Con buen pie

Con buen pie

Sofía72

23/03/2021

Olía a mar y las olas abrazaban la orilla suavemente. Alberto estaba reposando debajo de la sombrilla cuando su nieto pequeño, aún empapado, se acercó a él y le señaló su pie derecho.

− ¿Qué te pasó en el pie abuelo? − él recordó el momento de su adolescencia en que estaba tumbado en su cama mientras el médico, fuera del dormitorio, hablaba con su madre y con su tía. La puerta entreabierta le permitía contemplar la escena. El médico era un señor enchaquetado que había venido expresamente de la ciudad al pueblo para hacer la visita. El hombre sostenía el sombrero en la mano mientras su cara, enrojecida, acompañaba sus palabras de desasosiego.

Con sus 67 años cumplidos, Alberto caminaba con torpeza. Ya había venido a este dermatólogo muchas veces. Acudía con más o menos frecuencia para su tratamiento de las manchas, verrugas y demás protuberancias que le habían aparecido en lo alto de su cabeza, desprovista de pelo y expuesta al sol andaluz desde hacía mucho tiempo. Pero esta vez le traía otro motivo a su consulta, un fuerte dolor e inflamación en su pie derecho. El aspecto externo tampoco era el habitual, con rojez generalizada.

Apenas podía oír lo que se decía fuera del dormitorio. Notaba muchísimo dolor en el pie, aunque habían pasado varias horas desde el suceso. El pie tenía un aspecto deplorable que subía hasta el tobillo, todo enjuto y chuchurrido. Había ese olorcillo a chasca mezclado con un olor a chamusquina que le asustaba sobremanera; su madre había colocado hacía un rato el brasero debajo de la cama.

Aquella mañana hacía un frío exagerado. Había cogido un poco de petróleo para encender la chimenea y al retirarse ¡zas! se le derramó en el pie, que prendió al momento como una hoguera. Miró a su alrededor en busca de algo con lo que apagarlo y se tiró encima lo único que tenía a mano, el contenido de un orinal…

Por fin, el dermatólogo llamó a Alberto por su nombre y primer apellido. Con cierta dificultad y ayudado por su esposa, entró en la sala que tan bien conocía. Junto a la ventana se podía apreciar la camilla, y al otro lado la mesa del doctor con su silloncito y las dos sillas opuestas a él. Se respiraba ese olor característico a desinfectante, aunque estuvieran en el área de consultas, ese olor que tanto le desagradaba después de todas las intervenciones por las que había pasado en su vida.

La madre y la tía se miraron preocupadas. El médico se puso su sombrero y la madre le acompañó hasta la salida de la morada. Era una casa de pueblo malagueño, con las paredes encaladas deslumbrantes bajo el sol.

El dermatólogo miró las pruebas con atención. − Hay que intervenir − dijo. Alberto y su mujer se miraron a los ojos con aire inquieto.

La madre y la tía leyeron con escepticismo lo que el médico había escrito en la receta. Había que recoger una serie de plantas para preparar una especie de ungüento y aplicarlo en la zona afectada. Nada de medicamentos y mucha paciencia, había dicho el doctor con el sombrero en la mano. Solo este tratamiento podría evitar un final desastroso para su pie. El doctor nunca volvió a visitarle.

La madre se volvió hacia la tía y le explicó que no era capaz ni de mirar, que le daba repelús. ¿Cómo iba a hacer con las curas? Ella ya se mareaba solo viéndolo y creía que iba desmayarse a lo más mínimo, así que la tía la tranquilizó: ella misma se haría cargo.

-Hay algo en el pie que tenemos que extraer. No sabemos si es un tumor, no lo sabremos hasta que lo abramos- confirmó el dermatólogo después de analizar los informes. -Sea lo que sea hay que quitarlo inmediatamente, ya tiene el tamaño de una pinza de tender la ropa-. Alberto y su mujer cogieron preocupados la prescripción, se despidieron del especialista y se marcharon a su casa.

Él comprendió porqué le dolía tanto. Lo único que temía era que algo saliera mal, puesto que ese pie ya estaba bastante maltrecho como para someterlo a una operación. Le habían aclarado que existía la posibilidad de que tuvieran que amputárselo.

Sus gritos se oían en la casa de al lado, a pesar de los gruesos muros que tenían en aquella época las casas del pueblo. La tía esparcía despacio y con suavidad el ungüento por el pie y el tobillo, después de haber retirado las vendas, y procedía de nuevo a cubrir la zona dañada. Había pasado un mes, pero aún no estaba curado. Su padre y su madre tenían dudas sobre si podría volver a caminar normalmente, el médico no se había pronunciado al respecto. Que no sabía, había dicho. Tal era el alcance de la quemadura.

Habían pasado unos días y estaba nervioso como un niño, a pesar de la pastilla que le habían hecho tragar. Tumbado en la cama vio cómo se le aproximaba el cirujano; éste le puso la mano en el brazo y a continuación le dijo algunas palabras tranquilizadoras.

Cuando despertó no notó nada en su pie y se asustó. Su mujer se acercó a él en la estrecha habitación. − Son solo unas pocas grapas lo que te pusieron. Habrá que esperar al resultado de la biopsia… − Respiró aliviado, por un momento había pensado que ya no tenía pie.

El cirujano entró por la puerta. Era alto y tenía una espesa barba. − Es un tofo gotoso − afirmó. Alberto y su mujer abrieron los ojos con asombro, sin saber a lo que se refería. − Es una estructura que se origina por la concentración de ácido úrico en los pies, usted ha tenido gota anteriormente, claro. Lo hemos quitado y habrá que esperar al resultado de las pruebas… − continuó el cirujano.

Poco consciente de la gravedad de su situación, pasaba las largas horas de su convalecencia leyendo novelas. Su tía le traía obras de todo tipo, de aventuras, policíacas, etcétera. Se bebía las palabras como si de un dulce brebaje se tratara. Su vecinita del pueblo dos años más joven había dejado de venir a verle porque él insistía en que era su novia. Pero muchas otras personas, además de su familia, pasaron por su habitación en la casa de sus padres durante aquellos meses en que vivió recluido. Eran otros aldeanos como ellos, todos conocidos, ya que se trataba de una población muy pequeña. Echaba de menos vagar por sus calles y capturar a los gatos para cortarles la cola, acción por la que ningún gato del pueblo conservaba dicha parte del cuerpo. También echaba de menos bajar al río a pescar y oír la incesante musiquilla que hace el agua cuando corre.

Alberto recibió la tan esperada carta un largo día de verano, soleado y caluroso. En la carta ponía “Resultado negativo”. Buenas noticias. Pero él aún sentía mucho dolor al apoyar el pie derecho en el suelo y echaba mucho de menos darse sus paseos de jubilado por el barrio, saludar a los conocidos con los que solía cruzarse por la calle y disfrutar del buen tiempo.

Los padres se sentaron en la mesa redonda del comedor. Era una estancia sencilla en la que se oía el tic tac incesante de un reloj. Había pasado casi un año desde el accidente. El padre se dirigió a la madre con semblante serio. − No podrá trabajar en el campo con el pie así, apenas puede caminar todavía. Deberíamos pensar en otro futuro para él, quizás hacer el esfuerzo de enviarlo a estudiar a la ciudad… − La madre asintió con la cabeza y le miró entristecida.

Alberto fue el único de los hermanos que pudo ir a la ciudad a estudiar después de terminar la escuela. Ayudado por su bastón recorría las calles empedradas hasta la academia donde recibía las clases. Su pie había mejorado mucho, pero unas hondas cicatrices lo dejarían marcado de por vida, en todos los sentidos. Algún tiempo más tarde pudo deshacerse de la ayuda del bastón y hasta fue capaz de hacer el servicio militar.

En la ciudad se reencontró con María, su vecina de la niñez, y quedó deslumbrado por su belleza adulta. Empezó a frecuentarla con los amigos comunes y un día la invitó a salir. María recordaba los gritos de aquel chaval que vivía al lado de su casa del pueblo, pero ahora tenía delante a un hombre hecho y derecho con un buen futuro por delante, así que no se negó. Tampoco tenía tantas posibilidades. Al menos él era alguien conocido y parecía un hombre bueno y trabajador. El amor llegó después.

Era cabezota y tenía una gran fuerza de voluntad. El mismo tesón que le ayudó a volver a caminar le ayudó también a prosperar en la gran ciudad. Pero durante toda su vida, cada noche cuando se desvestía, se quitaba los calcetines y veía aquella horrible cicatriz que le había cambiado la vida, recordaba sus humildes orígenes y pensaba en cómo había tenido la suerte de llegar hasta allí.

Una nueva cicatriz iba a surcar su pie derecho. La recuperación debía pasar por frecuentes curas. El pobre pasaba bastante dolor, pero esperaba con paciencia el momento en que se le curara la herida. Eso llegó unos días después, pero las molestias le acompañaron durante varios meses. Era como si la historia se repitiera, otra vez en reposo, otra vez reaprendiendo a caminar, otra vez refugiado en la lectura y en la compañía de las visitas, otra vez teniendo fe en que todo saliera bien.

Alberto acarició el pelo mojado de su nieto y le dijo: − Me quemé el pie − El niño le miró con extrañeza y él afirmó con entusiasmo: − Pero ¡ya no me molesta! − El niño asintió con la cabeza, se dio media vuelta y corrió hacia su hermano que jugaba con una pelota de playa. Alberto sonrió, se levantó de la silla y caminó hasta la orilla del mar para darse un baño. Una vez que las olas alcanzaron sus pies, contempló de nuevo su pie derecho, su tobillo acariciado por el agua del mar, y se sintió feliz.

Acababan de regresar de la playa y los nietos hicieron su visita semanal a Alberto y María. En su casa olía a romero quemado, ese olor que los niños recordarían durante mucho tiempo asociado a la casa de sus abuelos. Acompañó a su hija y a los niños al parque infantil que había detrás del edificio donde vivía desde hacía muchos años. − Es un milagro − se dirigió a su hija mientras los pequeños se lanzaban por el tobogán. − El pie ha respondido una vez más y ha quedado bien, ¡menos mal! − respiró aliviado. La hija le dio un dulce beso en la mejilla bronceada por el sol y continuó vigilando a los chiquillos que ahora corrían uno detrás del otro. Se volvió hacia su padre y le dijo: − A eso le llamo yo empezar con buen pie, y seguir con buen pie… −

                                                                    FIN

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