El velorio fue corto, asistido por muy poca gente y demasiado silencioso. Nadie lloraba. Generalmente no se escuchan en los cementerios los sollozos de los familiares cuando al que se despide es un anciano de más de ochenta años. Hilda acababa de cumplir noventa y tres. Al ataúd con el cuerpo lo acompañaban su marido Alfredo, la vecina Susana, la nieta Alejandra, la bisnieta Valentina, yo que soy amiga de Alejandra y cuatro hombres vestidos de negro que llevaron el cajón en sus hombros desde la capilla hasta el lugar de sepultura.

-Me preocupa mi abuelo -suspiró Alejandra- Setenta años juntos. Desde aquel día que la abuela se descompuso y la llevaron al hospital, él no duerme por las noches, ni desarma la cama. Dormita en el sillón del cuarto algunas horas durante el día. Le hace falta ella. Antes salía a caminar, escuchaba las noticias, se veía con sus amigos de la quiniela. Desde que Hilda falleció no hace nada. Está todo el tiempo sentado en la silla de su dormitorio mirando por la ventana. No llora ni habla. Cuando le traigo algo para comer, come sin protestar, pero parece que ni registra lo que está comiendo.

-Es duro lo que le está pasando. Primero perdió a su hija, ahora a su mujer. No es fácil. Se siente solo.

-Recuerdo muy bien cuando falleció mamá. El abuelo estuvo recaído y a Hilda no le quedó espacio para sufrir profundamente la pérdida de su hija, tuvo que ponerse fuerte porque si no ahí mismo hubiera perdido a su marido también. Pero abuelo no está solo, nos tiene a nosotras, somos familia.

-Debe reencontrar el sentido. A su edad no es fácil reencontrar sentido. ¿Cuántos años tiene?

-Noventa y seis – Alejandra observó a su abuelo – pero en estos días fácilmente sumó diez años más. Mirá como está, su espalda se dobló como si estuviera llevando kilos y kilos encima.

-No sé en qué se mide la carga emocional, pero que aplasta es evidente.

Después del velorio me quedé en la casa de mi amiga hasta la tarde-noche. La lúgubre tristeza invadía la familia y sabía que era el momento, si una es una verdadera amiga, de estar presente. En la casa hablamos de Hilda y miramos sus fotografías recordando tanto los momentos felices como los tristes. Durante todo ese tiempo Alfredo no salió de su cuarto. Varias veces Alejandra tocó su puerta preguntando si precisaba algo y yo dos veces le llevé té con galletas. Ambas veces lo encontré sentado en una silla frente a la cómoda sobre la cual se encontraban los portarretratos con las fotos de Hilda. Inmóvil y con la mirada fija y dura, Alfredo me parecía más bien una estatua.

A la hora de la cena armamos una mesa en el comedor. Nadie tenía hambre, pero la hija de Alejandra, una criatura de cinco años y Alfredo, que al final nunca se tomó el té que le había llevado, necesitaban comer. Las tres fuimos a su cuarto para animarlo un poco y ayudarlo a caminar hacia el comedor. Cuando entramos lo encontramos en la misma posición, sentado en la silla, con una mirada fija, dura y absolutamente vacía, como si estuviera mirando más allá de los retratos. ¿A dónde miraba? ¿Qué veía? ¿Qué recordaba o con que se perturbaba? ¿Qué sentía?

-Abu… – llamó Alejandra con voz bajita- Abuelito, ¿estás bien? ¿vamos a cenar?

Alfredo parecía no escuchar lo que le decían. No se le movió ningún músculo en la cara y las manos, que habitualmente temblaban, ahora estaban apoyadas tranquilas sobre las rodillas. Con su delgado cuerpo parecía una cuerda estirada al máximo que en cualquier momento iba a romperse. Alejandra me agarró de la mano apretujándola fuertemente. En ese aprieto se introdujo el miedo, la preocupación, la inseguridad y la tristeza. Y en ese momento, la chiquita Valentina se apartó de nosotros y se acercó a su bisabuelo. Le tocó el hombro y sin esperar que respondiera se subió a sus rodillas. Al subir se acomodó acurrucándose y tratando de abrazar a Alfredo con sus cortitos y gorditos brazos para no caer. Pero se deslizaba y entonces volvía a intentar. Al final logró acomodarse bien y se quedo quietita con la cabeza apoyada sobre el pecho de su bisabuelo.

Las manos del anciano se movieron. Los dedos recuperaron su habitual temblor. Las apartó de sus rodillas y abrazó a la niña con mucho cuidado, como si estuviera abrazando algo demasiado frágil. Inclinó su cabeza y hundió tiernamente su arrugado rostro en los finitos y suaves pelos de la niña. En el cuarto reinaba un profundo silencio y solo un leve sacudir de los hombros del anciano señalaba que Alfredo estaba llorando.

Salí del cuarto sin interrumpir el silencio. Fue momento preciso para dejarlos solos. Era una familia de tres personas que necesitaban estar juntos en ese cuarto, rodeados por el silencio en el cual nacía el sentido, la energía y la fuerza que, gracias a sus lazos, permitía poder seguir viviendo.

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