HASTA DONDE NOS LLEVE EL CAMINO.

HASTA DONDE NOS LLEVE EL CAMINO.

Michelle Yazar

20/04/2021

Durante cuarenta y cinco años, Don Guillermo ha andado con su compañera Nubia María Trujillo de Galindo, siempre tomados de la mano. En aquel parque que, por mucho, había sido el lugar de sus encuentros, estaban en compañía de Esteban: aquel nieto que estaba distante para no incomodar. Estos dos personajes marcaron una historia, siendo recordados por sus hijos, nietos, demás familiares y amigos.

“La dama”, como Don Guillermo le decía de cariño, se sienta con él en una de las sillas del sitio, sacando de una bolsa un poco de alimento para las aves que inmediatamente estas les rodean. Con sus manos un poco temblorosas, Guillermo saca un poco más de alimento, ella lo mira sonriente.

—¿Te acuerdas querido cuando éramos jóvenes? —Pregunta Nubia.

—Si mi dama, ¡cómo me encantaba estar a las orillas del rio!… A ti te encantaba mojarme —Exclama Guillermo, mientras miran las aves.

El anciano extiende su mano derecha, y toma la de Nubia, mientras ella le dice:

—Pero ya no somos esos muchachitos… —Exclama la anciana.

Él con un suspiro mira a su esposa y le dice:

—pero sabes mi dama, te sigo amando. Como cuando te vi con ese cabello largo y rubio. —La pareja sonríe.

Esteban pasea su mascota, mientras doña Nubia le arregla el saco a su marido, ya que hace un poco de frio, más estos paseos eran como doctrina a esa cierta hora.

—Querida, cuando miro a nuestros hijos que son todos unos hombres y a nuestras hijas, me lleno de orgullo.

—Si querido, nuestros nietos son buenos chicos como Esteban.

—Y ahora que alguno de los dos tenga que partir… ¿Quién será el primero?

—Pero descansaremos —le contesta muy calmada la anciana mientras le hace unas cuantas palmadas a su mano y le añade—: estaremos para siempre, allá en el cielo.

—Y Yo te seguiré amando, mi dama.

—Lo sé querido.

—Mira todo el camino recorrido y aun el que resta, pero mi dama, cada momento contigo será como el primero.

—Me acuerdo señor gruñón cuando fuiste a pedir la mano a mis padres —lo dice la dama en una tierna carcajada y prosigue con el recuerdo—: estabas con el traje negro y los nervios se sentían.

—Si mi dama, fue una noche dura… En lo único que pensaba era que tus padres me dieran permiso para verte, pero lo que me daba fuerzas era que ante mi estaba la mujer más dulce y adorable.

—Yo estaba impresionada con la mirada de mi padre puesta en ti, y mi madre sonreía, como si supiera que yo iba ser feliz. ¡Cuánto te amo mi cascarrabias! — Ella acomoda su cabeza sobre su regazo, quedando el par de ancianos pensando.

—Pero no siempre fue alegría o ¿no recuerdas la partida inesperada de nuestra hijita María?

Don Guillermo hace la connotación, mientras de su rostro comienza a caer lágrimas. Doña nubia acaricia su rostro un poco y luego le pregunta:

—Querido ¿qué pasa?

—¿Te imaginas cuando nuestros recuerdos se vayan desvaneciendo?

—Lo sé querido, cuando se llega a esta edad todo cambia: como caminar más lento o que alguno de nuestros nietos nos den los alimentos, pero sabes, demos gracias al Creador que aún estamos aquí y que nuestras vidas son una bendición.

—Mi dama, nuestras vidas no fueron en vano, y ahora nuestros hijos siguen nuestro legado junto a los nietos… Pero… en el caso que llegara aquel día en el que no me acordara más de ti, he escrito en un cuaderno los momentos especiales, y que no me gustaría que ellos leyeran.

—Tú como siempre tienes los detalles… —Le expresa doña Nubia.

—¿¡Como están los abuelos más lindos!? —Les pregunta Esteban en un tono de voz muy dulce.

—hijito, estábamos recordando cuando tu abuelo era el chico guapo que pude conocer. — le contesta la abuela Nubia.

Esteban se inclina un poco y mira a sus abuelos. Nota el amor entre ellos que es aun en su tiempo de invierno, un amor que se mantiene.

—Saben abuelos, me gustaría que al tener yo la edad de ustedes, fuera feliz como ustedes lo son. —Hijito, para esto se requiere tiempo y paciencia. No todo fue fácil para nosotros, ya que tuvimos muchos errores, pero la base que nos sirvió para mantenernos fue el respeto y la confianza.

—¡Por que tu era un buen abogado y yo la mejor maestra! — recalca Nubia.

—Si, mis padres me cuentan que ustedes se esforzaron para que ellos fueran buenas personas, sobre todo mi tío Pablo.

—Él era un joven muy rebelde y siempre estaba dando problemas, pero era nuestro hijo. — Contesta Guillermo.

—Abuelos, ¿cómo se hace para lograr lo que ustedes hicieron?,

—Hijito, nada en la vida es fácil, se requiere esfuerzo y querer.

Esteban se queda un poco pensativo, mirando con ternura a sus abuelos.

Guillermo, de ojos azules (cansados, pero con ganas de vivir) era en su tiempo: alto, de cabello rojizo. Todo lo que adquirió fue con su duro trabajo. Le gustaban las motos, más su pasatiempo mayor fue tocar el violín.

Nubia, una abuela consentidora (y un poco malgeniada) es una grande mujer. En su pueblo ayudo a muchos niños de las veredas, recorriendo largas distancias para dar clases.

El tiempo que duran en el lugar, es para recordar y ello es el tesoro más grande que tenían.

Entre tanto que Esteban se sentaba a los pies de estos grandes personajes de la vida, siguen las historias.

—¿Deseas saber sobre el nacimiento de tu madre?

—Si abuelo.

Eran ya las muchas ocasiones que ellos habían relatado la misma historia, y la misma que el joven había escuchado en innumerables veces. Sin embargo, ni para el como para ellos, no era agotador; siempre se sentía como si fuera la primera vez contada.

—Sabes hijito, que estos pañales que usamos nos abrigan bien las nalgas. Pero lo que no me gusta es cuando la fuente se abre y tengo que andar con esta carga.

—Lo mismo me pasa a mí querido —dice Nubia.

—¿Recuerdas Nubia el día que nació Carlos? ¡Que niño tan hermoso! —Sigue apuntando el anciano.

Esteban se coloca de pie, y su abuela le hace una petición que, para él es extraña:

—Hijito queremos comer helado.

—Abuela hace frio.

—Pero hijo, quiero un helado.

—Bueno abuela, entonces buscaré al señor que vende. ¡Ya vuelvo!

—¡Como ha crecido el niño! — expresa Nubia.

La pareja mira un poco a las personas que pasan por el lugar, algunos los conocen así que los ancianos son muy saludados. Nubia con vos baja le pregunta a Guillermo:

—¿Y quien es ese hombre?

—No sé querida.

Esteban llega, trayendo ricos conos. Ellos los toman con cuidado y Nubia le pregunta a esteban:

—hijito, ¿sabes quién es ese hombre que nos saludó?

—si abuela, es el señor Juan.

—pero hijito ¿Cuál juan?

—abuela el de la tienda.

—¡ah! no lo conozco —le responde Nubia, mientras sigue comiendo helado.

Esteban los mira con atención, pensando: “pero si lo conocen, él es buen amigo de papá, y cuantas veces ha estado en casa”. El joven molesto aprovecha para molestar un poco con su mascota.

—Chiquito, ¿cómo lo llamas? —pregunta Nubia.

Entre los recuerdos que parecen desaparecer, son el tesoro que muchas veces les han compartido a su familia, y a lo que muchos le llamarían “achaques por la vejez”. Nubia es consciente de lo que pasa, y es este temor (el olvidar y ser olvidada por su familia) lo que la conmueve. Guillermo le reitera a su amada señora que ellos nunca desaparecerán de los corazones de sus hijos y nietos, porque lo ellos sembraron es muy difícil de desvanecer.

Se acerca Esteban y les dice:

—abuelos, tenemos que irnos.

