Mi higado en el coche

Mi higado en el coche

Darío Jusca

11/12/2015

Muchos tienden a evocar recuerdos a partir de cosas tangibles: fotografías, cosas guardadas en viejos estantes, libretas escolares almacenadas en oro en paño, sabanas bordadas en fino hilo con olor a naftalina con una franja amarilla descolorida…

En el caso de Roberto era diferente. Cuando él quería evocar algún recuerdo, no tenía que buscar entre viejos estantes, fotografías, olores de cocina de mamá o hacerle recordar a algún familiar algún dato y revivir así  ciertos años.  No, él no era así, su memoria era más frágil y recurrente.

Sus recuerdos más antiguos estaban relacionados con el calor, la rojez de la piel, sabanas manchadas por  la noche de orina, ecos de gritos guardados en las esquinas de su habitación y caras marcadas por el dibujo de una mano…, tenía todo un amalgama de recuerdos y ceños fruncidos  en su mente ; para él era muy fácil recordar. Muy fácil y largo.

Allá por los 70 , su papá se  compró un flamante Renault 6 de color granate oscuro con un hermoso tigre de Bengala en una de las puertas, todos pensaron que era un color precioso para un coche,  era tan bonito como un rubí; con el tiempo  para Roberto, se convertiría en un color fascinante y tétrico a la vez, tanto como el de los hígados  de los pollos en las carnicerías, un color intenso pero inerte, un color que llama la atención entre toda la gama de colores de pollos muertos y vísceras colocadas en bandejas de aluminio con hilos de sangre seca dibujando formas rupestres  en sus jóvenes neuronas ; con la carnicera allí trabajando y las mujeres allí esperando y velando a los pobres bichos.

Los viajes en ese coche en verano eran todo un suplicio para Roberto. No podía soportar los calores de julio y la tea de humo que fumaba el puro de su padre, ese crisol de cuatro ruedas le provocaba unas arcadas espantosas con el consiguiente vómito del desayuno, rápidamente bajaba el cristal para poder vaciar su tierno estomago y ver como su almuerzo desaparecía por  la nacional II raudo como un cometa sin destino ni rumbo.

Así pasó aquel verano del 73. Las salidas a la playa, los  rastros de vómitos en la puerta del coche, los gritos de enfado en su habitación, los dibujos de la mano de su padre en su cara, los bosquejos de formas abstractas de su orina en las sabanas, le provocaron ese miedo atroz a los tigres, a todo aquello que tenga unas fauces tan feroces como aquel  tigre de la puerta de ese coche color rubí.

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