Ocho en punto, llego tras una hora de viaje, rutina diaria, suena el despertador, me levanto, autómata, sin necesidad de planificar nada, ducha, desayuno, paseo, cercanías, metro, paseo otra vez y ya en la oficina.

Siempre llego el primero, abro, enciendo ordenadores, estreno el día. Ellos van llegando después, con suerte un saludo distraído y se incorporan a su trabajo. Nada más.

Yo los veo desde mi puesto de trabajo, según llegan los analizo, sin que me digan nada se como se sienten, como acabaron ayer y como van a tener el día, los conozco mejor que ellos mismos, cada uno tiene su historia. Me gusta llamarlos por su orden de llegada.

Número Uno llega a las ocho treinta, soltero y sin motivo para dejar de serlo, en la oficina no se relaciona, intenta aparentar menos edad de la que tiene sin conseguirlo del todo, no llama nada la atención excepto sus dedos amarillos de fumador. Él lo disimula pero yo se que tiene una vida oculta, los viernes es otra persona, gesto animado y miradas constantes al reloj, sale deprisa, fines de semana vivos e intensos hasta su vuelta a la realidad el lunes, más huraño de lo habitual, a veces se olvida algún resto de rímel en las pestañas. Al menos tienes eso, bien por ti Número Uno.

Número Dos entra casi de seguido, siempre viene deprisa como si llegara tarde, traje completo y discreto, maletín en la mano derecha con la prensa gratuita del día y a veces algún dibujo infantil, las fotos de su escritorio revelan que tiene mujer y tres hijos de edades pequeñas, familia feliz. Se sirve un café y se sienta aflojándose el nudo de la corbata, no debe ser fácil atender a todos antes de empezar su jornada de trabajo. Durante el día atiende varias veces llamadas personales, no muestra hastío, siempre está dispuesto, se nota que lleva contento el peso de la familia.

Pasadas las nueve de la mañana, hora teórica tope de entrada llega Número Tres, la única mujer fija en la oficina, edad indeterminada por encima de cuarenta, viste arreglada sin destacar con ropa que le hace parecer mayor de lo que es, peinado impecable, bolso grande donde cabe el último número de la revista del corazón. Llega con aire distraído igual que sigue todo el día, siempre sin prisa. Mantiene perfectamente al día sus redes sociales, le saltan constantemente mensajes y los atiende todos, muchos los comenta en alto sin recibir respuesta.

A partir de aquí pasa más tiempo y llegan los comerciales, estos empiezan su trabajo en la calle y según tienen las visitas vienen a la oficina en diferentes horarios, son Número Cuatro y Número Cinco, van casi a la par, les podría de hecho cambiar el nombres. Por estadística llamo Número Cuatro a la otra mujer en plantilla, ésta bastante más joven, viste moderna y cómoda, sabe hacerlo para que se fijen en ella igual que no oculta la alianza de su mano derecha. Todo lo contrario de Número Tres siempre va deprisa, parece que nunca llega a tiempo, el teléfono es una prolongación de su mano, siempre hablando con clientes, voz pausada y amable a pesar de las prisas, gran profesional. Su entrada es un torbellino de recados y órdenes de venta, es toda energía.

Número Cinco es el más joven de la plantilla, vaqueros, deportivas, camisa moderna, pelo engominado, reloj de marca, saluda a todos, pregunta, responde, ofrece ayuda, es un relaciones. Con él en la oficina Número Uno y Número Tres coinciden en sus sentimientos, no le quitan ojo. Mientras está con nosotros el ambiente se refresca, rompe el silencio habitual, es una pena que dure poco tiempo, igual que Número Cuatro tiene que salir rápido para cumplir sus objetivos. Me hubiera gustado ser como él en mi juventud.

La salida de Número Cuatro y Número Cinco ya es para no volver hasta el día siguiente y suele coincidir con la llegada de Número Seis, el hombre de la limpieza, viene de otras oficinas del edificio, siempre empujando un carro atiborrado de utensilios. Su mono perenne de trabajo no permite saber mucho de él, intenta pasar desapercibido, dice que es para no molestar. Cerca de la jubilación mantiene un aspecto discreto, un poco pasado de peso, deportivas viejas, pelo canoso siempre corto y gafas de pasta pasadas de moda. Es de los míos, si le observas ves como analiza todo lo que ve, estudia en silencio a la gente, no pierde detalle de las mesas de trabajo, de los comentarios, de las conversaciones, vacía las papeleras con cuidado, clasificando discretamente su contenido, pide perdón constantemente. Recorre la oficina de un extremo a otro y sigue en otro piso. Prácticamente nadie se fija en él.

La tarde transcurre monótona y coincidiendo con la hora de salida que suelen hacer todos prácticamente a la vez llega el último del día, Número Siete, alto, corpulento, gesto fresco de quien trabaja de noche y se acaba de levantar, perfectamente peinado, luciendo con orgullo el uniforme de la empresa de seguridad donde inevitablemente destaca el material enganchado al cinturón: porra, esposas y sobre todo juegos de llaves. Va despidiendo a todos excepto a mi, un gesto amable porque sabe que todavía me quedo más tiempo, se que piensa que soy un adicto al trabajo, no lo puede disimular.

Pasadas las ocho ya decido irme a casa, me debería llamar a mi mismo Número Cero, abro y cierro la oficina, estreno y recojo, saludo y despido, pero a mi no hay nadie que me clasifique. Paseo, metro, cercanías, paseo y ya en casa, termina un día en que cada uno de mis compañeros ha seguido con su vida, mañana conoceré sus novedades porque yo tengo pocas que aportarles.

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