—hijo espera… —Y saca de su billetera (un poco desgastada), unas fotos.

—¡Mira!, estos son tus padres cuando eran tan solo unos niños.

Esteban observa la foto una vez más, aun cuando su abuelo se la había enseñado tantas veces pero la calma y el amor por sus abuelos es grande que no toma en cuenta tales sucesos, así es como el joven las toma y dice:

—si abuelo, son fantásticas

—mira, aquí tengo la de tu abuela… ¡Es linda!

—sí, mi abuela es hermosa.

—¿qué dices hijo? ¡habla un poco más fuerte! —le manifestó Guillermo a Esteban.

—¡abuelo!, que mi abuelita es hermosa.

—sí —, y besa Guillermo la mano de Nubia, —aquí tengo también, la foto de la primera casa que compramos con nuestros ahorros. — Y las guarda nuevamente.

Pasan no muchos minutos, cuando don Guillermo hacía referencia de sus amigos, y lo mucho que los amaba. Al instante, don Guillermo sonríe al saludar.

—¡Hola señor Ramiro! ¿cómo está usted?

—Bien joven Guillermo. ¡Qué bueno encontrarlos!

—Si mi estimado Ramiro, estamos tomando un poco de aire… Pero siéntese. — Y se corren un poco los esposos.

La enfermera que acompaña a Ramiro, entabla conversación con Esteban; su edad aproximaba a unos cuarenta y cinco años. Entre tanto que Ramiro les pregunta cómo están ellos, la pareja habla de sus dificultades físicas, en especial, la de Guillermo con su problema de rodillas.

—El doctor le ha dicho a mi hijo que caminar unos minutos nos ayudaría.

La enfermera se acerca a la banca donde están los ancianos, y le coloca una manta a don Ramiro.

— ¿Recuerdas cuando en nuestro pueblo tú eras la maestra y ayudábamos con mi difunta esposa?

—¿Tu esposa murió?

—Si, ¿no recuerdas que tu ayudaste a cargar el cajón Guillermo?

—Um… Tienes razón, fue muy dura tu perdida.

Nubia al ver la melancolía con la que Ramiro hablaba le dice:

—lo sentimos.

—¡gracias! ¿Cuándo será que volveremos a jugar ajedrez? La última vez te gane.

—si lo recuerdo, y fue porque tenía que ir al baño, ¡pero la próxima te ganaré! —exclama don Ramiro, y luego le dice a su enfermera —: ¡Estelita! a cuerdéame cuando cumpla vente años, para que mis amigos estén.

—si don Ramiro, pero usted cumple ochenta y tres…

—¡qué mal estas!, soy yo el que cumple veinticuatro —añade Guillermo.

—¡no señor!, cumples cuarenta —dice Nubia.

—abuelo usted cumple ochenta y nueve. —le dice Esteban.

—¿está seguro hijo?

—sí y mi abuela setenta…

—¡Hum! ¡qué viejos estamos! —y se ríen todos.

El clima es favorable, para tomar una bebida caliente.

—¡Cuántas historias! ¡cuántos momentos!, y ver partir a nuestros seres amados, pero cuando nos toque sabremos que descansaremos contentos.

—Si tienes razón Guillermo. Amigo, y si no nos volvemos a ver sepan que ustedes son mis mejores amigos.

—Y tú también Ramiro.

—La vida nos ha tratado bien, gracias a DIOS.

—Si, mi estimada Nubia.

—Bueno, es hora de irnos —dice Estelita.

—¿No podemos quedarnos un poco más?

—No señor.

—Entonces amigos nos veremos en otro momento.

—Abuelos, tenemos que también partir, no se les olvide la medicina y su programa favorito.

—Bueno hijo. —contesta Nubia.

Esteban les ayuda un poco a incorporasen, mientras Guillermo toma de la mano a su amada compañera y esposa para caminar. La pareja se detiene un poco en ese sendero y en alta voz Guillermo le dice a su dama:

—amor de mi vida, estaré contigo hasta donde nos lleve el camino.

Ella le besa la mano y prosiguen, por que el sol de sus vidas ya se ha ocultado.

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