-¡Apurate que no llegamos!- gritó Tutú asomándose a la puerta de la pieza

-Es que no me decido… ¡no me gusta nada de lo que tengo!– protestó Isabel mientras probaba frente al espejo las pocas combinaciones que le permitía su escaso vestuario.

– ¿Qué problema hay? ¡Si acá nadie te conoce! ¡Dale, que así estás bien, Audrey Hepburn!- se burló Tutú mientras arrastraba a su amiga por el pasillo oscuro de la pensión rumbo a los planes que había tramado durante toda la semana.

Los zapatos nuevos, que «no lucen como en la plaza del pueblo», les impedían avanzar. Trotaban pesadamente en el mismo lugar mientras veían con desesperación como se alejaba el tranvía. También se iban sus ilusiones, la única diversión del fin de semana: el encuentro con sus amigas, el permiso para soñar en la oscuridad plateada con que suene un teléfono blanco, que sea ÉL quien llame y bajar corriendo la escalera de mármol sin que duelan los zapatos…

-¿Adónde van, chicas?- la voz del hermano de Tutú resonó a sus espaldas.

-¡Y encima este pesado…!- pensó Isabel y dijo, casi con furia– Mirá Tutú, hoy no estoy dispuesta a…

Un enorme par de ojos negros la interrogaban, la interceptaban, la interponían, la interrumpían.

-Te presento a Manuel – dijo alguien

-Encantado– dijeron los ojos negros quitándose el sombrero con la sonrisa número tres.

Manuel había ensayado muchas poses. Sobre la cama se iban desmayando sus trajes, uno sobre otro, una y otra vez. Ninguno le parecía el adecuado. Las chicas de la ciudad sabrían de moda, ¡sin duda!

– ¿Querés ir a Atlanta?, hoy toca D´Arienzo (la invitación de su amigo, imposible de rechazar) pero metele que tenemos que tomar el trole de las ocho. ¡No sabés qué minas que hay! La que va siempre es mi amiga la Elsa. ¿Te dije que es actriz, no? Sale en la última de Torre Nilson… Ya le hablé de vos, te la voy a presentar, ¡así que esmerate!

Elsa sonreía tímidamente, miraba el reloj y volvía a clavar la mirada en el vaso de cerveza. Los muchachos que la reconocían, de lejos, no se animaban a sacarla a bailar. Y su amigo que no llegaba…

-Elsita, ¿qué hace Usted por acá? No imaginé que le gustara el tango…- «Atilio Mentasti. Productor», decía la tarjeta- ¿Me permite que le haga compañía?… ¡Mozo!, traiga champán.

Elsita hizo varias películas. Bajó muchas escaleras blancas como los teléfonos blancos que descolgó siempre en un primer plano de ojos asustados. Ojos empañados porque nunca llegó a conocer a Manuel.

– Los tuyos son más lindos– susurró Manuel. En la penumbra gris, Isabel le sonreía y era, más que nunca, Audrey Hepburn. Las manos unidas acariciaban las nueve lunas de su panza.

– ¿Y si le ponemos Marcela?

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