Hay días en los que te despiertas con la cabeza llena de pájaros. Pones tus pies junto a la cama para dar los primeros pasos y puedes sentir la esencia de todos los dioses en tus venas. Como si notaras la naturaleza habitando tu cuerpo.

Caminas en dirección al jardín arrastrando cierta baba viscosa y trepas a la copa del cerezo. Una inmensa madeja de hilos comienza a enredarte a los corimbos rosados, hasta verte atrapado en la trama de sus flores.

Las palabras te queman con su pureza inigualable. Sin ser consciente, renaces. No habías pensado en la posibilidad concreta de hacerlo, pero hay días en los que te despiertas con la cabeza llena de pájaros.

Sigues ligado a las ramas y, pese a la maraña envolvente, te dispones a organizar tus piezas. Abres todas tus arterias y te quedas absorto frente a ese cúmulo inescrutable de interrogantes que simulan ser respuestas. Te desconoces y en el mismo acto te descubres.

Lo eres todo y todo lo contienes. Un poema triste, un vino dulce, un tronco ardiendo. Eres un fractal eterno conformado por la corriente de todos los ríos. Eres el libro que jamás escribirás. Todas esas letras aglutinándose. Eres también las frutas exóticas de cada mercado tropical. Eres un turista desorientado, marioneta de artesano.

Lo eres todo. Incluso los trozos del lado más funesto que conservas en un escondrijo recóndito e intentas descascarar poco a poco. La medalla de segundo puesto y la culpa perenne. Las cenizas frías ya inservibles y las guirnaldas en el suelo. La patética impostura y la soberbia bien peinada.

Eres todo eso y mucho más. Los mandatos y las leyes. Un calendario viejo colgado en la cocina. Eres sangre y barro. Sin embargo, ¿quién eres?

Las florecitas caen lentamente. Consigues desanudar los últimos hilos y bajas del árbol con la calma que acompaña a quien ha logrado reafirmar su existencia en este sainete.

Ya no hay rastro de baba ni de pájaros.

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