Nacer en la transición española

Nacer en la transición española

Soy hija de la democracia, concebida por dos hijos de la posguerra tres semanas antes de morir Franco. Mi padre, que nació en plena guerra civil, a sus veintidós años le condenaron a pena de muerte, fue indultado y preso político en Alcalá Meco los últimos quince años de la dictadura. Mi madre, huérfana de padre a los diez años, pasó ocho en un hospicio femenino del Estado, concretamente en el frío Palacio de Boadilla del Monte, uno de los muchos existentes en aquel entonces llevado por monjas. Mi herencia suma más de veinte años de dura disciplina y privación de libertad.

Nací a las dos de la madrugada del 27/7/76, en pleno verano. Mi madre había pasado el día entero en la piscina, harta de sandía y sol estaba roja como un tomate. Rompió aguas por la noche ya en casa y se duchó tranquilamente para ir al hospital. Cuando llegó, estando en la sala de dilatación subida en la camilla, empezó a vomitar algo rojo, lo que alarmó tanto a las enfermeras que llamaron al doctor antes de poder decirles que era sandía. Ella siempre lo cuenta riéndose por el susto que se llevaron las pobres y con reprimenda del doctor incluida por armar tanto jaleo. Salvado el falso susto, todo procedió con normalidad, sólo tardé dos horas en realizar el viaje.

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Viendo la fotografía, me asaltan vagos recuerdos de la toma de medidas para que mi tía abuela, que era costurera, me hiciese el vestido y de las pruebas hasta terminarlo unos días antes de la boda de la hermana más joven de mi madre. Aún no había nacido cuando se quedó huérfana de padre junto a mis otras cuatro tías, mi madre, la mayor de las mujeres, y mi tío, el primogénito y único varón. Pero eso había pasado hacía más de veinte años, era primavera de 1981 y se casaba con un contable del barrio de Simancas en Madrid, el cual la había cortejado con mucho empeño y ese día recogía el fruto del amor que tan insistentemente la supo profesar.

Del  mismo día de la boda, recuerdo estar ya vestida en la habitación de mi tía «la soltera», siendo años después mi tía «la del abogado del Estado», que aún vivía con su madre, y a mis otras tías junto a mi madre, ayudando a mi abuela a vestirse y acabando de arreglarse ellas. Mientras, yo jugueteaba fascinada con los anillos y demás joyas que estaban encima de la mesilla de noche. Una alegría nerviosa reinaba en la casa esa mañana. Eran momentos mágicos, las mujeres escogían sus complementos y se maquillaban con mimo y verdadera destreza unas a otras, ayudándose en los más mínimos detalles para sentirse perfectas.

Cómo podría olvidar la emoción de portar las arras junto al primo más guapo y mayor de la familia, me sentía como una princesa con apenas cinco años, ni lo encantada que estaba con el adorno que me habían puesto en el pelo, mi lazo de raso y mi ramo de rosas.
Tampoco puedo olvidar a mi abuela paterna, vestida de riguroso negro por la muerte aún no superada de su hijo mayor hacía dos años, y a su otro hijo, el pequeño, mi padre, juntos esperando para el convite. Allí estaban, sin disfrutar ni participar con auténtica alegría de la celebración, incluso con momentos de incomodidad para ambos, o lo eran para mí cuando me usaban para darse importancia haciéndome obedecer y quedarme a su lado, o para estar entretenidos u ocupados, en vez de dejarme ir a jugar con mis primos, a los que no veía a menudo pues vivía a cuarenta kilómetros. Sólo después de la comida, estuve corriendo y jugando por los salones del hotel libre ya del control de mi familia paterna allí presente. Era consciente de mi papel de comodín en la familia a tan temprana edad.
Fue mi primera fotografía de estudio y realmente disfruté del momento como protagonista de ese evento familiar. Me la tomaron después de la ceremonia, antes del banquete, durante la sesión fotográfica de rigor realizada en las instalaciones del hotel. Las demás no las puedo mostrar pues no salgo sola y aunque, por mi parte, seguro que ninguno de ellos va a leer este relato a no ser que sea por casualidad, pero por eso, por si acaso, no se vayan a molestar…
Como si los viera, ojipláticos, enfureciéndose por momentos según van leyendo. Ahora me da risa y casi ganas de revelarlo todo, todo aquello que conforma mi pasado y la parte correspondiente a cada uno de ellos. Pues cada día que pasa sin escribir, sin contar mi historia, muero un poco por dentro e, irónicamente, ese mismo miedo me impide dar rienda suelta a mis emociones intentando relatarla. Un temor latente a la reacción de mis seres queridos al leerme y verse plasmados en un fragmento de nuestras vidas rodeado de excesiva información a su juicio, me bloquea junto a otros aspectos.
Al narrar les narro a ellos y, por ello, me siento traidora y chismosa la vez. Es mi propia vida y no puedo ni «decirla». No soy dueña de mis recuerdos, son más de los demás que míos propios, ¿cómo puede ser eso?, es lo que siento cuando intento explicarme, aparece alguien y adiós. Pero, traidora, traidora sería a mí misma si no relatase mi vida tal y como la recuerdo, no tal y como sucedió, porque es imposible, o tal y como los demás quisieran, pues sería su versión del pasado. Ésta es mi historia y así fue como pasó. Hace años que deseo contarla, pero no he conseguido empezar a hacerlo hasta ahora, al igual que la historia de mi país, cuyas fosas del olvido van a dejar de estarlo y por fin se hablará de sus muertos.

FIN

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