberancia tropicales, arropados en la más dulce de las cotidianidades.

La hija de María y Fernando, Isabel, había terminado sus estudios, formado una familia y realizado sus sueños. A los abuelos solo les quedaba sentarse a disfrutar de los nietos. Pero el péndulo de la vida, impulsado en este caso no por la gravedad, sino por las guerras de otros inició entonces su camino de regreso en sentido opuesto. Había alcanzado la cúspide de su recorrido y luego de una pausa, durante la cual los desplazados alcanzaron la ilusoria sensación de éxito y bienestar, cayó inexorablemente, arrastrándolos con él. El jardín tropical empezó a marchitarse, junto con la libertad y la bonanza económica. De pronto no servía aquel manual de vida por el que se habían guiado tantos: trabaja, ahorra y tendrás una vejez tranquila; el dinero se convirtió en sal y arena. Todo su esfuerzo se lo llevaron vientos de ideologías ajenas, la destrucción cundió, el hambre y la violencia, iguales a los de las viejas guerras que despoblaron un continente y poblaron otro, aparecieron para no irse más. En medio de la ruina muchos de los que se habían enamorado de aquella tierra extraña tuvieron que meter sus vidas en una maleta y regresar.

La hija de Fernando y María vio partir a sus padres, pero no hacia el país que los había visto nacer. Entonces, cansada de esperar y de racionar y de vivir penurias y estrecheces, con una doble nacionalidad como única herencia, emprendió el camino de regreso. Ella también huyó de una guerra que no era suya. Tenía que hacerlo, debía al menos intentar ganar para sus hijos un futuro mejor.

Gracias a los relatos de su madre, el país elegido, España, no le resultaba del todo extraño y, aunque le mostraba los dientes de cuando en cuando, la confortaban los acentos de sus paisanos que también habían regresado, quienes, de a puñados al principio, en marea al final, habían decidido también desandar los pasos dados por sus padres el siglo anterior. Estaban en todas partes, siempre ofreciéndole una sonrisa y un guiño cómplices que le aseguraban que lo vivido no era un sueño. Su país existió una vez y era tal como ella lo recordaba: un lugar maravilloso, espléndido, un jardín regado con cariño por tantas almas agradecidas que lo hicieron florecer. Una difícil conjunción de bondad terrenal, que tal vez no vuelva a repetirse.

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