Entre cuatro paredes

Entre cuatro paredes

Agustina

24/07/2023

En una tarde cualquiera de junio, Andrea, una Madre soltera de 35 años, se preparaba para hacer las compras par hacer pan casero, el favorito de su hija Sara.

-Hija- gritó desde la cocina- baja que tenemos que ir al súper.

-No tengo ganas de ir- dijo Sara,  desde su habitación -puedo quedarme sola en casa?- se animó a preguntar después de un breve silencio, aunque siempre obtenía la misma respuesta.

-Ya sabes que no- explicó su madre subiendo las escaleras- sos muy chica para quedarte sola en casa.

– Ey! Con ocho años puedo quedarme sola – miro con un poco de enojo a su madre que entraba en la habitación, además -siguio argumentando – no vas a tardar mucho y si pasa algo, está la vecina al lado.

Bueno- comenzó a decir Andrea pensativa – está bien, pero solo por esta vez.

-Gracias mamá!- Exclamó feliz – te prometo que me voy a portar muy bien.

Después de darle todas las indicaciones necesarias, Andrea bajo hasta la cocina, agarro las llaves del auto y se fue.

A pocas cuadras del supermercado se percató que había olvidado su billetera y rápidamente agarró el camino de vuelta a casa

– Amor, me olvidé la billetera- gritó Andrea entrando en la cocina, pero no obtuvo respuesta.

-Amor?-Preguntó después de un largo silencio.

cinco, diez, quince segundos, nada.

-Sara?- continuó diciendo mientras subía las escaleras.

-Sara? Porque no me respondes- preguntó confundida entrando en su habitación. Estaba su cama, sus libros, muñecas y ropa pero ella no se encontraba allí.

-Hija!- gritó Andrea, empezando a preocuparse.

-Hija! Donde estas? -Preguntó en voz alta y al obtener más silencio como respuesta, pensó podría estar jugando a las escondidas.

-Esta bien- dijo después de unos segundos- listos o no, allá voy!

Busco en el baño, el jardín, el comedor, el living e incluso, en el sótano pero seguía sin aparecer.

-De acuerdo, tu ganas! -Gritó Andrea desde el comedor riéndose, aunque lo que menos tenía era ganas de reírse -Sara! Ya terminamos de jugar, tu ganaste! Repitió.

Espero unos segundos y al ver que no aparecía por ningún lado, el mundo se detuvo por un momento.

Donde estás? Preguntó en voz baja, estaba empezando a marearse de los nervios y el aire cada vez se tornaba más pesado.

Salio corriendo hacia el jardín delantero, tal vez estaba jugando allí, fue pero tampoco la encontró.

Fue hasta la vereda, estaba aturdida, desconcertada, todo parecía irreal, esas cosas solo pasaban en las películas. Miro a su alrededor, pasaron un montón de personas pero ninguna era su hija.

Estaba a punto de tener un ataque de nervios hasta que recordó que Silvia, su madre, vivía a pocas casas de allí, pensó que podía haberse ido con ella.

Con la poca fuerza que le quedaba, entro a la casa, agarró su teléfono y la llamó.

-Mama, Sara está contigo?- Preguntó con una sensación de angustia muy notoria en su voz.

hija… -dijo Silvia suspirando

no la encuentro- la interrumpió Andrea- la deje sola en casa por unos segundos y…

Hija- repitió su madre al otro lado del teléfono 

-¿Qué pasa mamá? –

-sara murió hace tres años- susurró con la voz entre cortada 

¿Qué?- preguntó Andrea confundida.

-Sara murió hace tres años, en un accidente de auto- repitió su madre- No te acuerdas? ¿Tomaste las pastillas? Insinuó con un notorio grado de preocupación.

-«Sara murió hace tres años, Sara murió hace tres años»-repetía en voz baja al otro lado del teléfono.

-Estas bien? Preguntó Silvia con el mismo tono- Quedate donde estas y ahora voy para tu casa – fue lo último que escucho Andrea antes de que suene el pitido que marcaba el final de la llamada.

Al llegar, Silvia se encontró con una casa totalmente destruida, las cosas fuera de lugar, platos sucios que parecían no haberse lavado por semanas y polvo por todos lados.

Encontro a su hija sentada en el suelo, repitiendo las mismas palabras que escucho antes de colgar el teléfono «Sara murió hace tres años».

-Estas bien mi amor? – Preguntó su mamá levantándola del piso. 

-De verdad se fue?- Preguntó Andrea desconcertada, no podía creerlo porque para ella, dentro de las cuatro paredes de su casa, Sara seguía riendo, jugando y con ella, dentro de esas cuatro paredes, Sara seguía con vida.

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