Santa Teresa de Jesús, esquina Ludwig Tieck (Hispanista)

Santa Teresa de Jesús, esquina Ludwig Tieck (Hispanista)

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09/03/2018

Caminaba por la acera. De farola en farola sorteaba mis sombras, fundiéndome en la oscuridad. Venía ¡cabreado! de una audiencia pública que acababa de celebrarse en el salón de actas del ayuntamiento del distrito de mi barrio y a la que habían acudido ciudadanos, consejeros, el gerente y la regidora.

Iba a encenderme un cigarrillo, cuando escuché el ruido rítmico de una bicicleta. Me retraí en la penumbra. Era la regidora del distrito, pedaleando cómicamente. Llegada a mi altura, salí a la vista y la llamé. La pobre, al verme, se asustó, soltó un: “…¡no! ¡no! yo no tengo la culpa” y perdió el equilibrio. Al caerse se dio con la cabeza en un de los separadores del carril bici. Fue un momento. Allí se quedó: boca arriba, con los ojos petrificados. Un hilillo rojo se corrió de su nariz. La rueda trasera de la bicicleta seguía rodando. Retrocedí en la oscuridad, entre farola y farola.

Una parte de la ciudadanía se alegró por el nombramiento de la nueva alcaldesa. El anterior gobierno, entre otras fechorías, había expropiado salvajemente una finca y uno de los propietarios de la misma, promovió una campaña de denuncias y reivindicaciones. «¡No se puede permitir una expropiación a precio de saldo!» había vociferado, durante la campaña electoral, la ahora nueva alcaldesa, defendiendo la causa de este propietario y de otros que se habían quedado en la calle. ¡Desafortunadamente fue solo una farsa para obtener más votos! A cosas hechas, los nuevos, se confirmaron unos trileros de romería.

Para poder vaciare mi piso expropiado, tenía asignados los lunes. ¡Me volvía loco! Y con el trastero en la azotea, ¡histérico! ¡No podía ni entrar! Iba a encenderme un cigarrillo. Al salir de mi trastero lo vi y él me vio: el consejero técnico del distrito. El tío, supongo, estaba inspeccionando la azotea. Al verme se alteró. Extendió un brazo, me apuntó y susurró: “¡yo, …yo… yo no tengo nada que ver!”. Empezó a retroceder temeroso, tropezó con la barandilla de obras y por último voló de espalda al vacío. Resonó un sórdido ruido. Cerré la puerta del trastero. Bajé rápidamente a mi piso y cuando escuché los primeros gritos salí a la calle.

Calle Santa Teresa de Jesús, esquina Ludwig Tieck (Hispanista), ¡un castillo!, distribuido por escaleras, escaleritas, pasillos y corredores. Las fachadas a cuatro vientos lastimada por la vejez. Las ventanas dispuestas sin ningún raciocinio. La proyección horizontal dibujada estrambóticamente. Cantos, rincones, concavidades y salientes, que mejor no podían homenajear a la Rosa de los Vientos. Esquinas combinándose entre sí con tal audaz fantasía y ponderación, que no había una que se jactara de la otra. El constructor, ¡era evidente!, vetó el uso de la escuadra a su delineante. La finca estaba situada en la parte alta de la ciudad, en la esquina de un peligroso cruce entre dos calles estrechas y transitadas. Ni un semáforo y antes de cruzar era aconsejable santiguarse. Una farmacia, un paquistaní y un sucio bar de época. Un solo autobús y una parada de metro. ¡Pero allí estaba su casa!

El hombre medía un metro sesenta, quizá sesenta y cinco. No debía pesar menos de noventa kilos. Vestía pantalones de chándal y una cazadora que parecía un saco de cáñamo. Consejero portavoz en el distrito de mi barrio, del partido ganador en las últimas municipales, siempre mascaba un porro. Allí estaba, en la gasolinera más antigua de la ciudad, poniendo mezcla al dos por ciento en su escacharrado vespino. La última imagen que tengo de él temblaba detrás de unos vahos oleosos, mientras sacaba un viejo Nokia para contestar a una llamada, menospreciando las indicaciones de todas gasolineras: ¡MÓVIL APAGADO!. Finalmente una llamarada azulada lo envolvió. Al otro lado de la avenida apagué el móvil y me encendí un pitillo.

Los afectados por la expropiación guardaban todos los recortes de los periódicos: “Señalan los vecinos que la actual precaria situación estructural del edificio se debe a la negligencia del servicio técnico del distrito, en no cumplir con la reforma Urbanística”. También: “La nueva alcaldesa echa al traste el Plan de Regeneración Urbanística, por ser inviable económicamente. Será inapelable seguir con la expropiación”.

Desde la calle, por la ventanilla a ras del cera, tiraban el carbón. En los años sesenta convirtieron la carbonera en lavadero. ¡Todo un lujo! Pronto, en este sótano, que todavía huele a jabón de Marsella, arrojarán cemento para permitir la construcción de un muro de contención, que aguantará la calzada al finalizar el derrumbe de la finca. Por la misma ventanilla, en lugar del carbón, mañana, una bomba hidráulica vomitará cemento. Entra el gerente del distrito. El de seguridad le había avisado que yo estaba en los lavaderos. El sinvergüenza viene a comunicarme que el recurso interpuesto por la comunidad de vecinos, ha sido desestimado y que por lo tanto la administración local seguirá con la demolición.

Yo había asumido, ya desde un tiempo, que las casualidades se habían convertido en vehementes determinaciones.

El gerente me da las espaldas: “¡ala! que te vaya bien”. Yo recojo del suelo uno de los gruesos grifos desmantelados y le doy con toda mi fuerza en el cogote. Lo más complicado me resulta esconder el cuerpo en el interior de la estructura de madera armada, donde se arrojará el cemento. A la salida el de seguridad me pregunta si he visto el gerente. “¡Claro!”, le contesto, y añado que se ha ido por el patio interior. Devuelvo las llaves del lavadero y de la puertecita del patio interior. Él me saluda. Terminado el turno, se irá por fin a su casa. Respondo al saludo y me enciendo un pitillo.

El masaje cardíaco del enfermero del SEM lo devolvió a la realidad. Lo encontraron tieso y de rodilla delante la cancilla del descampado, vallado con concertinas, de la calle Santa Teresa de Jesús, esquina Ludwig Tieck (Hispanista). Allí, hace un tiempo, estaba su casa. Miró sorprendido el enfermero y le preguntó si tenía un pitillo.

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