La Falda Bajo el Agua

La Falda Bajo el Agua

Gabriel Knight

02/08/2018

La secundaria ya había quedado atrás. Éramos dos amigos de toda la vida experimentando la facultad, pero aún poseídos por ese espíritu rebelde y autodestructivo tan ridículo que caracteriza a los veinteañeros. Habíamos pasado muchas cosas juntos, excepto una: nunca habíamos compartido un viaje.

“Listo, en el verano nos vamos y la rompemos”, era la frase que solíamos utilizar. Alcohol, mujeres, diversión, todo nos esperaba en nuestro destino, y pocos obstáculos había para dos hombres capaces y arrojados como nosotros. Pero a pesar de todo, “¿a dónde nos vamos? No tenemos mucha plata…”, era el usual dilema, el cual limitaba severamente nuestras opciones.

Por fin, tras mucha investigación y debate, decidimos ir a La Falda, la legendaria ciudad de Córdoba en la cual descansa el Hotel Edén. ¿Qué nos llevó a tomar tal decisión?, ¿peor aún, qué nos aferraba a convencernos de que había sido buena?, ¿eran las constantes repeticiones de ideas como “en Enero se pone bueno” y “en los campings pasa de todo”, o había algo más? Jamás lo sabremos, pero hasta el día de hoy recordamos, y reímos.

Partimos, por supuesto, en colectivo, con el poco dinero que nos quedaba. Seguros de que nos duraría lo suficiente, llegamos hasta nuestro primer punto, un camping notablemente vacío. No sólo nos desanimó a sobremanera, ya que esperábamos más bien un lugar repleto de chicas ligeramente alcoholizadas jugando al vóley en la arena, sino que además el precio resultó ser mayor del que nos habían comentado en línea. Para ahorrar costos, nuestra primera cena consistió en sándwiches que no sólo resultaron muy caros, sino también poseedores de un particular sabor a vinagre rancio. El viaje había sido largo y agotador así que esa primera noche simplemente descansamos.

Al otro día decidimos irnos a otro camping, porque no estábamos dispuestos a ser estafados, no señor. Tras empacar y dar una larga caminata, llegamos hasta otro lugar al borde de un arroyo. Todavía no había chicas semidesnudas a la vista; de hecho, no había vida humana en varios kilómetros a la redonda, con la excepción de la pareja que cuidaba el asentamiento. Tras rearmar nuestra carpa, comenzamos nuestra recorrida de la ciudad, la cual, por supuesto, se encontraba muy lejos. El trayecto resultaba agradable, siendo necesario atravesar un zigzagueante camino de tierra el cual era transitado por multitud de vacas, simpáticas aunque indiferentes.

Los primeros días fueron un desenfreno de compras: el regalo para esta chica que me gusta, el infaltable para mamá, y alguna que otra cosita para nosotros. La milanesa a la napolitana en el bodegón, acompañada con bebidas para encender el espíritu. Todo eran risas y alegría, ni siquiera el oscuro cúmulo de nubes que se acercaba desde el horizonte lograba desanimarnos.

La noche llegó y, tras vestirnos con nuestras mejores galas, partimos en busca de emociones fuertes. El camino que en algún momento resultaba agradable pasó a ser tétrico con tan sólo la luz de la luna para iluminar nuestros pasos, vigilados constantemente aquéllas vacas que en nuestras mentes bien podían ser carnívoras.

Para cuando llegamos a la ciudad nos decepcionamos una vez más al descubrir que los establecimientos de ocio estaban todos cerrados. Pudimos sí conformarnos con un recital de jazz al aire libre, aunque la concurrencia no bajaba de los octogenarios. Derrotados, volvimos a nuestra carpa, con la esperanza de que el día siguiente fuese más prometedor. “Qué querés, ¡es Jueves!”, bromeábamos, estipulando lo obvio.

Eran las tres, cuatro de la mañana, no recuerdo bien. La lluvia comenzó a caer con fuerza, vigorosa y refrescante. Nuestro pequeño iglú resistió con ahínco, por lo que dormimos con tranquilidad hasta la mañana. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la lluvia continuaba. “¿Queda algo de agua para el mate? Juguemos un truco hasta que pare”, fue la decisión. Y eso hicimos. Truco y mates. Por horas.

Y horas…

Mediodía, y la lluvia seguía. Al asomarnos con rapidez podíamos observar cómo el tranquilo arroyo que teníamos en las cercanías ya lucía como un torrente destructivo capaz de arrastrar un dique. Nuestras provisiones escaseaban y el aburrimiento amenazaba con asesinarnos mutuamente.

Para el anochecer la tormenta aminoró y pudimos, por fin, escapar de nuestro presidio. Considero esa noche como un dejo de misericordia divina, puesto que no sólo pudimos tener una buena cena, sino que además logramos asistir a un bar y hablar con gente que más o menos se aproximaba a nuestra edad. Pero en esas interacciones hicimos un alarmante descubrimiento: nuestros ahorros se habían esfumado. En el frenesí de consumo de los primeros días habíamos prácticamente dilapidado nuestro dinero, y nos encontrábamos atorados a cientos de kilómetros de nuestra casa, sin celulares ni tarjetas, y con un pasaje de regreso que estaba fijado para dentro de tres días.

La lluvia no tardó en regresar. Nuestra comida se limitaba a galletitas de agua con paté (el más barato), y mates, muchos, muchos mates. Las cartas eran nuestro único medio de diversión, puesto que el agua no paraba de caer y la mayoría de los humanos ya habían escapado hacía días. Incluso la pareja que cuidaba el camping aseguraba cosas como “no veo una tormenta así desde 1995”. La mujer, agobiada por nuestro sufrimiento y visibles costillas, nos ofreció un plato de fideos con manteca, que devoramos como si hubiese sido el manjar más sabroso de nuestras vidas.

El agua, inquieta, ya estaba entrando a nuestra carpa, no sólo por la inundación que prometía cubrir la ciudad entera, sino también por los costados, ya demasiados empapados como para seguir repeliéndola. Nuestros pensamientos ya se limitaban a buscar maneras creativas de asesinar al otro y, en lo posible, comérselo.

Días después el sol radiante se hizo presente y, junto con éste, comenzaron a llegar autos con grupos de jóvenes que traían consigo alcohol, guitarras y diversión. La Falda estaba a punto de dar un giro inesperado y emocionante.

Por supuesto, también era el día en el que nuestros pasajes de colectivo decían que debíamos regresar.

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