El último día que te vi recuerdo marcharme sin haberme girado, sin haber vuelto la mirada hacia ti. Y podría intentar justificarme, buscar una excusa por la que no te dije adiós, pero sería totalmente ridículo e innecesario, no valdría en absoluto. Porque ambas sabemos que no hay justificación. No hay excusa.

No pasó ni un mes cuando, siendo ya de noche, recibí aquel extraño mensaje de audio de mamá: «la yaya tiene medio cuerpo fuera de la cama». Así, un mensaje aséptico. La yaya está tirada, literalmente, sobre la cama, y tiene medio cuerpo colgando por fuera, como un muñeco tirado, como un pelele inerte. Y, de repente, todas las escenas del tremendismo y naturalismo literario se quedan pequeñas. Nada puede superar a esa imagen.

Conseguí llegar al día siguiente, recién amanecía, aunque para mí hubiese sido una noche eterna, una noche de más de 72 horas. Y cuando llegué, allí estabas, postrada en la cama, esta vez del hospital, conectada a un respirador, rodeada de cables, de sonidos, de ruidos que no eran tuyos. O tal vez sí. Y estabas dormida, como un ángel, tu pelo grisáceo estaba ligeramente despeinado. Te peiné. Con suavidad, con delicadeza, pasé mis dedos por tu pelo fino, como hacías tú conmigo cuando era pequeña y me peinabas y me hacías una coleta, o una trenza, dependiendo del día. Y te miré a la cara, a tus ojos cerrados, me preguntaba qué estarías soñando, si sería algo bueno, o si sería una pesadilla, porque si lo era allí estaba yo para protegerte, para cobijarte de tus malos sueños, como también habías hecho tú conmigo. Tenías las dos manos juntas, como si estuvieras rezando, y me acordé de cuando me enseñabas a rezar, las dos en la cama, con mi pequeño misal, un padrenuestro, ese era muy fácil, aún me lo sé de memoria; un credo, aunque ese ya era más difícil, y ya sólo me acuerdo del principio. Y te agarré de la mano, esas manos que tantas veces me cogieron, esas manos de largos dedos y uñas perfectas que siempre envidié, esas manos que tantos platos cocinaron, que tantos jerséis, vestidos, pantalones, chaquetas, y tantas piezas de ropa tejieron. Y para mí, cuando era pequeña, y vestía la ropa que tú me hacías, y presumía de ella en el colegio, por llevar ropa única, ropa que nadie más podría tener. Y te tapé, porque hacía frío, porque era ya octubre y el otoño estaba llegando, porque tu frío cuerpo perdía calor, y yo, en un vano intento de mantener esa vida dentro de ti te tapé, te tapé con esa sábana blanca de hospital, esa sábana que a tantas y tantas personas habrá tapado, personas enfermas, que sanaron y que murieron. Y te subí la persiana para que entrara más luz, para que si te tenías que ir no te fueras en la oscuridad, porque sabía que te daba miedo, que dormías siempre con la persiana subida, porque temías cerrar los ojos y no abrirlos nunca más, y el sol del amanecer te aseguraba que seguías viva y te disipaba tus miedos. Y me quedé contigo apurando cada segundo juntas, cada segundo que no supe aprovechar antes, cuando podías oírme, cuando podías hablarme, cuando podías saber que estaba aquí. Porque ahora ya no podías, te estabas yendo, ya no estabas aquí, ni tampoco allí, hacía horas que te estabas marchando, y esta vez para siempre.

Y mientras te cogía de la mano, esa mano que siempre me cogía de pequeña, que me evitó muchas caídas, que me enseñó a andar, me parecía que dormías, tranquila, ajena a todo. Y me alivia saber que no sufrías, al menos no físicamente. Porque sí sufriste físicamente mientras estabas todavía aquí, el dolor en el pecho, el dolor en todo el cuerpo, el dolor de saberte enferma, el dolor de la incomprensión de los que te rodeábamos. Fuimos tan injustos contigo. Minimizando tu dolor. Quiero que sepas que no fue deliberado, que fue por miedo, por el mismo temor que siente una niña pequeña. No podía soportar que te estuvieras yendo, que ya no fueras ese pilar que me sostenía, no podía soportar que ahora tuviese que ser yo tu sostén. No podía soportarlo y no quería creerlo. Solo quería huir, ignorar tus quejidos, tus llantos, porque si no los escuchaba significaba que no estaban pasando, porque si no te veía débil significaba que seguías siendo fuerte, mi yaya fuerte. Porque ante la inminente muerte de nuestros abuelos o nuestros padres todos nos volvemos un poco niños pequeños, solos, desamparados, viendo caer a nuestros pilares básicos. Y me arrepiento, me arrepiento de que mi miedo fuera lo último que pudiste sentir.

