una gallina con muchos huevos

una gallina con muchos huevos

Era muy temprano, aún estaba oscuro, afuera de la casa, hacia la derecha, casi en la esquina de la cuadra, estaban dos muchachos esperando a su patrón para ir a cortar caña ya que la zafra había comenzado. Estaban contentos platicando, hasta que sobre la calle empedrada se oyeron las pisadas de un caballo, que presuroso daba la vuelta en la esquina para meterse a la casa. Con el jinete arriba, hicieron retumbar las viejas losas de ladrillo que cubría el piso. Quien entraba así, era el marido de María de Jesús, apodado el Mudo.

—¡Ahí llegó tu padrastro, Domingo!, creo que bien borracho, doña Chuy, tu mamá, se va a enojar, tan contenta que estaba hace rato cuando nos dio de desayunar.

—Si pues…¡méndigo Mudo desgraciado!, nomás viene a fregar a mi madre…Vete, “áhi” te alcanzo.

Los otros hijos, también del Mudo, ya estaban despiertos y contentos desayunaban para ir a la escuela. Él Mudo soltó al animal en el patio de la casa. María de Jesús estaba haciendo tortillas.

— ¡Ya llegó este desgraciado! solo falta que venga borracho y quiera pelear, pero por si las dudas, me voy a acercar el balde de fierro.

Pensando en ello, sigilosamente escondió el balde detrás de ella. El Marido casi siempre llegaba a estas horas de la madrugada, solo cuando perdía en la baraja llegaba más temprano; pero ahora venía con lo huaraches puestos y unas botas en el hombro colgadas con un mecate, señal de que alguien había perdido todo. El hijo más chico lo tenía dormido en una hamaca hecha de ixtle, cuidándolo siempre, ya que desde que nació estaba enfermo, solo aceptaba la leche de burra, la leche materna la rechazó desde un principio, por los corajes de la madre, según el médico que venía de un pueblo vecino a atender enfermos. El Mudo, apoyándose con una mano en una pequeña barda, casi se dejó caer en una silla.

—¿Quihubole?-Le dijo, ya sentado y recargado en la pequeña barda. Hubo un momento de silencio. El volvió a preguntar.

—¿Éste escuincle qué…?

Ella, al ver que se estaba metiendo con el niño, molesta dejó de tortear y con las manos en jarras le contesta.

—- ¿Qué de qué…?

¿Pos, cuando se va a aliviar?, ¡»áhi» nomás está, que ni se alivia ni se muere!

— ¿Y a ti que te importa, borracho?, ni siquiera fuiste bueno para conseguir la burra para ordeñarla y darle de comer, ¿a ver? ¿Dónde está el dinero que te dieron por el puerco que me robaste? Yo lo crié para venderlo y comprarle sus medicinas porque mañana viene el médico.

— ¡Ese médico no sirve para nada!, ¡y éste mocoso cursiento de todas maneras se va a morir!, ya ni le hagas la lucha.

La madre, ya muy enojada, le gritó.

—¡Mira cabrón, mejor cállate! y lárgate a tu casa a enverijarte con tu madre que me tiene harta con sus amenazas.

En ese momento entró Domingo, viéndolo borracho se dio valor para hacerlo enojar.

—¡Ora tú borracho mantenido! ¿Por qué no te vas a tu casa, a darle lata a tu madre?

El muchacho, de baja estatura, siempre lo provocaba, pero atento para no ser atrapado. El Mudo, de «patas largas» y alto, viendo que la situación no le favorecía, optó por irse. Pausadamente se quiso levantar, halándose de los mecates de la hamaca donde estaba el niño dormido.

— ¡Jesús, María y José!, ¡me vas a tirar al muchacho! ¡espérate!

— ¡Me vale madre!, por mí ¡que se muera!

El Mudo sin ponerse de pie totalmente, trató de tirarle una patada sin atinarle, trastabillando y malhumorado todavía dice.

—¡Pinche muchacho cagado!

Rápidamente María de Jesús tomó el balde antes de que se levantara , mas con coraje que con fuerza, se lo dejó caer varias veces en la cabeza. El Mudo, por el golpe y por lo borracho, cayó al suelo. Ya caído le dio otros tres baldazos y solamente porque le salió sangre, dejó de pegarle. Asustada le gritó a su hijo.

—¿¡Domingo!?, corre, ve por los muchachos y vámonos, apúrate porque creo que ya lo maté.

El muchacho se inclinó y lo examinó.

—¡Que se va a morir, madre!, acuérdese que “yerba” mala nunca muere.

Domingo, después de darle otras tres patadas, se hincó y lo bolseó sacándole todo el dinero que traía.

—¡Mire madre! ahora le fue bien al Mudo, ¿Nos los llevamos?

–Sí, “tráitelos”, es de la venta de mi puerco que se llevó en la tarde para venderlo, pero apúrate, porque si no se murió, así nos va a ir cuando despierte, vámonos lo más lejos que se pueda, donde no vuelva a verlo nunca jamás.

— No madre, este cabrón, si no está muerto, ya no despierta hasta mañana, hasta que salga el sol. Si de por si es muy “huevón”, con estos baldazos que usted le dio, menos se levanta, pero ojalá y se muera. ¡Hay Madre!, desde cuando lo hubiera hecho, hasta que le corrió sangre por las venas.


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