Regreso a casa.

Con el alma a cuestas, mientras Buenos Aires ruge. A veces, me pesa la vida y en esa filosofía casera de los porqués, intento develar un cachito de mi destino. María es bella, daría una mar de rosas y músicas por decirle que la amo.

Llego.

Mi departamento húmedo y frío como si el río se le hubiera metido adentro se niega a recibirme. Dejo el maletín sobre el sofá, cansado, hastiado de tanto correr colectivos, subtes que amordazan vísceras, gente anónima que ni registra que soy uno más de ellos ¡Dios mío, preciso encontrar la manera de sobrevivir en esta soledad verdinegra que corroe como ácido! Si al menos estuviera María…el sol de sus manos me salvaría.

Café.

Desde el ventanal, el cielo se diluye y comienza la danza de los espectros: la noche ha descendido. Entonces, algo muere…

El techo desde mi cama.

Un pobre velador ilumina lo que resta de mi cuarto y mi silueta oscura en la pared presume de mágica sombra chinesca. Hace mucho frío y casi ni lo he notado. Necesito con premura, desmesura, los ondulados médanos del cuerpo de María; su calor de playa sería el bálsamo dorado de mis días. Decíme…sí, vos, Buenos Aires, decíme qué soy, quién soy; acaso el empedrado de tus calles, las notas perdidas de un tango, un loco errante en la niebla…

Silencio.

El despertador retumba febril. Mis párpados se abren tirados por un resorte y sólo encuentran la más dura oscuridad. Seis de la mañana. Y la cama helada. Hago el cotidiano ejercicio de correr hasta el placard, vestirme a las trompadas y aterrizar en la cocina.

Café.

Y un cigarrillo…sí, ya sé, el médico me lo viene advirtiendo y María me mira con ese gris de sus ojos que me parte el corazón. Ella tendría que estar acá y entonces el paraíso habría descendido en un instante ; no iría nada a trabajar y le haría el amor hasta morirme porque sólo el amor puede salvarme, porque sólo en el durazno blando y tierno de su sexo penetro la eternidad. Tomo el maletín, arrojo el impermeable sobre mis hombros y escapo por el ascensor que me arroja por un túnel hasta la calle, esa calle indescifrable e incognoscible de otro Buenos Aires.

Llego.

Me siento en mi escritorio. Mi jefe me tira sobre la mesa la carpeta de informes y me recuerda que una llegada tarde más y estoy despedido. Qué turro sos, hermano…¿acaso no sabés que hay huelga de subtes, que tuve que tomar el 98 y viajar colgado como pude? La próxima vez me pido licencia por enfermedad y te cago. Me hundo en el estanque de folios y, mientras repaso letras y números, recuerdo a María…Vení, salváme, sacáme de esta fosa. Esta noche te invito a cenar y te compro el ramo de rosas más bello de toda la ciudad…y de una vez por todas, te lo digo; te lo digo de una vez: veníte a vivir conmigo, Negrita; te necesito, nos necesitamos. Ya sé que estás sin laburo pero de alguna manera nos vamos a arreglar. Amarse, amarnos, Negrita…y que el amanecer nos sorprenda.

Regreso a casa

Comenzó a llover. Buenos Aires es una trampa de agua donde se ahoga todo menos las penas, que aprendieron a nadar. En el colectivo, escucho un tango…

“Uno busca lleno de esperanza el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina. Uno va arrastrándose entre espinas, y en su afán de dar su amor sufre y se destroza hasta entender…”

Las gotas contra el vidrio van dibujando caminos en su caer, y son tantos, parecen infinitos, como los que se van abriendo lentamente ante mis ojos ávidos de que alguno me lleve a alguna parte. La calle, cinta desteñida de asfalto con luces de neón; el colectivo que se desliza, violento, feroz, y todos sus pasajeros, como entes demenciales, pasajeros de un barco que navega hacia el horizonte de su utopía.

LLego

Ante la entrada del edificio, descubro que olvidé comprar las rosas para María. Vacilo, quizás…Decido que hoy no es el día y subo por el ascensor. Por un momento, creo que el sueño me vence. Respiro hondo, me voy quitando el impermeable como quien se despoja del polvo del olvido y desciendo en mi piso. Frente a la puerta del departamento, allí está ella, con sus grandes ojos grises que abren todos los cielos y la sonrisa de madreperla perfecta. Nos miramos. Trae un bolso en la mano . Titubea. Quiere hablar pero le cierro la boca con un beso . «No digas nada» -le pido-«ya lo sé». Tomo su bolso y entramos. Desde el ventanal, se la ve tan bella a Buenos Aires, tanto, que dan ganas de quererla, abrazarla, porque sé que a partir de este momento todo será distinto.

El techo desde nuestra cama.

…y que el amanecer nos sorprenda.


Glosario:

cachito: pedacito

subte: metro

placard: armario donde se guarda ropa

turro: persona malvada, deshonesta

piquete: concentración de personas con el fin de obstaculizar la libre circulación

laburo: trabajo

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