Las burbujas saltaban sobre las pequeñas cabecillas sin reventarse, y se pegaban a las paredes reflejando colores. Nadie se percató en un principio de su existencia, todos los niños avanzaban con las manos puestas delante o con éstas dentro de los bolsillos laterales. Los llevaban a un lugar más seguro, usando por segunda vez el puente aéreo de metal que conectaba los dos países sobre el mar.

El túnel no tenía ventanas, un tubo largo de metal dorado desde el piso hasta el arqueado techo por el que desfilaban niños de todas las edades y de todos los colores. Cada 100 metros un miembro de la oficialía de seguridad nacional verificaba que todo fuera en orden, intercomunicado con el resto de los demás miembros por un auricular diminuto incrustado debajo del oído derecho. Solo una salida y una entrada. No había manera de blindar la seguridad del túnel. Los únicos que tenían acceso eran los mismos miembros de seguridad, la traición vino desde dentro.

Pequeñas revueltas se habían ido esparciendo a lo largo de todo el país, minando a la población con descontento que terminaría en una nueva revolución. Los tratados de paz firmados años atrás habían sido la cortina a la realidad interna. Cuatro años las personas permanecieron en calma, cuatro años en los que los dirigentes políticos se paraban frente a las cámaras a dar cifras de familias reorganizadas, la realidad suponía algo muy diferente, en cuatro años no se reconstruye una nación. Como medida preventiva se implementó alejar a los niños de la capital del país, al menos por un tiempo. Se vivía una intensa atmósfera de rígida calma, un silencio sospechoso había permanecido por semanas.

Miles de niños fueron despedidos por sus padres a los pies de la escalera al túnel. Ojos azules, grises, verdes y negros miraban asustados desde arriba, pequeños pies comenzaban a avanzar en cuatro filas.

Cuándo la primera burbuja llegó hasta la puerta de salida la señal fue recibida. Placas pesadas de metal cayeron a lo largo del túnel. La primera separaba por un metro a la puerta de los niños, la segunda se encontraba a la mitad y la tercera a un par de metros de la entrada. No voy a mentir diciendo que la caída de los pesados bloques no privó de la vida a ningún niño, porque sí lo hicieron, la sangre llegó hasta las paredes y antes de que comenzara a coagularse el caos interno se había desatado.

Les llevó 3 segundos entender lo que había pasado. Los guardias intentaron comunicarse entre ellos, la energía eléctrica fue cortada y todo lo que se oyó fueron gritos y llanto. El tiempo se hizo más lento, aunque no había pasado un minuto cuando las bombas explotaron. Las placas de metal no volvieron a subir, se quedaron ahí, mirando tela, huesos y pieles calcinadas.

El asesinato de niños en resguardo hizo eco en todo el mundo, sus pequeñas voces siguieron resonando. Nunca se habló de un atentado sino de una falla eléctrica que afectó sólo a la mitad del túnel. Los niños sobrevivientes fueron transportados por vía marítima y la ciudad fue desalojada en espera de más ataques. Dos meses pasaron sin que se supiera más. La siguiente noticia llegó al tercer mes.

El tren subterráneo de Nueva York transporta a cerca de 2000 personas en una sola estación. Las horas en que más personas viajan son entre las 6:30 y 7 de la mañana. El flujo constante de personas obstaculiza el libre tránsito y ralentiza el transporte.

El tren de las 6:45 tenía 20 vagones, cada uno ocupado, en promedio, por 45 personas. Usaron la misma señal, burbujas pequeñas flotaban de derecha a izquierda entre las personas. Los niños pequeños estiraban sus manos para tomarlas.

El tiempo que tomaba ir de la primera a la segunda estación era de seis minutos y diecisiete segundos, cuándo el reloj cambio de 6:49 a 6:50, las alarmas internas detectaron la presencia de calor en el primer vagón, luego en el segundo. Una luz roja sobre las puertas comenzó a parpadear insistente y las personas de los últimos vagones escuchaban las explosiones sin poder hacer más que esperar su turno.

El tren nunca llegó a la siguiente estación. La mezcla de humo, plástico, vidrio y desecho humano se pegó a las paredes de las vías. Nadie sobrevivió esa mañana. Nadie contó lo que ahora cuento.

Se volvió a manejar como una falla eléctrica.

La siguiente explosión fue en una plaza del continente contrario, cerca de 2000 personas fallecieron esa tarde. Nadie supo lo que sucedía hasta que sucedía, nadie conectaba la existencia de burbujas con la explosión porque nadie sabía que era una señal.

Explosiones por todo el mundo menguaban el número de personas en existencia. Los países ya no peleaban entre sí, pero tampoco se apoyaban, puesto que cada uno habría de resolver sus propias problemáticas y entonces se habló de una organización.

El mundo calló para escuchar.

“Las bombas están por todas partes.”

Se volvió una lucha constante por desmantelar la bomba antes de que detonara. El mundo era un lugar horrible, cimientos expuestos, zonas que en un principio fueron intocables se encontraban demolidas, árboles y edificios mezclados luchando por sobrevivir. Las personas se internaban en los bosques y dejaban las ciudades.

Las bombas dejaron de encontrarse y todos creyeron que se habían salvado, pero nadie volvió. Las ciudades siguieron solas y las personas siguieron lejos.

La única manera de salvarnos todos es la destrucción, la única manera justa es la muerte.

Todos los comprendieron al ver cientos de aviones cruzando el cielo que al tocar el suelo explotaron y su fuerza alcanzó a igualar cien tornados.

Un reducido grupo de 34,000 personas en todo el mundo quedaron vivas para edificar de nuevo el planeta.

Es algo que nunca nos contaron.

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