Y ahí estaba, a la puerta de su casa y como de costumbre, el señor regordete con su camiseta de tirantes blanca, de las de toda la vida (y apostaba a que la tenía toda la vida) con su perrillo fiel sin raza ni pedigrí, vivaracho y curioso, a su lado como cada día. Al final de la callecita de aquel pequeño barrio de aquella tranquila ciudad 400 km al norte de su ciudad natal. Cómo las circunstancias de la vida la habían llevado hasta allí siete años atrás seguía siendo curioso al recordarlo. Y cómo había decidido quedarse en ese pequeño barrio cuando esas circunstancias cambiaron tanto, también. Y bien, ahí estaba el vecino de la camiseta de tirantes. De pie, bien plantado, con las piernas abiertas hacia ambos lados, los brazos en jarra y su redonda barriga por delante. Mirando triunfalmente hacia su calle, un día más. Comprobando que todo estaba en su sitio.

–¿Qué tienes frío? –Le preguntaba a veces, cuando la veía pasar encogida bajo su abrigo y el resto de capas de ropa que solía llevar en la estación más fría– . Él, como mucho llevaba una fina chaqueta sobre la camiseta, en los días más fríos del invierno. El resto del año con la camiseta le bastaba. Le hubiera gustado saber cuál era su secreto, lo que se ahorraría en calefacción…

–¡Es que hace mucho frío! –Le contestaba ella sonriendo y en bloque, como si de una cabeza pegada al abrigo se tratara, de lo congelada que estaba– . Y él respondía: –¡Qué va! Si no hace frío!. Otros días simplemente decía: «¡Buenos días!» o «¡Adióoos!», con su perrillo siempre siempre a su lado.

Los observadores de aquella humilde calle con nombre de compositor. La graciosa pareja. Le encantaba verlos, le inspiraban ternura. Ambos tenían ya cierta edad, y ella muchas veces pensaba al pasar: “Espero que tu pequeño amigo te dure…”. Pues se imaginaba la gran compañía que para él suponía y el cariño mutuo que se profesaban, ya que a ella le pasaba igual con sus pequeños compañeros. “No es su mascota, son una familia, al igual que nosotros tres”, pensaba para sus adentros. Y se los imaginaba en casa, él diciéndole al perro : «¿Qué? ¿Tienes hambre? ¡Venga, vamos a cenar!”, igual que ella con sus dos gatos en casa, unos portales más arriba de la calle.

No es que fuera una urbanita precisamente, pero reconocía que al principio no le hacía mucha gracia ir a vivir a un barrio “con aires de pueblo”, en el que casi toda la gente se conocía, se saludaban por la calle, y se hablaban a voces de una acera a la otra: –¡Eeehhh, Angelita!, ¿Cómo andamos?, –Pues mira hija, tirando, que ya es bastante. Ahora vengo de la farmacia, para variar. ¿Y tú, Carmen?, A los nietos ¿cómo los tienes?, –¡Pues bien grandes y bien guapos que están ya!. Ahora voy a por ellos al colegio. Esto era el barrio.

Cuando empezó a caminar por sus calles se sentía como una infiltrada, como una intrusa que había acabado allí no sabía cómo. El vecino la miraba con curiosidad al principio: “Esta no es de por aquí”, (seguro que pensaba). Ahora ya la conocía, “la friolera de las mil capas”, y a ella le gustaba esa sensación de familiaridad, de pertenencia, de hogar.

Cuando iba caminando por su callejuela escuchando el alegre canto de los pájaros y los veía de lejos, al final de la misma, se preparaba para unos segundos de intensa observación, hasta que desapareciera bajando la pequeña rampa que daba a la calle de abajo. Cuatro ojos curiosos observándola hasta perderla de vista. Pero no se sentía incómoda. Es más, le solía salir una sonrisilla divertida, al borde de la risa, porque ciertamente, además de una pareja entrañable le resultaban también bastante cómicos. Y se preparaba para escuchar y responder a alguno de los comentarios típicos: “¿Cuál tocará hoy?”. Una pequeña interacción que entrañaba mucho más de lo aparente. Se podría decir que para ella ese simpático señor y su simpático perro personificaban el barrio, y simbolizaban esa paz y tranquilidad que necesitaba de vez en cuando.

Se pasaba los días trabajando en pleno centro de la gran ciudad, con algo más de una hora de camino entre coche, tren y metro. Una pequeña odisea diaria a la que decía haberse acostumbrado (o algo así).
Los viajes largos y el estrés por los horarios del tren se acababan notando tras varios días sin librar. Los estridentes pitidos característicos de las puertas del tren cerrándose pueden convertirse en la peor pesadilla cuando se vive lejos del trabajo (y cuando la frecuencia de paso no acompaña).

Aparte de eso, sentía que la vorágine diaria en la que se veía inmersa aquella bulliciosa y concurrida avenida por la que tenía que pasar cada día para llegar al trabajo, acababan por agotarla del todo.
La famosa Rambla, una de las principales arterias de la ciudad y más conocidas por todo el mundo, plagada de turistas, vendedores ambulantes, mendigos, y gente de todo tipo, durante todo el año. Los turistas andando demasiado lento, con sus gofres y helados, los vendedores ambulantes en medio, con sus baratijas y entorpeciendo el paso, y los que como ella, trataban de dirigirse hacia sus trabajos, afanándose y y zigzagueando cuando la ocasión lo permitía.

Así que, a pesar de todo el estrés de los viajes diarios, cuando le preguntaban: –¿No te saldría más a cuenta venir a vivir a Barcelona?, contestaba rotundamente con un “NO”, y añadía: –Puede que este ritmo de vida resulte estresante. Yo sólo sé que cuando llego a mi pequeño barrio, a mi hogar, y cierro la puerta tras de mí soy feliz.

Era entonces cuando cambiaba los pitidos del tren por el canto de los pájaros, y los cientos de viandantes de La Rambla por su pareja favorita al final de la calle. Al final las cosas más sencillas son las que pueden hacerte más feliz.

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