Los buscadores-descubridores-anunciadores de buenas nuevas eran algo así como una multitudinaria logia de seres alegres. Su principal amparo era el optimismo, su mejor arma: la asertividad, su uniforme de trabajo: la sonrisa. Por donde quiere que fuera estaban ellos divulgando las buenas nuevas; aplaudían en cada ocasión y no se les estaba negado un baile o cualquiera otra muestra de sana afectación provocando la hilaridad colectiva. Se les veía siempre ágiles, siempre jóvenes, siempre felices; el factor «tiempo» no contaba para ellos.

Pero contaba.

Con el paso de los días, de los meses y de los años se les comenzó a complicar la tarea y no porque escasearan las buenas nuevas, sino porque ya no eran celebradas como tales, había un «algo» oculto inserto en cada revelación, una posibilidad que castraba implícitamente la calidad de «buena» en cada una de las «nuevas» que eran enunciadas. Por cada casamiento se intuía un posible y doloroso divorcio; sobre cada nacimiento sobrevolaba el fantasma de una niñez de pobreza; en cada amigo acechaba el fantasma de la traición.

Los cazadores de buenas nuevas no entendían de proyecciones temporales, desconocian la perturbabilidad de un futuro incierto, ignoraban las tendencias.

Con el paso del tiempo (ese mismo tiempo que casi no les afectaba) empezaron a darse cuenta de que eran poco menos que ignorados y eso cuando no eran, lisa y llanamente, increpados y expulsados del ámbito dentro del cual querían manifestarse.

Los portadores de buenas nuevas comenzaron a cuestionar los resultados de su labor, su labor misma y de cómo y de dónde habían surgido al mundo, que ya no parecía ser el mismo.

El mismo día que se preguntaron qué sería de su futuro comenzaron a diluirse en el lento torbellino gris y frío de la tristeza universal.

Ni siquiera llegaron a ser una olvidada leyenda.

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