Y así, dormida, tranquila, serena, sin hacer ruido, silenciosa como habías sido siempre, te marchaste, sin volver a ver, sin volver a vernos, sin volver a sentirnos. Un último suspiro, un último movimiento antes de irte. Y adiós. Ya no habrá más besos al volver a casa, más abrazos de esos que tú dabas, con amor, con todo lo que tus brazos te permitían; ya no habrá más de esas bromas que gastabas, esas que llevabas repitiendo desde que tengo uso de razón pero que a ti siempre te hacían gracia, ya no volverías a responder que la mesa ya está puesta cuando te decíamos que pusieras la mesa para comer; ya no volverías a mimar las plantas que inundaban cada rincón de la casa, y de las que siempre querías más, con flores, con muchas flores, para verlas florecer en primavera y sentirte la mujer envidiada de la calle; ya no habría más peleas porque terminaras la comida del plato, esa que siempre te costaba comer, cuando competíamos por ver quién terminaba primero y te enfurruñabas si era yo, y mentías diciendo que tú tenías más comida en el plato, y sabías que era mentira, pero era nuestra pequeña broma que siempre sacaba de quicio a mamá; y ya no habrá más largos paseos por casa, esa casa en la que estuviste atrapada los últimos años, después de que el médico nos dijera que deberías hacer el menor esfuerzo posible, y viviendo en un tercero sin ascensor es complicado no hacer un esfuerzo para salir a la calle, así que aquella casa se convirtió en tu pequeña ciudad, aquellas ventanas se convirtieron en tu mirada al mundo y así, «entre visillos», contemplabas una vida que te había sido vedada. Y ya no habrá nada, nada más, no habrá más de tu voz, de tu sonrisa, esa que perdiste al morir el nano, ya no habrá más ojos azules, esos ojos tuyos que tanto detestaste de pequeña pero que yo siempre deseé tener, ya no habrá más de tu silencio, ese en el que hablabas con el nano, con el que mirabas su foto y sonreías, y recordabas su voz y anhelabas estar con él, volver con él. Y ahora, por fin estás con él, y eso es lo que me da consuelo, tranquilidad, lo que me permite seguir adelante. Soy atea, pero siento la necesidad de creer que hay algo más, de que hay un lugar donde estáis juntos, donde el nano te ha estado esperando todos estos años, como si el tiempo no hubiera pasado, y donde podréis recuperar los días no vividos juntos. Tiene que existir, no puede ser de otra manera, tiene que ser así. Necesito creer.

Ahora, después de unos meses, siento la lejanía del recuerdo casi ya borroso e imperceptible, imposible de recuperar. Es curioso como la memoria es capaz de conservar de forma tan nítida aspectos como la voz o el tacto de unas manos, mientras que obnubila con una fina capa de niebla los rostros de nuestros seres queridos, hasta convertirlos en algo menos que un sueño.

No sé qué incomprensibles entresijos se me acumulan en la cabeza, que incluso me imposibilitan la propiedad de la palabra exacta para describir las sensaciones que me dejaste, y que aún todavía intento ordenar y descifrar para comprender tu pérdida.

Busco tus recuerdos, busco tu mirada, vívida y azul, como la recordaba, pero hay algo que no consigo satisfacer, esa sensación de plenitud y de saberte ahí. La materialidad de las fotografías supone un pequeño momento de placer, de quietud exasperada ante el desasosiego de saber que ya no estás. Pero no es suficiente. Busco tus joyas, tus anillos y pendientes. Me los pongo. Me observo con ellos ante el espejo. La leve tranquilidad de saberme cerca de ti no impide que el vacío siga ahí, en el centro, apretando, ahogando.

Ver mis fotografías en tu habitación justo el día que te fuiste supusieron para mí la catarsis que tanto tiempo llevaba acumulando dentro, en el centro. Cuando entré en tu cuarto después de tanto tiempo y vi todas mis fotos sentí que algo se libraba dentro de mí, algo que llevaba tiempo aprisionándome, aplastándome desde lo más profundo. Me di cuenta de que me querías. Incluso más allá de mis incomprensibles devaneos juveniles que me convirtieron en todo aquello que odiamos: despotismo, irascible carácter impregnado de un nihilismo insoportable, falta de paciencia ante tus necesidad de la senectud, desprecio hacia tus formas de cariño, desidia por tu llamadas de atención por la soledad y el ostracismo a las que tu salud te obligaba. A pesar de eso, a pesar de todo, me querías, no habías dejado de hacerlo ni un solo día. Era tu nieta, tu niña, tu ojito derecho, esa pequeña cosita a la que quisiste desde el primer momento en que supiste que ibas a ser abuela, a la que agarraste de la mano para que no se cayera cuando aprendía a andar, a la que acompañaste por primera vez al colegio, a la que abrazabas, a la que hacías reír, a la que cuidaste y protegiste, a la que tanto y tanto me parezco. Y yo no supe verlo, no supe, en definitiva, comprender la importancia de tu presencia.

Ahora ya es tarde. Demasiado tarde. Y pienso en los momentos que perdí, en las conversaciones, en los recuerdos que podía haber generado contigo, en las fotografías que podríamos habernos hecho. Ahora solo me queda recoger las migas de la memoria que intento recomponer como si de un puzzle se tratara. Y siento una punzada en el pecho cada vez que soy consciente de la imposibilidad de volver atrás, de saber los minutos y las horas que perdí en banales cuestiones mientras el tiempo corría en tu contra. Me disculpo pensando que era solo una adolescente, una joven atrapada en una adolescencia tardía, una mujer con ínfulas de una vida adulta a la que todavía le era imposible dormir a oscuras. Pero las disculpas no valen, el perdón llega tarde, como llego siempre que tengo una cita. Tarde siempre, tarde para todo y para todos. Y esta vez no me va a servir mi cara de niña buena, ni mi candidez al hablar. Porque esta vez te has ido para siempre, para no volver.

Y no pretendo dar lecciones de moral, ni de cómo aprovechar el tiempo con nuestros mayores. Nunca fue mi estilo y nunca lo será. Solo busco una expiación para mis propios problemas, para mi propia culpa, que intento aliviar buscando entre tus fotografías, entre los recuerdos que otras personas tienen de ti. Como si pudiera acapararlos, hacerlos míos, apropiarme de ellos y hacerlos pasar por propios.

Y construyo entonces el relato de mi vida contigo, le doy forma, la que yo quiero, la que puedo permitirme. Porque si logro recomponer nuestra historia, la tuya y la mía, no me dolerán tanto los días perdidos. Porque si logro recomponer nuestra historia, podré finalmente soportarla.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS