En un cuarto de hotel

En un cuarto de hotel

Dario Lobos

14/03/2021

EN UN CUARTO DE HOTEL

El viejito Isidro preparó el mate amargo y a paso lento, apoyado en un precario y casero bastón, se sentó en la única silla del pequeño cuarto que alquilaba en un hotel de muy baja categoría en un cuarto piso desde que le remataron su casa por las deudas contraídas hacía un par de años atrás.

La luz era tan solo por la tenue llama de una vela a cada instante más derretida, acomodó los papeles que tenía en una mesita de tres patas.

Su modesta jubilación ni siquiera le alcanzaba para los gastos mínimos, había suspendido hasta los remedios que eran indispensables para tener cierta calidad de vida.

Isidro era un hombre mayor y con ciertos problemas de salud y esa edad ya no podía repartir diarios como lo hizo durante décadas sin faltar ni un solo día, ni las heladas invernales, ni los calores húmedos de la gran capital de Buenos Aires fueron freno para él.

Tardó años en juntar dinero y poder comprar una casita en la periferia de la Capital Federal, pero al jubilarse los ingresos decayeron y ya no pudo mantenerla y un día se la remataron.

Tomó la lapicera y comenzó a transitar por la blanca hoja que lo invitaba a una narración, toda la vida se la dedicó al trabajo de diariero y a su gran vocación: la literatura, le apasionaba escribir cuentos y nóvelas, editó algunas como “Una cita de amor “romántica,” El caballero desventurado” ciencia ficción y “Crónicas al desnudo”, policial, entre otras pero ninguna trascendió la mediocridad, y no lograron el éxito pretendido por Isidro.

Sobre una repisa se depositaban varios libros de distintos géneros que cotidianamente leía, la vejez se le vino encima de golpe y él sentía el ocaso muy cerca, su angustia no pasaba por su estado físico sino por no concretar su mayor anhelo que era el reconocimiento, debía escribir el cuento de su vida.

A Isidro no le interesaba el dinero, solo pretendía plasmar una gran obra como lo soñó desde joven; su vida fue la escritura, su amor, su gran pasión, a tal punto que nunca se enamoró, no se casó ni tuvo hijos y ahora que le pesaban los años se sintió frustrado, que lindo haber formado una familia que hoy lo contuviera, pero la vida se le presentó de otra manera.

–Tengo que pensar…tengo que pensar –dijo el poeta mientras le daba un sorbo al mate humeante que le entibiaba el paladar.

Varias boletas impagas suspendían de un clavo en la pared, entre ellas la de la luz que se la habían cortado el mes pasado por orden del encargado del hotel, Isidro en su desvelo escribía, de vez en cuando meneaba la cabeza negativamente y tachaba párrafos enteros, al rato el cesto de basura estaba repleto de bollos de papel.

Para colmo de males, la editorial que se había comprometido a llamarlo no lo hacía, y si lo hizo, el poeta ni se enteró porque también el teléfono estaba cortado por facturas impagas.

Con el ceño fruncido hizo un último bollo de su hoja de papel, guardó la lapicera -tal vez mañana las musas me acompañen –pensó Isidro

Su cena fueron esos matecitos y un poco de pan de la semana anterior, los fines de semana una vecina solidaria le regalaba pastas, pero por ser miércoles no habría comida sabrosa; se quitó los zapatos, sopló la vela, dejó el bastón en el piso y muy lentamente se dirigió al ventanal, miró hacia abajo y tanto los autos como las personas se vieron tan diminutos como su esperanza, abrió los postigos abovedados de madera despintada y musgosa para que los rayitos de la luna aliviaran su penumbra vistiendo de plateado la habitación y no pudo impedir que una solitaria lágrima surcara su arrugado rostro.

Deslizándose silencioso se dirigió a su cama y se recostó con la vista clavada al techo sucio de hollín pensando con mucha culpa en Rabito, su perro negro con la colita cortada a quien dejó a la buena de Dios cuando le remataron la casa, no había día que no recordara a su fiel compañero durante varios años y en la vejez de ambos lo ha abandonado ¿Qué habrá sido de la vida de Rabito?, ¿cómo habrá sido su muerte? O andará por ahí mendigando un poco de comida, lo último que supo de Rabito fue que se había escapado del refugio donde Isidro lo había entregado con todo el dolor en el alma, se consideraba un hombre duro, pero el día de la despedida con su fiel amigo no pudo contener el llanto; a eso de las tres de la mañana el viejo poeta luego de pensar y pensar en el próximo cuento se quedó dormido.

***

Estaba Isidro frente a la multitud que lo ovacionaba de pie, el recinto de Bellas Artes estaba colmado en su totalidad, su cuento: Rabito y el viejo poeta habían ganado el premio Pluma Dorada de literatura, el concurso más importante del país a nivel literario, miles de libros vendidos y un jugoso cheque de varias cifras como para pagar la luz, el gas, el teléfono, el alquiler y comprarse un piso en Avenida Del Libertador, es que allí se encuentran los departamentos de más alta categoría.; las cámaras de televisión lo enfocaban en primer plano mientras firmaba autógrafos, los flashes de las fotografías retrataban su amplia sonrisa, se acomodó la corbata y subió al escenario para dirigirse al atril a recibir su esperado y soñado premio.

Luego de agradecer al jurado y a todos los presentes recito de memoria los últimos párrafos de su libro, un poema:

CON LA RIQUEZA EN EL ALMA

Parado sobre mi sombra

queriendo frenar el tiempo,

cuando la vida me nombra,

se aclaran mis pensamientos.

El reloj sigue su marcha

indiferente a los hechos

y va agregando más años

entre la espalda y el pecho.

Entonces brotan por magia

un montón de sentimientos

y en el arte del pasado

las figuras del recuerdo.

Y al evocar esos años

de mi infancia allá a lo lejos,

corderito de un rebaño

lleno de amores eternos.

Noche de sueños y mares,

de mil puertos y veleros

y al despertar de mañana,

campos, trigales y vientos.

Y casi envuelto en nostalgia

por el paso del recuerdo

quiso brotar una lágrima

recordando aquellos sueños.

El calendario de vida

nos hace hombres y al serlo

queremos volver a niños,

retroceder en el tiempo.

Pero la fiel realidad

nos entrega con sus ecos

las preocupaciones diarias

de un hombre rico en recuerdos.

Hoy que ya pinto canas

en mi escaso y ralo pelo,

tengo llagas en el alma

y en el alma sentimientos.

Una bendición de vida,

el poder llegar a viejo,

un camino recorrido

en la antesala del cielo.

***

Varios golpes en la puerta despertaron al viejo poeta, se levantó lentamente y recogió del piso un sobre, lo abrió esperanzado y recordó el maravilloso sueño, podría ser el día más esperado de su vida, el del reconocimiento, lo leyó lentamente y sus ojos se llenaron de brillo.

–Señor Isidro Laguna tengo el agrado de dirigirme a usted para invitarlo al desalojo por falta de pago en un plazo no mayor de 48 horas. La gerencia.

Isidro apretó fuerte la carta entre sus manos, hizo un bollo y la arrojó con el resto de los papeles en el cesto, volvió a la cama a intentar de conciliar el sueño.

Viernes al mediodía, Elba, la vecina del 4 C acaba de preparar unos apetitosos tallarines caseritos con tuco y como lo hacía todas las semanas armó la vianda para llevársela a su vecino del 4 D Isidro.

Golpeó dos veces la puerta como lo hacía siempre, esperó unos instantes sabiendo de la lentitud de desplazamiento de Isidro, pero al no escuchar ruido alguno volvió a insistir una y otra vez, al ver que no respondía su llamado regresó a su cocina a dejar la vianda, bajó de prisa las escaleras hasta planta baja y se dirigió hasta el departamento de Ignacio, el dueño y a la vez portero del hotel.

–Perdone Ignacio, ¿no ha visto a Isidro? –preguntó Elba.

–No, no lo he visto, pero cuando le llevé la carta comunicándole el desalojo al pasarla bajo su puerta lo oí toser –contestó el dueño.

–Me preocupa, últimamente lo vi muy triste y ya no frecuentaba la plaza como antes y esa tos lo tenía a maltraer pobre Isidro –agregó apenada la vecina.

–Tal vez hice mal en decirle lo del desalojo, pero son las reglas –dijo con cierta culpa Ignacio.

Fue hasta el tablero de llaves y tomó la del 4 D y junto a Elba se dirigieron hasta el departamento, abrió la puerta temerosos, se acercaron ambos hasta la cama y la encontraron prolijamente tendida.

–Mire Ignacio en la mesita hay una nota –dijo Elba y la leyó en voz alta…

Señora Elba: perdone por no despedirme, me voy hacia otros rumbos en busca de mi mejor cuento, gracias por su bondad y preocupación permanente, nunca olvidare sus gestos y sus atenciones, dígale a Ignacio que se quede mis modestas pertenencias, no son muchas, en el ropero le dejé el reloj que me dieron al cumplir cincuenta años como diariero. Lo saluda muy cariñosamente. Isidro. Y también en una cartulina había escrito un poema que entre lágrimas Elba lo leyó emocionada.

RABITO

En mis ratos cuerdos me pregunto,

¿Cómo será mi llegada al cielo?,

¿Me encontraré con tanta gente hermosa?

¿Qué en lo terrenal fueron un huerto?,

de amor sabiduría, amor eterno,

aquellos que sembraron en mi vida

un trigal de hermosos sentimientos,

sobre el campo de mi vida, surcos ciertos,

al partir cosecharé junto a ellos,

semillas y semillas, más semillas

un granero de encuentros y reencuentros.

Y también me pregunto por mi perro

y allí dándome la bienvenida “gigantesco”,

estará Rabito meneando su colita

y ladrando me estará diciendo,

“la amistad no se muere con la muerte

y hoy nos reencontramos en el cielo”. Isidro Laguna

Elba lo buscó durante semanas, visitó los sitios donde Isidro solía frecuentar, fue a plazas, hospitales de toda la capital, busco ayuda en la policía, hizo afiches de búsqueda y nadie supo darle respuestas de su paradero.

La lluvia comenzó a hacerse insostenible hasta tornarse en diluvio, el viejo vagabundo buscó refugio debajo del toldo de una gran librería, caminando dificultosamente con la ayuda de un bastón, acomodó unos cartones y con una frazada agujereada tapó su cuerpo enfermo. Durante el día cuando el tiempo estaba feo buscaba refugio en la estación del subte línea B pero a las diez de la noche debía dejarla porque era la hora del cierre.

Detrás, a sus espaldas, en la gran vidriera ocupando el centro de la misma, hay varios libros con una portada con una foto central muy similar  a la figura del viejo errante junto a un perrito negro con cola cortada y en letras blancas sombreadas el título: RABITO Y EL VIEJO POETA por Isidro Laguna y en letras doradas más pequeñas: Ganador del primer premio Pluma Dorada categoría cuentos.

Cuando la lluvia cesó, un perro callejero se acercó al vagabundo y comenzó a darle lengüetazos en la cara mientras meneaba su rabo cortito.

FIN

Autor Darío Lobos Buenos Aires República Argentina.

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