Este año los abuelos no pueden veranear con nosotros. Para mi formaban parte indispensable de mis días y atardeceres. Ellos se encargaban de prepararnos el desayuno y los aperos para pasar el día en la playa. Nos vigilaban y cuidaban siempre con mucho cariño.

No paraba de pensar en cómo nos las íbamos a arreglar sin nuestros abuelos, sus historias, sus faenas y el mimo con el que nos cuidaban.

Llegamos a nuestro destino cansados de horas y horas de coche y caravana, con alguna parada corta para reponer energía, líquido y descansar del calor que no paraba de acechar aquella mañana. Un rápido ojeo me bastó para hacerme con el control de la situación del camping.

Escuchaba el chirriar de una vieja silla de ruedas que deambulaba desde la entrada hacia las caravanas. La gruesa espalda y la blanca coleta no me dejaban distinguir si se trataba de una mujer o un hombre. Pero ese plateado delataba que los años no habían pasado en balde. No le vi la cara, pues mis padres nos acuciaban para que bajásemos los equipajes y comenzásemos la dura tarea del montaje de las carpas. Eran tres: dos como dormitorios y uno como comedor-salón. No era tarea fácil. Se pasaba el día prácticamente en esa labor.

Mi madre ya estaba papel y boli en mano preparando la lista de la compra en el supermercado del camping, lo más imprescindible. Ya habría tiempo para ir a otro «Super» más barato en el pueblo.

Fuímos mi padre, mi hermano y yo. Volvía a estar allí la «chirriosa» silla de ruedas con el ya entrado en años conductor. De espaldas a nosotros, la curiosidad me acechaba y no cejé hasta que no descubrí que aquella persona era un varón de pelo largo, con coleta y muy parecido a un escocés de las «High Land». Estaba encargando cerveza bien fría para la hora del almuerzo, en un castellano bastante correcto. Sus piernas dañadas por el transcurso de los años. Las llevaba vendadas hasta la rodilla. Tornó su mirada hacia mí y me regaló una noble sonrisa. Se dirigió a mi en puro castellano.

—De Madrid, ¿verdad?, dijo el viejo.

—Si, le contesté. La camiseta de un equipo de futbol nos delataba.

Nos dirigimos a nuestras propiedades con intención de terminar de poner orden.

Sorpresa, nuestro vecino era el escocés que llegó arrastrando la silla de ruedas. Corrí hacia él y le ayudé, lo cuál me agradeció con una sonrisa. Se la devolví la sonrisa y me estrechó la mano cordialmente.

El día pasó en la playa y a la vuelta observé que se retiraba las vendas de las piernas con dificultad y apenas llegaba a los tobillos. Me acerqué a él y le ofrecí mi ayuda. Me preguntó si lo podría hacer yo por las tardes al volver de la playa, que él estaría esperando, con el permiso de mis padres, claro. Mis padres asintieron y le invitaron a un vaso de cerveza.

Me di cuenta, que «el escocés» no tenía más compañía que algunos gorriones que se le acercaban por las mañanas a pedirle el desayuno. Siempre tenía una bolsita con «alpiste», trocitos de pan y otros restos que le iban quedando.

No hacía más que recordar a mi abuelo, pues este año estaba ausente y se le echaba de menos. Aquel «viejo» me trajo algo de alegría y compañía por las tardes. Me gustaba estar ocupado con algo siempre y esta oportunidad no la quería perder. Estar con los mayores, me gustaba. Siempre tenían historias que contar y sus miradas transmitían una especial ternura.

Por las tardes ayudaba a Peter, así se llamaba, a cambiar sus vendas y fijarlas con esparadrapos. Le veía feliz con mi compañía y vaso de cerveza en mano. A sus casi noventa años tenía muchas batallas que contarme. Batallas reales y de como fue a parar a aquel rincón de nuestra Península, llena de sol, mar y montañas. En pocos días desarrolle una habilidad extrema en que las vendas se fijaran con la suficiente comodidad como para que cada tarde me agradeciera con unas «chucherías» el trabajo realizado. Le tome tanto cariño que a ratos olvidaba la falta de mi querido abuelo, aunque estoy seguro, que hubieran hecho una gran amistad. Algo importante para mí y sobre todo para mis padres es que por días mi inglés iba tomando una delicada fluidez. Quizás ese motivo hizo que mis padres vieran con agrado el trabajo que realizaba en sus tullidas piernas.

Entre tanto mi padre se acercaba y entablaba conversación con el «viejo» y le parecía interesar sus batallas que pasaron entre dos siglos. Para mi era difícil de entender como alguien podía vivir dos siglos y estar vivo, se escapaba a mi entender por aquellos momentos.

Tardó unos días en entrar en temas personales y llegó a relatarme que le dio tiempo a tener tres mujeres y que las pasó por el altar a todas ellas. Amó a todas con locura y sus separaciones fueron algo traumáticas, excepto la tercera que se le murió por el camino y los años, que no perdonan. Fue cuando decidió cambiar de «lares» y trasladarse a esta esquina de nuestras tierras, quizás para olvidar el fatal último desenlace de amores. Desde entonces no estuvo con mujer alguna, solo amargos tragos de cerveza. Esa fue su fiel compañera los últimos diez años.

Pasaron los días y se acercaba el final de las novedosas vacaciones. Me faltaba mi abuelo y encontré un sustituto que me cambió mi forma de pensar de los demás. Gané en felicidad y respeto por todas las personas que veía a cada momento. Descubrí que detrás de todo el mundo hay una historia y muchas cosas que contar, seguro. Yo aprendí a aprender. Aprendí algo de inglés y gané en carácter abierto y ganas de conocer gentes y sus vidas.

Fue una despedida dura. Mis lágrimas fluían por mis mejillas y mi fuerte abrazo en el contorno de aquel viejo, jamás lo olvidaré.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS