Tenía una camisa azul celeste que usaba para estar en casa, con un bolsillo sobre el corazón donde guardaba los cigarros y las cartas importantes en los juegos de las tardes, era de poliéster y es la camisa con la que lo recuerdo cada vez que lo nombro. También tenía una camiseta de algodón con un dinosaurio manejando una moto, con esa me quedé cuando él se fue.

Mi asiento para comer era siempre al lado suyo, mojábamos el pan en café y luego lo pasábamos por queso blanco rallado, veía como bañaba las caraotas de azúcar y yo, con la cara arrugada le decía que no lo hiciera, era un juego entre nosotros, como también lo era que apoyara su cabeza en mi hombro y pretendiera dormir y roncar para que lo despertara. Hay mil cosas de mi infancia que cambiaría, pero haberlo tenido a él enseñándome todo lo que yo le preguntara es un tesoro que aún conservo.

Era malhumorado y cascarrabias, contestaba fuerte y tenía la voz profunda, pero era amoroso y racional, aplicaba lógica sobre cosas que por lo general se daban por sentado y tenía un humor negro exquisito, hilaba muy fino para decir cosas graciosas y era muy inteligente, la persona más inteligente que he conocido, tanto que cuando estudio y hablo quiero que lo que diga suene a él y lleve su firma. Su inglés era impecable, musical, perfecto y esta cualidad lo hizo tener un puesto privilegiado dentro de las Fuerzas Armadas, yo también me aproveché de eso y saqué lo más que pude de su segunda lengua.

Era puntual y preciso en sus aseveraciones, me decía que no viera televisión porque eso embrutece, que dedicara mis ratos libres a leer, a cultivar el intelecto y el primer libro que leí me lo dio él: El relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, aún hoy que ya han pasado treinta años de eso sigue siendo uno de mis libros favoritos, de ahí pasé a El Principito y Alicia en el País de las Maravillas con su aprobación. Cuando cayó el Muro de Berlín, me dijo: «esto tienes que verlo, se está haciendo historia», me contó qué era el muro y las razones de su caída, la importancia de ese evento para el mundo y la fortuna de que hayan coincidido Ronald Reagan y Mikhail Gorbachev en ese crucial momento.

Protestaba porque mis primas y yo hacíamos mucho ruido, pero siempre tenía una palabra graciosa para decirnos, a todas nos puso un apodo y no éramos las únicas porque al niño de la vecina lo llamaba Carusso por sus llantos estruendosos, al nieto de otra vecina lo llamaba Darwin porque según él era el eslabón perdido, es cruel lo sé, pero era un humor muy fino, muy bien elaborado.

Decía que había tres San Luis en la historia (buscando en Google me di cuenta de que hay ocho): San Luis Gonzaga, San Luis IX de Francia y San Luis de La Pastora, o sea él; oriundo de La Pastora en Caracas, de cuando era la ciudad de los techos rojos y del carruaje de Isidoro; era fanático de Los Tiburones de La Guaira, de Los Yankees de Nueva York, del Brasil de Pelé y no le gustaba el mar, decía que “era mucha agua para un solo hombre”. El día que lo enterramos, Brasil se coronó tetracampeón del mundo en fútbol, la gente celebraba en las calles y sé que él también celebró.

Y no, no fue un santo y ni siquiera creo que haya sido católico por convicción, pero fue el mejor abuelo que pude haber tenido, el más brillante, el más amoroso, el más crítico. Y no importa cuanto tiempo haya transcurrido desde que pasó a otro plano, no hay día que no piense en él y cada recuerdo va cargado con todo mi amor, mi respeto y mi admiración a Luis, el de La Pastora.

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