Un picorete

Un picorete

Roberto

04/02/2021


Estábamos tomados de las manos y no podía controlar mis nervios en la oscuridad del ropero, los segundos parecían eternos dentro de aquel mueble de caoba de mi abuela, el que a veces fungió como escondite de algún juego y esa vez era refugio.

Según recuerdo era temporada de vacaciones, Doña Isidra y Chila llegaron a nuestra casa muy de mañana; días antes la señora había hablado con mi madre para que su hija ayudara en mi casa con las tareas domésticas.

–Aquí se la traigo. –Refiriéndose a su hija.

–Y tú, no me hagas quedar mal con la Doña. –Dijo a Chila, mientras daba un pequeño tirón a esa trenza que le llegaba a la cintura.

Sin decir nada más, se dio media vuelta y se marchó. La señora era buena gente, pero eso no le quitaba lo mal encarada; bueno, así la veía yo.

No entendía porque una niña y más siendo mi amiga, viniera a mi casa para hacer la limpieza; por explicación mi madre se limitó a decir que era para que aprendiera, y punto. Chila le decíamos de cariño, pero su nombre de pila era Isidra como su mamá: de grandes ojos, tez morena, dos años mayor que yo, pero en estatura ni hablar. Todos los días compartíamos nuestros juegos callejeros, sin más límite de tiempo que el que marcaba su madre para que entrara a su casa, ansioso esperaba esos momentos para verla, mi secreto era que me gustaba y sabía a la burla que me exponía si alguien se enterara.

Vivíamos en una casona antigua, de techos altos, con vigas de madera y no faltaba alguna telaraña que había que retirar con un plumero de mango largo, pero hasta eso servía para entretenernos; las habitaciones estaban todas alineadas, la tercera la hacíamos nuestra para jugar; a mis hermanos o a mí nunca nos faltó imaginación para improvisar juegos por horas; ese día cuando Chila terminó las tareas encomendadas, se unió a nosotros.

Javier, dos años menor, y María Elena, me llevaba tres años, y era quién proponía a que jugar; no recuerdo si fue castigo de algún juego o simple ocurrencia de ella; el caso es que Chila y yo debíamos darnos un beso en la boca; solo pensarlo me cambio el color, además de prohibido, exponía mi secreto; de seguro mi hermana lo intuía, además ella era persistente hasta lograr sus ocurrencias, en aquella ocasión no fue la excepción, y como mi pretexto era la vergüenza de que nos vieran besándonos, encontró de inmediato la solución en el ropero de mi abuela.

–Aquí ni quién los vea. –Dijo, mientras abría las puertas del mueble.

Así fue; entramos, y mi hermana lo cerró; en ese silencio y oscuridad, apenas se filtraba un filo de luz entre las puertas, quedamos pegaditos, y al sentir su respiración, mi corazón empezó a martillar; ella tomó mis manos temblorosas, acerco su boca a la mía y nos dimos aquel inocente e inolvidable beso de piquito.

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