De lo irreal al cielo

De lo irreal al cielo

La bicicleta ha amanecido con la rueda pinchada y mi comadre de gimnasia se ha pasado la noche vomitando. Por eso estoy escribiendo un domingo por la mañana un cuento de mierda que yo llamo investigación. Escribo sobre mi sentido especial, un sentido que detecta la temperatura que emiten los actores en la pantalla. No sabría explicarlo, simplemente sé que Harrison Ford es de los tipos más calurosos del cine y que Clint Eastwood tiene los pies fríos. Está testado científicamente. Hace unos años leí que Calista Flockhart se quejaba de que dormir con Harrison Ford era como abrigarse con una manta paduana.

Lo que pasa es que hasta hace un año yo no sabía muy bien para qué serviría ese don porque hace un año yo era un paquete y como a tal me trataba. Detuvo el coche y sin aparcar ni intentarlo siquiera, me expulsó del vehículo, y me dijo, ahí te quedas. En realidad no dijo nada, solo que eso, ahí te quedas, es lo que yo escuché dentro de mi cabeza.

Hasta que el paquete se rebeló. Se rebeló gracias a ellas, a las comadres. Cada viernes sin falta desde hace siete meses me ponen tratamiento para que no vuelva a ser nunca más una cosa. Un día tenemos que esperar a  María. Y, mientras, me llaman por zoom y es él, no el del paquete, sino el poeta. Te has pintado los labios, me dice, estás guapa.

No acabo de acostumbrarme a ver a la gente en la pantalla. Me extraña tanto que cuando me topé ayer con mi comadre bailarina me dieron unas ganas locas de abrazarla. Es real, mi amiga, es de carne y hueso y ha perdido mucha carne y como a mí, le duelen los huesos. Tiemblo al pensar cuando le vea a él, con su camisa de rayas y los pantalones bien planchados, porque ha sido del hombre de la pantalla del que me he enamorado, un tipo con poca ropa y mal afeitado. Vestido con una camisa clásica se me va a hacer vulgar, uno del montón. Una vez se dispuso a tomar la siesta cuando íbamos a terminar la conversación. Se despidió con la melena sin peinar sobre la almohada y yo no me lo quitaba de la cabeza. Me salvó la reunión de teletrabajo. No me pagan casi nada por mi trabajo, pero me deja mucho tiempo libre y por eso me he propuesto investigar el concepto «trabajar». Trabajar es también lo que me hacen en mi cuerpo, en las sesiones de fisioterapia. Ayer por ejemplo tuve una mala experiencia con la masajista y luego además en la clínica me metieron el especulito. Regresé dolorida a mi casa donde me siento segura con mis sesiones de zoom y mi poeta que se conecta directamente en pelotas. No quiero imaginármelo con sus olores y la piel caliente en las nalgas. Se lo tengo que comentar a mis comadres. Puede que me receten un buen ventilador o una crema hidratante bien aromatizada.

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