Esta es la calle que me vio crecer. Una calle cargada de niños, hoy hombres y mujeres adultos. Nos mudamos para allá, un día después de mi décimo segundo cumpleaños.

Ubicada en un barrio obrero de la Zona Leste de São Paulo, esta calle fue, en diversas ocasiones, causa de mis palizas. Fue cancha de fútbol, voleibol, centro de hogueras de San Juan y San Antonio.

Así era esta calle en mis tiempos de adolescencia y primera juventud. Mi madre con su tienda de golosinas para ayudar en la economía doméstica y también para que yo pudiera terminar la carrera.

Después de mi segundo matrimonio, con un español, y ya con la edad de veinte y seis años, decidimos hincar nuestra residencia en Europa.

Hoy, regreso a mi adolescencia y juventud. Mi cuerpo se estremece con la avalancha de recuerdos de aquellos, tan buenos tiempos, pero, de repente, es una calle extraña.

Desde la esquina, no reconozco el lugar que tantas y tantas veces jugué al balón, escondite, voleibol… Las casas, casi todas cerradas como cárceles, sus barrotes, verjas y hasta muros esconden lo que un día fue. Una calle de niños corriendo y jugando hasta altas horas de la noche. De jóvenes con sus parejas, escondidos detrás de algún coche, con el recelo de que alguien de la familia pudiera pillarlos.

Esta era la mía. Quitaron la tienda, hicieron una terraza y cerraron a cal y canto. La de al lado derecho, pertenecía a mi hermano. Aún recuerdo el día que puso la balaustrada… no tenía puerta que saliera a la terraza. Teníamos que saltar la ventana de su habitación.

Así fue hasta pasados muchos meses, cuando por fin, pudo comprar una puerta y quitó la ventana.

Era una vida feliz y despreocupada.

Siguiendo reto, toda la calle, se llega al muro del colegio que tanto me hizo sufrir. De sexto a octavo de primaria. Donde, por las mañanas, asistía las clases de educación física y luego, por la tarde a clases normal. El horario, poco común, de tres a siete, no nos permitía tener una vida programada a la diversión que se diga.

Viendo la entrada del colegio, me asombra como han crecido los árboles. Muchos de ellos, los hemos plantado nosotros. Bueno, son treinta años de ausencia.

Mirando hacia mi pasado, puedo decir que tuve una infancia feliz. Muchos amigos y amigas. Llegamos a tener nuestro equipo de voleibol de la calle y enfrentábamos las otras en campeonatos imaginarios.

Mi primer novio, mi vecino, el mayor de nueve hermanos. Hoy casado con hijos y nietos. Tal vez algún bisnieto…

Sus hermanas, mis confidentes y cómplices.

Después estaba mi amiga del colegio. Nos conocimos a los trece años y nos tornamos inseparables hasta después de mi primer matrimonio. Luego comencé mi segunda carrera y la separación fue inevitable. Hace poco más de dos años, me dediqué a encontrar mis antiguos amigos a través del Facebook. Cual no fue mi alegría al encontrar gran parte de ellos. Es un regalo del “Dios Tecnología”, por decir de alguna forma. Muchos hacen parte de mis cuentos y relatos. Nuestras anécdotas, nuestras peleas, nuestras aventuras. Y todo comenzó allí en esta calle.


Rua Iretema, São Paulo – Brasil

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