La promesa del Buen Retiro

La promesa del Buen Retiro

Marta Salvatici

10/12/2017

Se encontraba ya en un hermoso jardín soleado. Le dolían las piernas y tenía la garganta seca. Había subido la Cuesta de Moyano lo más rápido que había podido y ahora sentía que estaba a punto de ceder. Ahora ya no podía caminar por la larga avenida arbolada que tanto había llamado su atención. Sí, le hubiera gustado dar un paseo tranquilo por esa hermosa calle llena de edificios majestuosos, pero no podía, y probablemente nunca hubiera podido. Una verdadera lástima. Volvió a la urgencia del momento y comenzó a buscar una fuente. Estaba seguro de que había una, se lo habían garantizado.

Desde la distancia vislumbró un espejo de agua brillante. Por tanto que andaba, no conseguía alcanzarlo. Los sonidos de la ciudad llegaban a su oído amortiguados, casi irreales. De repente, la visión del agua desapareció y se encontró frente a una enorme estatua. Era un ángel que se protegía de la luz, elegantemente inmortalizado en el acto de caerse. Sin duda una obra maravillosa, de la cual, sin embargo, no llegaba a entender el significado. Se dio cuenta que ni siquiera podía pensar, en ese momento solo necesitaba sombra, agua y descanso. Había trabajado duro y merecía su recompensa. Se lo habían prometido una y otra vez. Las avenidas del parque se cruzaban, se dividían, subían y descendían. No pensaba que sería tan difícil y probablemente, si lo hubiera sabido antes no lo hubieran convencido.

En ese momento, comprendió que lo habían dejado completamente solo. Se armó de valor, dio una vuelta alrededor de la extraña estatua y tomó una larga avenida bordeada de árboles. Sus sienes palpitaban, pero bajo la generosa sombra encontró la fuerza para volver en busca del agua. Le habían hablado de una gran fuente, con piscinas y canales, y él estaba seguro de que no estaba equivocado. El jardín correspondía exactamente a las descripciones que siempre había escuchado desde que era un niño. El camino parecía estirarse mientras la gravilla abría un abismo bajo sus pies. Había árboles de hoja perenne, macizos de flores y pájaros que cantaban melodías nunca antes escuchadas. Llegó a una encrucijada y se detuvo con la esperanza de dar con alguién para pedir información y ayuda. Esperó unos segundos, pero no vio presencia humana. El vacío reinaba a su alrededor y a esas alturas ya no podría salir de allí. Se sentía prisionero de una promesa incumplida. Avanzó hasta que un brillo repentinamente atrajo su atención. Un gigante de vidrio y metal se levantaba en medio del verde, mirándose con vanidad en un pequeño espejo de agua brillante. Dio las gracias al Cielo y pidió perdón por su falta de fe.

Finalmente había llegado a la última etapa de su viaje. Se desplomó a los pies del gigante sin siquiera las fuerzas suficientes para beber. Cerró los ojos y su conciencia lo abandonó gradualmente, haciéndolo deslizar poco a poco en una dimensión borrosa. No se dio cuenta de nada, ni de las sirenas encendidas ni de los helicópteros que sobrevolaban incesantemente la ciudad. No asistió a las locas carreras de las ambulancias y de los vehículos de la policía. Ya estaba lejos de todo, lejos del infierno.

A las 7:39 del 11 de marzo de 2005, las puertas del Paraíso largamente esperado y soñado finalmente se le habían abierto. Nada de lo sucedido lo preocupaba. Ni las vidas que había roto ni el fantasma del terror que flotaba en los ojos de la gente. Él había cumplido con su deber, y eso era todo. No, no tenía que reprocharse nada, había hecho un buen trabajo, y al fin y al cabo, en su sueño el sol seguía besando las calles de Madrid.

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