Hay futuros que joden, y mucho. Marchitarás es uno de ellos. El hecho de que algún día marchitaremos, al igual que las rosas que guardamos en aquel jarrón o los girasoles que contemplamos con alegría al pasar por un campo, nos parece una sentencia cruelmente inevitable — o inevitablemente cruel—. Y es que nos seguimos aferrando a ese comportamiento tan típicamente humano que se basa en llorar la caída de nuestros pétalos, ignorando y desvirtuando el saber que hemos sido flores toda nuestra vida. Carecemos del don de ser inmarcesibles , y eso nos asusta tanto que a veces provoca que marchitemos antes de tiempo.. Irónico, ¿verdad? Nunca nos hemos llegado a plantear que la vivacidad y belleza de una flor es debida a la ignorancia de su destino: El hecho de no saber que algún día marchitará le hace desprender un encanto cautivador, que en ocasiones llega a ser envidiable. Pero a medida que el tiempo pasa y las estaciones cambian, la luz de aquella flor se va apagando, anunciando al mundo que está marchitando, hecho que la flor asumirá, no como una condena, sino como un acontecimiento más de su vida que se niega a desperdiciar. Tal vez todos deberíamos ser como esa flor, porque qué más da que el tiempo pase o que el cuerpo cambie: todo aquello que marchita nunca fue realmente importante. Y es que lo imprescindible jamás marchita. Nuestra alma y nuestros sentimientos poseen el don tan deseado de ser inmarcesibles, ya que tal vez algún día se disipen o queden ocultos, pero siempre permanecerán intactos, iguales pero muy diferentes respecto al primer día. Por lo tanto, preocupémonos menos de aquello que pasará y más de lo que está pasando, porque el pasado nos procuró las raíces y el futuro nos arrancará los pétalos, pero el presente nos ofrece la increíble y única oportunidad, que jamás debemos desperdiciar, de ser flor.

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