No quiero quedarme dormido

No quiero quedarme dormido

Wenceslao Rijavec

08/12/2018

Son las cuatro de la madrugada y no puedo conciliar el sueño, en un rato salimos para mar del plata (costa atlántica Argentina) y la inminencia del viaje me excita y me desvela. Creo que no soy el único que sigue despierto en la casa, la tele en la habitación de mi hermana, que está al lado, sigue encendida y sé que está despierta porque escucho que hace zaping. Mis padres seguramente duermen pero no tengo la certeza porque su habitación está apartada. Doy vueltas en la cama. Me entusiasma pensar qué es lo primero que voy a hacer cuando vea el mar; dejarme envolver por las olas con su vaivén impasible, enterrarme en la arena, rodar por los médanos y, cuando salga del radar de mis padres, dar rienda suelta a mis fechorías amparado en la embriagadora impunidad de una etapa dorada que, aunque ahora lo ignore, voy a añorar para siempre. La vida recién comienza. No quiero quedarme dormido.

Ya casi amanece y los pájaros, conscientes de encarnar a las criaturas más libres del universo, empiezan a cantar alegremente. Escucho ruidos en la casa y parece que alguien se aproxima a mi puerta. Salto de la cama. Mientras espero que el agua de la ducha tome temperatura, escucho a mis padres que terminan de empacar. Ahora estamos en la ruta. A mitad de camino vamos a desayunar en el mítico parador Atalaya en chascomus; después de dos horas y media de viaje estirar las piernas, ir al baño y comer medialunas calentitas se vuelve una oferta indeclinable, digna de una escena de El padrino.

El auto va muy rápido pero estoy acostumbrado, supongo que a mi viejo también lo excita el viaje, tal vez sean dos horas finalmente hasta el parador. Vamos escuchando los Creedence, no entiendo la letra porque está en inglés pero mi inocente intuición me dice que el autor, abrazado a la melancolía, le habla a una persona que ya ni lo registra. Mi mamá va en el asiento del acompañante, supo manejar en otros tiempos pero al quedar embarazada (no recuerdo si de mi hermana o de mí) empezó a tener miedo del tráfico y después no retomó nunca más. Mi hermana dormita al lado mío ante la imposibilidad de hacer zaping. Yo resisto estoico. No quiero quedarme dormido.

La ruta está muy transitada y, además de coches, van camiones. Ahora veo campo de los dos lados y me deleito con su aroma inconfundible, en el trajín de la ciudad olvidamos la nobleza del aire libre. Cuando me canso de mirar el paisaje trato de encontrar mis iniciales en las patentes de los coches que, compulsivamente, sobrepasamos. El auto sigue yendo muy rápido pero ya estoy acostumbrado. Busco los ojos de mi viejo en el espejo retrovisor pero se interponen sus Ray Ban oscuros. Vuelvo a las patentes para comprobar que mis iniciales en el registro del automotor no son muy populares.

El velocímetro se clavó en ciento setenta. Hay mucho olor a nafta. Escucho otros autos que frenan pero no puedo ver nada ¿alguno tendrá mis iniciales? Casi no puedo moverme. Espero que mi hermana al lado mío siga dormitando. Busco a mi viejo pero no lo encuentro y empiezo a llamar a mi madre. Creo que soy el único que sigue despierto porque nadie me responde, me duele la cabeza y ahora sí el sueño me vence. La vida recién comienza. No quiero quedarme dormido.

FIN

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