Querido Pedro Infinito…

Querido Pedro Infinito…

A menudo nuestra vida se compone de recuerdos vividos de la niñez.

Pedro Infinito.

Podría sonar a caballero burgués, pero no, es la calle del recreo de mi vida. La casa de mi abuela era un edificio inmemorial, con elevación de vértigo, me encantaba esa morada con interminables pasadizos donde jugaba al escondite con Daniel. La casa era vivaz gracias a las anécdotas que contaban las vecinas. Para mí era como una «mini ciudad», había todo lo que un niño puede ansiar a esa edad. Tenía mi espacio determinado para mis locuras y conversaciones de como conquistaría el mundo. A Dani le encantaba mis historias desordenadas y así pasaban las horas hasta que…

—Patriciaaa—, llegaba a mis oídos la llamada de vuelta a casa.

Éramos una familia cotidiana como la que abundaba en esos tiempos. Cada uno buscaba su lugar para aislarse y desentender sus apuros. La calle era infinita como su segundo nombre. Me acuerdo de Solita, la vecina de abajo. Me encantaba estar con ella y me resultaba curioso su marido, sosegado y con un bigote inigualable al que yo me quedaba mirando fascinada e incrédula. Pasado el tiempo, mi barrio pasó de ser apacible a convertirse en bullicioso. Las nuevas generaciones habían aterrizado y con ellos, la revolución.

La evolución era creciente. Las abuelas según pasaban las primaveras se fueron integrando a la vida moderna y dejando atrás sus apolilladas vidas. Me sumergía en la gente que paseaba y me imaginaba cómo eran sus hazañas. Las personas estaban tan centradas en sus quehaceres que no se fijaban en una niña con visión de inquietudes recónditas. Un día sin saber por qué, una mujer se dio cuenta de mi mirada indiscreta… En ese momento quise que la tierra me tragase, pero sabía que era inútil. Me miró, yo baje la cabeza, pero enseguida reculé y pensé:

—No he echo nada malo—, y al momento le devolví la mirada…

Sus ojos desprendían ilusión, pero sus gestos la contradecían. Era mucho tiempo el que pasaba sentada en el muro del escaparate viendo muecas, tristezas que eran translúcidas, pero también había sonrisas que se les escapaba a la gente casi sin darse cuenta. Pero esa señora tenía algo que nunca había visto o no me paraba a ver, contradicción con ella misma, en ese momento lo entendí así.

Por suerte, una voz con autoridad hizo sonar mi nombre…Era mi padre. Salvada. Corrí hacia el sin pensármelo, pero algo me hizo asumir que volvería a ver a esa mujer.

El miedo me recorría el cuerpo, pero mi mente tenía curiosidad.

— ¿Por qué ahora?—¿ Por qué esa inquietud de saber la razón por la que esa transeúnte desconocida me había observado cuando nadie lo había hecho?— Toda la noche esa fue mi pregunta. Al día siguiente la rutina volvía a su cauce; desayunar, colegio, almuerzo, deberes… y mi recreo. Pero esta vez, tenía miedo. En la niñez me enseñaron a no tener temor y con la pubertad tocando la puerta no iba a olvidar lo aprendido. Bajé los cinco pisos tan rápido como pude, abrí la puerta con ganas de comerme el mundo y corrí a mi puesto de avizora.

Trascurrió días, semanas, meses, y nunca la volví a ver ni me sucedió nada parecido. Pasado los años pude encontrar el significado al dilema.

Estamos tan obsesionados con nuestras vidas, problemas y decisiones, que no nos paramos a ver lo que tenemos al lado, de frente o detrás, y cuando lo hacemos, desconcertamos a los individuos que han posado por una milésima de segundo la mirada en ti.

Y eso pasa por el mal hábito de no detenernos a ojear por un instante fuera de nosotros mismos.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS