BESOS DE PELICULA: El beso de la traición

BESOS DE PELICULA: El beso de la traición

Ginebra miraba por la ventana de su habitación a los Caballeros ejercitando. Su esposo, el rey Arturo está al frente dirigiéndolos, robusto, firme, entregado a su deber. Siempre el deber. Lo observaba con su gesto adusto de gran jefe, el rey justo lo llamaban, el leal, el incorruptible. El rey que priorizaba su reino de Camelot y a sus Caballeros, pero que no atendia a su mujer, ni cumplia sus obligaciones maritales.

Recordaba su llegada a Camelot para su boda, colmada de ilusiones, de ansias de jovencita enamorada. Pero aquellas nunca se cumplieron, ya que para su esposo ella significaba la imagen de rey perfecto. El matrimonio era lo que le daba legitimidad a su leyenda, ella como mujer era totalmente ignorada.

Mientras sufría en silencio, en la soledad del castillo, se sentía presa del abandono. El rey dormía en sus aposentos y prescindía de ella y sus caricias. Sentía cómo su cuerpo se marchitaba al igual que sus esperanzas, hasta que un día llegó un caballero que llamó su atención: el valiente Lancelot. Cuando sus ojos se cruzaron hubo una conexión que la embrujó, y sintió por primera vez mariposas en su vientre, y un fuego que crecía en su interior ante esa mirada profunda y sensual.

Ginebra comenzó a sonreír, a arreglarse con flores y vestidos de bellas telas, para seducir a ese galán. Para ella era un juego inocente de ser reconocida como mujer. Era una joven bella, alta, de largas piernas y seductoras curvas. Su larga cabellera rojiza caía graciosamente sobre su espalda adornada de flores. Su rostro era el de una hechicera, perfecto, precioso y sensual, como toda ella, y su voz, su voz enloquecería a cualquiera que no fuera tan indiferente como su marido.

Provocó un encuentro casual en el establo, y con audacia juvenil le tocó la mano, para luego salir huyendo. Luego esperó al Caballero en la pradera, simulando una caída para que la cargara en sus brazos. Él muy turbado la llevó hasta la recámara de la joven reina, y allí la depositó. Le besó una mano y se fue.

La reina lo soñaba por las noches, y lo buscaba de día, pero no lo encontraba. Creía que iba a desfallecer de tanta pasión acumulada. Su cuerpo al fin había despertado y no quería volver a dormirse. Lo necesitaba. Todo su ser clamaba por Lancelot, por sus fuertes brazos, por su mirada de fuego.

Golpearon a su puerta, entró su enamorado. Le dijo que se iría, que no podía traicionar a su señor. Que la amaba pero era un amor imposible. Ginebra le pidió un beso,  y sus bocas se besaron con el ardor y la pasión del saber que sería el primero y último. Sus bocas se atrajeron con la fuerza de un imán. Sus brazos se prendieron uno del otro y sus manos se acariciaban con ansias, con frenesí, mientras el beso se hacía eterno.  El único beso que habría entre ellos. El beso de la traición.-

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