Lo he pensado mucho, ya he tomado la decisión. Lo haré solo.

Quise hacerlo con ella, luchar para que la familia, esta familia tan castigada, tuviera continuidad. Pero ya no me escuchaba, mis palabras rellenaban el silencio, ya había decidido que se iría de mí. Le expliqué todo varias veces. No comprendió que mi familia era lo más importante. Mis primos habían muerto, toda la responsabilidad caía en mí. No entendió, no quiso hacerlo, se asustó, creyó que estaba loco. No sé.

Parecían tan lejanos aquellos tiempos, tendría entonces 11 años, ellos 12 y 13. Nuestras tres madres nos esperaban cada tarde sentadas en torno a la chimenea, el fuego crepitante, los bizcochos tibios, la casa caliente, la sonrisa perfecta, viéndonos llegar de la escuela, los primos y yo.

Nuestros tres padres trabajaban hasta el anochecer bajo la conducción férrea y segura de mi abuelo.Los cuatro llegaban juntos del trabajo, nuestro abuelo nos daba una palmada en la cabeza —nunca un beso— mientras decía lo mucho que habían trabajado sus tres hijos, y que lo hacían cada día —nunca lo olvidemos— para hacer grande a esta familia.

Así cada día, menos los domingos, los que todos juntos íbamos a llevarle una flor de nuestro jardín a la abuela, la primera en morirse.

Luego fue el abuelo. Muríó un domingo de otoño, cuando yo tenía 17. Lo pusieron junto a la abuela. El domingo siguiente recogimos dos flores de nuestro jardín.

Nuestros tres padres continuaron con el trabajo. La familia era lo primero, nuestro futuro y nuestro bienestar y nuestra educación y nuestras costumbres permanecerían inalterables aún sin el abuelo, todo seguiría igual.

Así fue. Por un tiempo casi ni se notó la ausencia del abuelo, la semana llena de trabajo y estudio, el domingo, la visita con dos flores, descanso y reflexión.

Pero una noche muy calurosa, el silencio habitual se interrumpió. La madre de mi primo mayor, mi tía mayor, casada con mi tío mayor, discutió con su esposo, no sé por qué. Estaban en el jardín, alzando la voz y con gestos ampulosos —algo que jamás habíamos visto— Mi padre nos mandó a todos a la cama, no quería que viésemos semejante espectáculo. Y salió a hablar con ellos.

Por la mañana mi padre nos explicó que la ruptura del orden genera situaciones descontroladas. Eso había pasado por la noche. Lamentablemente el exceso de tensión hizo que la tía muriese así, de golpe. Desolado, el tío mayor entró en una gran depresión, que sin su esposa —decía— no podría resistir. Y así fue. Dos días después se murió.

El primo mayor reemplazó al tío mayor en el trabajo. Mi madre y mi tía mediana debieron multiplicar sus esfuerzos en las tareas hogareñas, y mi primo mediano y yo quedamos desconcertados. Las tardes no eran tan apacibles, hubo reproches en el trabajo y en la casa, el aroma a bizcocho comenzó a desaparecer… Pero los domingos seguíamos recogiendo flores, ahora cuatro.

Una tarde muy lluviosa de un domingo de otoño sorpresivamente la tía mediana quiso salir de casa; mi padre insistió que no, que la tormenta iría a peor. Ella salió igual, dijo que necesitaba aire fresco —o eso entendí— y el tío mediano entonces la siguió.

Ya avanzada la noche, salimos a buscarlos. La tormenta había pasado. Habían caído al río, se habían ahogado. Ambos estaban muertos.

Mi padre nos explicó que es muy malo cambiar las costumbres, ya que se pierde el orden y pasan cosas no previstas. Los primos y yo le dimos la razón.

Mi padre quedó al mando. Los tres primos a trabajar, bajo su férrea y segura conducción.

Mi madre a cargo de todas —todas— las tareas de la casa.

Mi padre nos reunió un domingo de primavera, después de recoger las seis flores del jardín, y antes de la visita familiar. Nos dijo que ya éramos mayores, y que debíamos pensar en la continuidad de esta familia, y que quería que le diésemos una gran alegría a los abuelos y a los tíos muertos, así que —nos dijo— ahora que les haríamos la visita dominical, les anunciásemos nuestros planes.

Como nosotros no sabíamos que planes teníamos, él mismo nos los explicó. Dijo que nunca debemos apartarnos de los planes que nos han trazado, así todo siempre saldría bien.

Ya avanzado el invierno mi madre cayó enferma. Tanto trabajo, tanto frío, tanta angustia, agotaron sus fuerzas. Murió en un sillón, la encontramos así al volver de trabajar.

Mi padre —visiblemente enfadado— salió corriendo de la casa, no sé hacia donde. Gritaba que ella no debía haberlo hecho, que se lo advirtió, que él no se lo había permitido, y muchas cosas más que no entendí y que, a medida que se alejaba, no pude escuchar.

Tres días tardamos en encontrarlo. Las balas de algún cazador furtivo acabaron con él, no era buena idea ir de noche por el bosque con aquel abrigo de piel de lobo.

Ni los primos ni yo supimos qué hacer.

Sin plan, ni orden, ni costumbres, cortamos ocho flores y —aunque no era domingo— visitamos a la familia en busca de respuestas. No las encontramos. La desesperación de un futuro incierto nos hizo discutir, reprocharnos, insultarnos, agredirnos. Se nos fue de las manos. Sin control, fuimos un Caín y dos Abel. Lo siento —mucho— fui el más fuerte por la familia.

Y ahora ella estaba aquí. Horrorizada, no me escuchaba, mis palabras rellenaban el silencio, ya había decidido que se iría de mí. Le expliqué todo varias veces. No comprendía que mi familia era lo más importante.

Mis primos habían muerto, toda la responsabilidad caía en mí. No entendió, no quiso hacerlo, se asustó, creyó que estaba loco. No sé.

La próxima vez no cortará conmigo las diez flores, ni me acompañará a llevarlas. Lo haré solo.

Entraré en cada habitación, besaré sus frentes, dejaré cada flor en sus regazos, como cada domingo de toda mi vida.

La próxima vez deberé cortar once flores. Y lo haré solo.

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