De vuelta al hogar.

De vuelta al hogar.

En el asiento del acompañante me permito apenas unos instantes cada cierto tiempo descansar los ojos enrojecidos y evadirme de la realidad.

De vuelta a tus orígenes las imágenes se atropellan en un espacio sin nombre. Casi creo oír mi propia voz infantil preguntándote papá cuanto tardaremos en llegar y siento la misma impaciencia por ver a los abuelos, los primos, los tíos. Imaginar cómo hubiesen sido nuestras vidas si no os hubieseis marchado a otra ciudad buscando un futuro mejor, no tiene ya mucho sentido, pero sin duda habría sido diferente. Con el paso de los años quedaron por el camino muchos momentos perdidos.

Nacer donde no he vivido y vivir donde no he nacido, ha hecho que navegue entre dos madres, ninguna merece que la deje de nombrar.

El desarraigo duele. Los límites se difuminan y la encrucijada ahí está.

En estos momentos, más que nunca, me pregunto de dónde son los que tienen el corazón partido y por primera vez me doy cuenta de que tú también estabas dividido. Sí, en el pecado llevaste la penitencia. Al elegir partir de tu tierra tal vez no te diste cuenta, quizás pensaste en volver pronto, nunca que echarías raíces fuera. Y los días fueron meses y los meses años de ausencia. Cuando pudiste volver ya llevabas vivido más tiempo fuera que en ella y ya las ramas brotadas te sujetaron con fuerza.

Decidiste quedarte con tus vivos, aunque el alma te doliera.


Me protejo los ojos con unas gafas de sol, acomodo el asiento, miro el reloj.

Hoy no tengo prisa por llegar como antaño. Recuerdo las navidades y los veranos en el pueblo, el frío del invierno, el olor al tabaco colgado en el secadero, el calor de la lumbre en el rincón, el pan de aceite, los abrazos fuertes y tantos besos dados y recibidos. 

Me falta el aire. Parece que el corazón me late en la cabeza. Rememorar lo bueno ahora tampoco ayuda. La verdad es que hoy nada puede consolarme, porque la vida es así de cruel y caprichosa, a veces te da una bofetada, sin previo aviso, sin tiempo para esquivarla.

¿Cómo puede ser el mismo camino tantas veces recorrido, ahora tan gris, triste y cansado, antes tan luminoso y liviano?

Me muevo de nuevo en el asiento. Bajo el parasol y el espejito me devuelve la imagen de un rostro demacrado. En un último intento por evadirme de esta nueva y asfixiante realidad dirijo la mirada a los carteles informativos de la carretera.

Dicen que en sueños no puedes leer lo escrito. Yo sí puedo leerlos. Así que no estoy soñando, no voy a despertarme en cualquier momento, no voy a olvidar todo lo que estoy viviendo. No volveré a verme reflejada en el fondo de tus ojos de azul inmenso.

El coche se detiene, fin del trayecto. 

Ahora debo dejarte descansar para siempre como fue tu deseo, junto a tus muertos, en tu tierra, en tu pueblo.



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