Nubes grises, lluvia ácida, sangre helada. Yacía en mi habitación, acurrucada por el frío invierno que abrazaba mi cuerpo completo. Me levanté muy rápido de la cama, miré un punto perdido y dejé caer mi cuerpo en los brazos de los dioses. Nubes veía y nubes veo, nubes en vez de estrellas. Recostada en la pared escucho el escándalo que hace mi puerta y observo fijamente, aturdida, viendo quién era, pues me encontraba sola en casa.

-Hola -dijo sonriente, era un hombre de pelo castaño, preciosos ojos café, bajo, con sonrisa de ángel. Lo miré asustada, ¿un hombre en casa? Volvió a sonreírme, -qué te he dicho hola -añadió riendo.

-¿Quién eres? ¿Debería asustarme?

-¿Qué si deberías asustarte? ¿Por qué? No me asustes a mí, pequeña- dijo entre risas. Sostuve por un momento mi cabeza, perdida entre las cuatro paredes blancas de mi habitación. Se acercó, estiró su mano y me levantó. -Bonitos ojos-.

-Son iguales a los tuyos.

-No, los tuyos son de color magia, los míos solamente quitan el estrés- respondió serio.

-¿La magia tiene color?

-Sí, todo tiene color. Vamos, dame tu mano, daremos un paseo.

Lo tomé de la mano, aún sin conocerlo. Sin conocer su cuerpo mejor dicho, sentía que a su alma la conocía desde siglos anteriores. Aún sin conocerlo (pudiendo haber sido un asesino en serie) lo tomé de la mano y salimos a dar un paseo, según él: el paseo del amor. Siendo tan joven he descubierto maravillas de la Tierra. He descubierto a pesar de mi corta edad los secretos de la vida, las cartas del destino y el paseo del amor. En mi recorrido me crucé con él, era muy apuesto para ser sincera. Su cuerpo en carne, piel y hueso, inundada en una sangre gloriosa que ha sido envenenada por todos los dioses del Olimpo, aquella sangre que me dio de beber y que ahora bajo un hechizo de amor inmenso me encuentro.

-¿Adónde vamos?- le dije mientras sentía que mis pies flotaban.

-A un bonito lugar-. Nos detuvimos, me agarró de ambas manos y me susurró – mira mis ojos-. Ya en el patio de casa estábamos, le hice caso, miré sus ojos cuyo color café intenso, al parecer eran bien amargos. Me sumergí en ellos, di un viaje entero de ida pero no de vuelta. Permanecí allí, posada en ellos como dos mariposas revoloteando por tanto enamoramiento. Miro el cielo repleto de estrellas, en ellas puedo ver su rostro, pero no puedo por más que lo pida a gritos, descubrir su nombre, él me lo ha dejado con llave dentro de un corazón sin huecos, sano, en el cuál no cae ni una gota de tinta. Su rostro aparece una y otra vez en esas estrellas, estoy inundada en sus sublimes ojos, ¿y ahora qué hago? ¿Cómo salgo? Se sumerge en mis pensamientos como la daga de un brutal asesino en su querida victima. Aparta los demás pensamientos dejándome a mí como la mala de la película, como egoísta.

-Ahora mira nuevamente el cielo- añadió. Seguí al pie de la letra todas sus palabras, miré hacia arriba pero no había más que un vacío color blanco.

-No hay nada- le dije confundida.

-Abajo, pequeña.

Fijé la mirada en mis pies, allí vi el cielo color azul como el océano, como una ballena, como mis pensamientos. Sentí nauseas, me estaba mareando. No entendía nada, tan sólo sabía que estaba tomada de la mano con un desconocido en el patio de casa que al parecer se había convertido en el mismísimo universo, que mi estómago sentía un revoloteo de mariposas o murciélagos al estar a su lado, que sus manos estaban cálidas en una noche de hielo, y lo más importante, que aún sin conocerlo me estaba enamorando.

-¿Qué es esto?

-Magia- dijo con una sonrisa pícara.

-¿Cómo es tu nombre?

-Mi nombre es…- añadía minutos antes de que mi madre me despertase preguntando si estaba bien. Hemos dado un viaje por el universo; con su cielo y estrellas perfectas, con la mirada intacta de los enamorados. Almas eternas, amores fugaces, deja que mi alma encante tus sentidos y con ellos tu corazón floreciente, déjame amarte intensamente, déjame tocar cada profundidad de tu sangre y piel. Puede que te ame, aún sin conocerte, sin saber tu nombre. Eres insomnio en mis noches de anhelo, eres catástrofe con tu mirada soñadora, eres magia y cosquilleo en mi crudo cuerpo. Eres todo eso que deseo en un hombre. Quizá termine ilusionada, pues -eres mi más sublime creación-. Ahora el insomnio tiene tu rostro. Entras todas las noches antes de dormir, me dices -hola- y al parpadear desapareces tal y como una estrella fugaz. No me queda otra que esperar tu regreso, no me queda otra que verte de nuevo en ese universo. El viaje perfecto en mis sueños, ese que enamoró mi alma y sentimientos.

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