LA VIDA ETERNA EN UN BESO

LA VIDA ETERNA EN UN BESO

aure

15/01/2021

LA VIDA ETERNA EN UN BESO

Aún recuerdo aquella frase: «He viajado océanos de tiempo para encontrarte». Tendría unos quince años cuando vi aquella película de “Drácula”, la del Coppola. Un nuevo Nosferatu de terror que me dejó estremecida. Fue la primera vez que asistí a una auténtica escena de amor carnal y que me dejó alucinada. Me daba vergüenza reconocer que me había excitado, especialmente aquel beso de sangre que condenó a la vida eterna a Winona Ryder. Me costó asumir que me había gustado el mordisco en el cuello; tanto me entusiasmó, que no comprendí por qué la gente del cine se tapaba los ojos para no verlo. Esa maravillosa escena de deseo, y escuchar el ruido que hace el bocado en su cuello, para alojar en él el virus del pecado y vivir una eternidad… ¡Es tan sensual!… Va mucho más allá del sexo… Me trastornó. Mirar en la pantalla al Gary Oldman como interpretaba al Príncipe de las Tinieblas ¡tan seductor!, me provocaba un gustoso apetito de deseos. Aquel ambiente barroco de la película me deslumbró. Se desató en mí un anhelo por lo prohibido; un deseo malsano. La codicia por obtener la vida eterna en un beso.

Cuando por primera vez me abrió la puerta de su mansión, me asaltó la duda de si estaba bien aquello. Se quedó delante de mí esperando a que pasara. Sentí que me faltaba oxígeno. A pesar de los nervios me acerqué a él. Era incapaz de apartarme de su mirada. No me atreví a tocarle, quizá por timidez. Me espantaba la idea de un posible rechazo. Tomó mi mano y la acercó a su boca. La besó y sentí una corriente eléctrica correr por todo mi cuerpo. Entonces besé su boca entreabierta con todo el deseo acumulado y contenido, pasándole mi alma mezclada con nuestro aliento. Con los labios temblorosos le dije: ¡Ámame! Y volví a besarle otra vez. Entre penumbras me abrazó con fuerza. Con sus dedos adornados de anillos entretejió mi pelo. Después todo fue indefinible. Me tomó en brazos y recostada en su pecho tibio subimos las escaleras hacia su dormitorio.

Permanecí inmóvil mientras me quitaba con sumo cuidado las prendas que me envolvían. Quedé desconcertada ante algunos accidentes de su anatomía. Embelesada jugué con aquello tan grande y que poseía vida propia. Sonreía continuamente, le gustaba jugar. Tendidos sobre la cama, hechos un lío, nos deshicimos en abrazos, besos y caricias. Manipulaba mi cuerpo con estudiados movimientos. La habitación se convirtió en un santuario donde el sentir se desbordaba de placer. En la cama los dos y en el cielo la luna. Con solo su boca fue recorriendo la senda de mis venas.

—Descuartízame a bocados y cada uno de mis pedazos te servirán de alimento. —le dije susurrando al sentir su escalofrío.

©2020 aurelio garcía

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