Mi colegio estaba en una calle relativamente corta en los confines de un barrio periférico de Madrid. La calle, llamada Vicente Camarón, de casas individuales muy sencillas, acababa directamente en un descampado. Había también algunas pequeñas tiendas, pero ahora solo recuerdo una casquería, una frutería y una pastelería.

La casquería no se me olvidará nunca porque, cuando íbamos hacia el colegio, mis vecinas y yo nos parábamos invariablemente frente a ella porque nos atraía la visión de aquellos pulmones que colgaban sobre el mostrador, los grandes hígados rojos y sanguinolentos que reposaban en unos grandes recipientes metálicos y las cabezas de cordero y de cerdo que parecía que nos miraban directamente a nosotros a través del cristal de la fachada, con sus ojos vidriosos. La frutería la recuerdo porque era de la madre de una compañera de clase, Loli, y al pasar por delante de ella, Loli siempre me obsequiaba con alguna de las frutas que a mí me gustaban.

Mi amigo Ángel, que era muy peliculero, decía que Loli quería flirtear conmigo (tuve que preguntarle qué significaba «flirtear»), pero yo no me lo creía. Además, quién me gustaba era una de mis vecinas María Dolores, una niña de Talavera de la Reina que había venido a vivir con sus tíos a Madrid para estudiar bachillerato junto con su prima de su misma edad. No he dicho que esta historia ocurre entre los años 1961 y 1963, que nosotros teníamos 10 o 11 años y estábamos estudiando primero de bachillerato, del que luego nos examinaríamos por libre en el Instituto San Isidro.

Mi colegio estaba en una de las casas más grandes de aquella calle, con una gran entrada cerrada con una verja. Era un pequeño colegio en el que solo se estudiaba primaria y bachillerato elemental en grupos muy pequeños. Era privado pero debería de ser muy barato porque mi familia, sin ser pobre, no tenía demasiado dinero. Al salir de clase íbamos frecuentemente hasta el descampado del final de la calle, donde había un pequeño torreón de planta cuadrangular que debió haber sido un transformador eléctrico, porque en la parte alta tenía a cada lado unos elementos cerámicos blancos de los que colgaban unos cables. En el interior de aquel torreón ruinoso se había instalado una anciana que seguramente vivía allí, porque en el oscuro fondo que se podía adivinar desde la puerta, además de un brasero de picón permanentemente encendido que llenaba de humo el ya de por si oscuro hueco, se intuía la presencia de algo que parecía un camastro cubierto por unas mantas. En la puerta de aquella ruina la anciana ponía sobre una mesa diversas cajas de cartón y de plástico conteniendo varios tipos de caramelos, palitos de paloduz, pequeñas galletas, tiras de regaliz, oscuras y pegajosas, gominolas y cosas por el estilo. Mis vecinas siempre compraban algo. María Dolores compraba pastillas de leche de burra y me regalaba algunas. Un tío suyo que era farmacéutico retirado le había dicho que tenían muchas propiedades medicinales y que curaban la garganta. Con una peseta se podían comprar muchas pastillas de leche de burra, pero a mí me daba mucha vergüenza que me las regalara porque yo no tenía nunca dinero para regalarle nada. Ángel decía que María Dolores quería conquistarme, pero creo que no se daba cuenta que ya me tenía completamente conquistado.

Fueron pasando los meses y la amistad con María Dolores fue creciendo. El año que empezamos segundo de bachillerato, los sábados, al salir de clase (sí, en aquel tiempo teníamos clase los sábados), María Dolores compraba en una panadería y pastelería que estaba al principio de la calle dos grandes milhojas de merengue, una para ella y otra para mí, y nos las íbamos a comer a un parquecillo con un par de bancos que había en una plazoleta separada de la calle por un seto de aligustres. Era el único rato que estábamos. En aquellas escapadas de los sábados, ella me fue contando cosas de su vida en Talavera, de su gran casa y su patio al que venían a jugar sus amigas, con un pozo en el centro. Yo sólo escuchaba y rara vez le preguntaba algo.

Yo, como nunca podía regalarle nada, había ido escribiendo a escondidas un cuento que transcurría en un entorno claramente inspirado en el de su casa de Talavera. Recuerdo su título «El culantrillo del pozo de Ana» porque fue el primer relato que escribí. Un sábado, mientras nos comíamos las milhojas, se lo regalé, manuscrito con mi mejor letra (que era francamente mala), con algún dibujo poco acertado, y envuelto en papel celofán. Ella lo abrió, leyó los primeros párrafos y se dio cuenta de que estaba escrito especialmente para ella. Me abrazó y me besó en el cuello, junto a la oreja. Fue su primer abrazo y su primer beso. Luego habría más en esos encuentros de los sábados, eso sí, menos de los que a mí me hubiera gustado.

Nunca me contaba nada de su familia. Ya casi al final del curso me atreví a preguntarle por sus padres pero ella siempre esquivaba mis preguntas. Hasta que un día no se pudo aguantar y entre lágrimas, me contó la situación de su familia y las razones que la obligaron a venirse a Madrid. Cuando la vi llorar, algo me impulso a abrazarla más intensamente que los fugaces abrazos de otras veces. A ella parece que la consoló, porque reposó su cabeza en mi hombro y siguió contándome la situación. Aquel día perdimos el sentido del tiempo. Y, de pronto, ante nosotros, estaba su tía, furiosa. Elena le había dicho donde estábamos. No dijo una sola palabra. Cogió a María Dolores de la muñeca y de un tirón la separó de mí. Luego me dio un bofetón y, casi arrastrándola por la muñeca, se la llevó. El bofetón no me dolió pero si la forma en que se la llevó. El lunes ya no vino al colegio. No volví a verla nunca.

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