La caja de los recuerdos

La caja de los recuerdos

Apalabrar

20/02/2020

Recordar el pasado, a veces, puede ser terapéutico; nos ayuda a llenar vacíos, a reinterpretar situaciones que, analizadas, con la relatividad del tiempo, nos permiten perdonar y perdonarnos.

No fui consciente de esto hasta que, por el azar, un concurso de escritura propuso un relato de familia. Ese mismo día desempolvé los álbumes y busqué por los armarios y trateros los recuerdos olvidados, para recrearme en ellos.

Y heme aquí, sin historia que contar, pero cargada de nostalgia, con los ojos desbordados y bombardeada por los recuerdos. En la mesa se mezclan las fotografías de tres generaciones y las películas imposibles de visualizar que tomó mi padre con la cámara de superocho.

¿Cómo ordenar una vida? ¿Dónde van las esperanzas rotas, las alegrías desmesuradas, el miedo, dónde poner la frustración, el amor, la pérdida, y …dónde la soledad?

Lo que estás leyendo no es un relato, no es lo que me piden, no tiene planteamiento, nudo, ni desenlace …. o quizás sí?

El concurso me animó a llenar las lagunas de mis recuerdos y llamé a mi madre para preguntarle por las fotografías de su padre.

Las buscaré, me dijo. Ven cuando quieras.

De mi abuelo Alfonso apenas tengo recuerdos porque cuando volvió de Rusia yo sólo tenía 6 años. Los mismos seis años que tenía mi madre cuando él tuvo que huir, después de la guerra, por ser comunista. Mi abuelo quería ir a Sudamérica, aunque el barco en el que pudo subir lo llevó en sentido contrario. Después de una ausencia de treinta años sólo permaneció dos meses con nosotros. Tuvo que volver para arreglar los papeles que le permitieran quedarse definitivamente y lo único que vino fue una carta con la fotografía de su nicho y la noticia de su muerte.

El recuerdo más temprano que tengo fue del día que volvió. Toda la familia fue a esperarlo a la estación, venía en el correo, de madrugada. Lo recuerdo porque esa noche a mi hermano y a mí nos dejaron con la señora Pilar, una vecina de mi abuela a la que apenas conocíamos. La mujer era muy cariñosa, pero yo tenía mucho miedo por si mis padres tardaban tanto en regresar a por nosotros, como había tardado mi abuelo en volver a ver a su hija.

Cuando llegué a casa de mi madre la vi dormida en su sillón, la desperté con un beso.

En el armario de mi habitación, al fondo, hay una caja, tráela, me dijo, es la caja de los recuerdos.

Dudé sobre la conveniencia de ir a por aquella caja, porque que la última vez que mi madre la abrió estuvo varios días triste, perdió el sueño y hasta le subió la tensión. Allí atesora recuerdos de su hermana misionera que falleció en Santo Domingo, fotografías de cuando era niña, cartas, la poesía del día de la madre que yo le escribí, hasta las gafas de sol que se compró en el viaje de novios, trozos del pasado que evocan su vida entera.

Estuvimos toda la tarde viendo el contenido de aquella caja de cartón, mientras, mi madre me iba narrando la historia de aquella noche en la que llegó mi abuelo y los días que le sucedieron.

Es curioso cómo la mente tiende a recordar los sucesos más tristes, las situaciones que no resolvimos, los hechos que nos frustraron, las cosas que no dijimos o las que hubiéramos dicho de otra manera.

Esa tarde a mi madre no le subió la tensión. Yo creo que fue porque recordó conmigo y es que, a cierta edad, los recuerdos son un arma de doble filo y precisan de la maestría de un cirujano, para no desangrarse en lágrimas.

Este fin de semana hemos vuelto de nuevo a hablar del pasado. Le he propuesto ser memoria viva, de la vida de mi abuela, su madre. Le ha entusiasmado la idea. Grabaré su voz relatándome su historia

Recordaremos a los que ya no están, perdonándonos por todo aquello que no les dijimos. Beberemos de las fuentes de su infancia, olvidando el olvido

Y reviviremos la historia, pero juntas

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