Su pie descalzo tocó el polvoriento suelo suavemente, pero de todas formas levantó una pequeña nube. La mujer siguió caminando, con cuidado de no pisar más de lo necesario. Se tendría que ir lo más pronto posible. Se recogió su descuidado cabello rubio en un moño improvisado y suspiró, no había nadie en la habitación. Sabía que el tiempo corría más rápido esos días, no podía permitir tomarse un descanso y parar. Miró debajo de la cama y ahí estaba su valija negra, exactamente donde la había dejado. Se acostó en el piso mugriento a recogerla y la falta de peso la aterrorizó: estaba vacía. La habían encontrado.

Haciendo caso omiso a la paralizante corriente de pánico que le recorrió la columna, se movió. Ya no importaba la precaución, ni hacer ruido, ni pasar desapercibida. Corrió y sus magullados pies le dolieron aún más. Sostenía tan fuertemente su bolso que sus manos estaban a punto de sangrar. Dobló varias esquinas siguiendo su naturaleza y casi sin darse cuenta llegó a la calle principal, llena de transeúntes que ni la mirarían a los ojos. Por ahora estaba a salvo.

Siguió caminando rápidamente, así pasaba desde hacía un par de años ya. Llegó a una estación de trenes, pidió un boleto con sus últimos billetes. Los entregó luchando por no llorar. Ni siquiera sabía a donde se dirigía, pero mejor: cuanto menos sabía ella, menos sabrían los otros. Se subió al tren y se sentó alejada del resto. El paisaje comenzó a moverse lentamente, apurando el paso cada vez más. Cuando estuvo segura de que todos y cada uno de los pasajeros la ignoraban, pudo respirar normalmente, sintiendo cómo su corazón buscaba acomodarse nuevamente en su pecho.

Luego algo salió volando y cayó en manos de una joven, probablemente de la misma edad que la descalza fugitiva cerca suyo. La joven pareció no darse cuenta, probablemente porque sus manos no paraban de moverse nerviosamente. Nadie le había dicho que era un viaje tan largo, y recién habían pasado treinta minutos. Decidió mirar hacia afuera, a los edificios. Cinco minutos después miró el reloj y volvió la vista hacia la ventanilla. Dos minutos después sus ojos se desviaron a su reloj. Tras un suspiro de frustración cerró los ojos. Si viajar físicamente lentificaba su tiempo, tal vez irse mentalmente lo apresuraría. Al rato abrió los ojos y revisó la hora. Ir a conocer a la familia de su novia era una idea que no le divertía, pero quería llegar de una vez. Se acomodó su blusa, su pollera, se peinó con los dedos…

La agitación de sus manos también era compartida por sus piernas, a un nivel molesto, pensaba el sujeto a su lado. Esa molestia, tal vez por la intensidad (yo diría injustificada) del sentimiento, hizo que algo volviese a volar y se depositara en los zapatos del hombre.

El mismo hombre se levantó. Sus zapatos limpios, relucientes, negros y formales se movieron. Al fin era hora de bajarse. Dejó a la fugitiva y a la novia nerviosa detrás.

Caminó apresuradamente a través de la estación, pasando entre la gente y saludando al portero, como siempre lo hacía. Salió a la calle y sus piernas viraron hacia la izquierda. Los siguientes metros los recorrió sin darse cuenta. En la esquina paró y compró el diario de ese día. Sus manos lo doblaron y lo colocaron dentro de su maleta. Su cuerpo volvió a moverse. Sus ojos miraban al suelo, sus pozos, sus sucias baldosas, sus formas. Sin permiso de su mente, sus dedos alcanzaron el paquete de cigarrillos y el encendedor en su bolsillo. Sacó uno del paquete y lo colocó en sus labios. Lo prendió lo más rápido que pudo y pitó sin parar de caminar. Ahora miraba a la gente. Comenzó a caminar más despacio con la intención de ralentizar el tiempo y poder disfrutar de ese momento del día. Suspiró entrecerrando los ojos. Volvió a enlentecer su paso. Necesitaba más tiempo. Un pie, luego otro. El aire de la ciudad no era frío, así que nada lo animaba a llegar a su destino. Pasó por los locales de siempre, saludó a la misma gente cuyo nombre y mente no conocía, pero cuyas caras y sonrisas ya estaban más que grabadas en su rutina.

Tiró el cigarrillo en la vereda y lo pisó una vez. No logró apagarlo, pero no le importó. Entró al edificio y se dirigió a las escaleras. Subió un piso, treinta y tres escalones. Abrió una puerta y sin querer se pechó con uno de sus compañeros. Musitó una disculpa mientras algo volaba y aterrizaba en el pelo castaño del otro.

El chico rió amargamente y respondió que no pasaba nada. Bajó las escaleras enfurecido y se dirigió al baño. Tras un breve vistazo al espejo intentando calmarse, se acomodó el pelo y salió. Buscó su auto, abrió la puerta y entró descuidadamente. Quería irse y no volver a ese lugar, ni a algún lugar cerca de ese. No quería tener nada que ver con los estirados de sus compañeros ni los imbéciles de sus jefes, así que siendo guiado simplemente por sus emociones condujo hasta la ruta más cercana. A esa hora no habían casi autos. Pisó el pedal un poco más fuerte y se aseguró no tener vehículos muy cerca ni delante ni detrás suyo. Acomodó el espejo y se buscó los lentes de sol en la guantera. No estaban. Aceleró un poco más, la flechita que indicaba la velocidad se deslizaba poco a poco hacia la derecha. Aceleró más y más y más. Cuando su ira comenzó a disiparse y el borrón verde de los árboles al costado de la ruta lo marearon, recuperó una velocidad más adecuada, pero su deseo de irse no se fue. Dobló en un camino de piedras y condujo por otra media hora hasta que llegó a un final. Era una calle sin salida, y por más que algo voló en ese momento, no tuvo donde aterrizar.

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