Sentado en su sofá con vistas al mar, unas vistas magníficas aunque estuvieran desaprovechadas porque él le daba vueltas a sus cosas.

Su diagnóstico fue un martillazo, aunque ya llevaba tiempo temiéndoselo. Esperándolo. Demasiados síntomas, demasiada historia familiar.

Como consecuencia de ello, dejó de trabajar. Nunca le había gustado mucho ser abogado. Pero fue en lo que se convirtió, veinticinco años antes. Y aún no sabía por qué. Como le gustaba repetir, la Legalidad no tiene nada que ver con la Justicia.

Y ahora, iba a demostrar que nada de ello guardaba relación con la moralidad.

¿Por qué no matamos a alguien? A ese enemigo que tenemos, al capullo que hizo daño a nuestra hija o, simplemente, al que se nos cruza y nos mira desafiante… no lo hacemos, ¿por temor a la cárcel? Sin duda. ¿Por el más allá, cielo e infierno? Tal vez, si alguien cree en ello… ¿porque está mal? Eso puede que lo pensemos: está intrínsecamente mal, aunque el fulano pueda merecérselo, pero como no queremos que nos lo hagan a nosotros, pensamos que está mal y no lo hacemos.

Pero, ¿y si vamos a morir pronto? El problema principal, la cárcel, se diluye porque probablemente no entremos en ella antes de dejar este mundo, cosa que haríamos con una experiencia nueva, algo distinto y único y, quien sabe, además puede que hagamos justicia.

Lo que pensaba él era hacerlo aleatoriamente; no tenía enemigos y nadie había violado o secuestrado a sus hijas. No digo que nadie lo mereciera… pero no, nadie lo merecía.

Por tanto, más que una cuestión de justicia, se trataba del aspecto moral, matar o no matar, y de la experiencia de hacerlo.

Al día siguiente, aún estando de baja y con dolores, salió a la calle. Con un cuchillo en el bolsillo. No lo iba a utilizar, no pensaba en nada tan próximo ni tan sangriento. Sólo quería ver las caras de la gente, sus posibles candidatos. Y pensar en cómo hacerlo.

Al ver el bar de su barrio, se dio cuenta de que no tenía por qué ser sangriento: entraría y al que le cayera mal, al que estuviera hablando de zurrar a su mujer, a ese le echaría algo en su bebida. Un veneno, algo mortal. De esa forma, si no le cogían, pues nada, y si le cogían… poco podían hacer contra alguien a quien le quedaban semanas de vida. Sería como su herencia, su legado: haría desaparecer a algún indeseable.

Daba igual si ése era marido, o padre, o a pesar de sus defectos colaboraba con una ONG, o incluso tal vez había apadrinado a un niño en Africa, alguien que dejaría de recibir su ayuda económica mensual al desaparecer su donante, al morir porque él así lo había decidido, en base a… quién sabe qué.

Pero esa no era la forma de abordar el tema. Un indeseable dejaría la vida y él podía hacerlo, sin consecuencias: La razón fundamental por la cual no adoptábamos esa medida, todos.

Al día siguiente, lo haría. Iría primero a la droguería, a comprar matarratas, y luego, al bar, a cargarse a quien le pareciese indeseable.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS