EL ATLETA DE LAS MANZANAS

EL ATLETA DE LAS MANZANAS

EL ATLETA DE LAS MANZANAS

Sigo vivo, señores.

Si el anciano no puede levantarse

lo harán el deportista y sus dolores.

Me asiré a los postes de la cancha

del terreno, de la pista.

Y haré que mi caída libre

sea de lo más surrealista.

¡Ay, Dolores!,

Fuimos viajeros sin cinturones de un amor a gran calibre,

turistas en la existencia de tan concisa autopista…

— Disculpe, señor, creo que se le ha caído este papel del bolsillo de la chaqueta.

—Gracias, muchacho. ¿Pero por qué estás ahí sentado?, te vas a poner chorreando, dicen que va a apretar. ¿No tienes instituto?

— Bueno…, sí, pero cuando me expulsan vengo a la puerta del súper por si alguien quiere que le cargue la compra a casa. A veces me dan algo de dinero, estoy ahorrando para un patinete.

—Lo que deberías hacer es estudiar más y portarte bien en clase… No. No me hagas caso, chico, lo que deberías es ser una manzana sana, buena persona, nada más. Anda arrímate aquí, bajo el paraguas. Y dime, ¿por qué te han expulsado de clase?

— Es que me flipa el skate callejero y siempre estoy pensando en nuevas técnicas y trucos, ¡no puedo evitar contárselo a mis colegas en cuanto me vienen a la cabeza! ¿Es usted poeta?

—¡Nada de eso, chaval! Yo fui un joven deportista, el primero en ganar una medalla olímpica para mi país. Hay quien me tacha de poeta también, pero estos no saben de que hablan, deberían hacer más deporte, aclarar las ideas.

—¡Que way!, ¿de qué modalidad fue usted olímpico, señor?

—Atletismo, muchacho, el atletismo fue lo mío, pero estas largas piernas me duelen hoy en toda su longitud, un día es el tobillo y otro la rodilla. He hablado con amigachos de mi edad y ellos se sienten mejor…, de las piernas, pero tienen la espalda echa un asco o los pulmones epócicos…, son tantos quienes lo padecen que hemos decidido pluralizar el acrónimo.

—¿También le duele el acrónimo?

—Jajajaja, pues no te voy a decir que no.

—Y su mujer, ¿también fue olímpica?

—Ay, mi pobre Dolores… No, ella no fue olímpica, pero sí muchas otras cosas mejores. Era una manzana de las buenas.

—¿Es que… ha muerto?

—Sí, hijo. Ella murió el año pasado, sin miedo y sin angustias. Empezó a respirar cada vez más despacio, luego cerró los ojos y… Perdona, no deberías estar escuchando las cosas de este viejo.

—No me importa, señor. Sé un poco de esas cosas. Para mi perro yo también era un viejo: él tenía ocho y yo doce. Su muerte fue algo así como la de su mujer, solo que yo le acaricié el lomo hasta que el veterinario confirmó que ya no le latía el corazón: dicen que hasta que no deja de funcionar se dan cuenta de todo.

— La diferencia es que durante los últimos años de mi mujer la memoria le fallaba, si se daba cuenta de algo, no era de este mundo.

—Tampoco creo que Zoko viera el mundo como lo vemos los hombres, al menos no todo, por ejemplo, nosotros usamos los zapatos para caminar y a él le gustaba mordisquearlos; en el campo jamás pedía permiso para meter las patas en el río, ni para comer hierba o revolcarse en cosas asquerosas. Ahora que lo pienso, ¿no le parece que los perros ven el mundo como un niño pequeño que nunca crece?

— Me parece que tienes razón, y que por esa misma causa, la razón, los niños con costumbres de perros acabamos convirtiéndonos en hombres. Mi mujer volvió a ser una niña cuando perdió la razón, esa debió ser su defensa ante una serie de situaciones que fue incapaz de gestionar racionalmente. Yo huí de ello a través atletismo, nunca mejor dicho, pues siempre tuve menos imaginación que Dolores.

— ¿Alguna vez echaron carreras juntos, de jóvenes, me refiero? Lo pregunto porque mi padre es muy bueno al pádel y un día mi madre le retó, desde entonces juegan de vez en cuando. Pero a ella le va más eso del pilates.

—Si te digo la verdad, a mi mujer nunca se le ocurrió hacer atletismo conmigo, decía que ya había corrido lo suyo durante la segunda guerra mundial. Dolores era una cocinera excelente y nunca le faltó trabajo para su oficio. Lo que sí es cierto es que, cuando su cabeza empezó a fallar y me la llevaba al parque a pasear, a veces echaba a correr diciendo que tenía que ir a casa de sus abuelos a hacerles de comer. Irónicamente, yo era incapaz de alcanzarla. Mis rodillas unas veces, otras los tobillos, me obligaban a telefonear a nuestra hija, que pedía permiso en el trabajo y se iba directa a la clínica veterinaria ubicada allí donde antes vivían sus tatarabuelos.

— Si hay una larga escalera con una estupenda baranda de cemento cerca de esa clínica, es la misma a la que yo llevaba a Zoko. Debe echarla mucho de menos…

—La añoro…, incluso aun hago dos listas cuando vengo al supermercado: la de la compra y la lista de la no compra, como ella solía, para poder recordar lo que no debía traer del súper otra vez. Como ella solía… De todas formas, muchacho, no creas que el matrimonio es un manso mar de felicidad, también teníamos nuestros más y nuestros menos, pues los menos son las tempestades que le hacen a uno admirar la belleza de un océano en calma. No obstante, siento que en los últimos años, yo fui un menos en sus pensamientos y ella un plus de motivos en los míos. Por todas las olas y los mares en calma que pasamos juntos, la echo de menos, mucho de menos. Y fíjate, que tras su muerte persiste la ironía, pues tras sesenta años de aguardarme todos los días de la semana en las gradas, con el agua, la manzana y el beso, aún sigue haciéndolo, donde quiera que se encuentre su alma.

— ¿Cómo lo sabe?

— Tiene que serlo, jovencito, si quieres enfrentarte a la guadaña como un valiente, cuando venga a buscarte.

— ¿La guadaña?

Ankou. Los celtas representaban la muerte con este dios: un esqueleto deambulando en un carro tirado por caballos, portando una especie de hoz. Dolores no creía en esas cosas, ella hablaba de una vida eterna a la que había que llegar mejorado. Por eso mi mujer fue una manzana de las buenas.

— A mi perro también le gustaban las manzanas, ¡más que las salchichas! El veterinario decía que era un perro muy peculiar, de echo…, murió a causa de una enfermedad muy rara…

— Seguro que ha sido un animal fuera de lo común. Ambos hemos tenido suerte con nuestros compañeros de vida.

— ¿Sabe?, cada vez que se escapaba, iba al mismo lugar, la pizzería Platinium, ¿la conoce? Y al llegar yo, siempre lo encontraba con una manzana en la boca.

— ¡Vaya! El Platinium fue el último lugar donde trabajó mi Dolores. Sus compañeros fueron quienes se dieron cuenta del comienzo del problema… Un día, el dueño de la pizzería me llamó por teléfono, dijo que la cocina empezaba a suponer un peligro para ella y para todos. Tuve que sentarme tranquilamente con Dolores y hacerle ver que deberíamos dedicar más tiempo a viajar, que habíamos sobrepasado la edad de la jubilación y que ya era hora de hacer otras cosas. Le dije que dejase el empleo, que el dinero hacía tiempo que no era un problema para nosotros, pero ella era una mujer tan fuerte y trabajadora que no fue nada fácil convencerla.

— ¿Cree que sería su mujer quien le daba las manzanas a mi perro?, ¿cuánto tiempo hace que dejó de trabajar en la pizzería?

— Pues hará unos dos años, más o menos.

— ¡Jo!, ¡La última vez que Zoko se escapó fue hace dos! Era mi cumpleaños e invité a varios amigos; alguien debió dejar puerta abierta por descuido. Cuando nos dimos cuenta de que mi perro no estaba en casa, fuimos todos en nuestros patinetes a buscarlo, yo sabía que estaría en la calle de atrás de Platinium, comiéndose tranquilamente su manzana.

—Debió ser muy difícil verle enfermar. Lo siento, chico.

—Yo tenía cuatro años cuando llegó a casa, era como mi hermano pequeño, un hermano que rompe zapatos y se mete en los charcos. Yo le protegía de las regañinas y el periódico de papá y mamá. Lo primero que hizo fue dejar de venir conmigo cuando salía en patinete, luego dejó de ir a la pizzería a por sus manzanas y más tarde dejó de andar. El veterinario le hizo muchísimas pruebas y probaron varios tratamientos diferentes, pero no se pudo hacer nada. Creo que él, al igual que su mujer, tenía algún tipo de enfermedad en la cabeza. ¿Sabe que a los perros también los incineran? Tengo sus cenizas guardadas en casa, yo quiero esparcirlas en un lugar bonito pero mis padres dicen que está prohibido.

—También yo había pensado guardar las cenizas de mi mujer para que, llegado día, se nos esparciera juntos. De momento está conmigo en el salón. El caso es que, ahora, empiezo a dudar si no sería que mi Dolores se escapaba a la clínica veterinaria por si tu Zoko estaba allí, con la excusa de tener que hacerle la comida a sus abuelos. Irónico, de nuevo, que esas burbujas de la memoria sean más lógicas que lo sensato. ¡Uf!, otro calambre en la rodilla. Es curioso, sesenta años conviviendo y tengo la impresión de que no llegué a conocer a la persona de la que estamos hablando. ¿Sabes?, ella nunca mencionó nada sobre adoptar un perro, aunque sé que le gustaban, y visto está que también ella le caía bien a ellos. Parece que tenemos algunas cosas en común, chico.

—Ojalá, un día, yo también consiga una medalla olímpica. ¿Sabía usted que han incluido el Skateboard en las olimpiadas?

— Sí, y me alegro mucho por ti, pero recuerda que los estudios tampoco están de más, muchacho. Yo me retiré de la alta competición a los treinta y nueve años, quizás a ti te parezca una edad lejana, pero con suerte, a uno le queda mucha vida después de ese número.

— ¿Y pudo vivir hasta ahora con lo que ganó con el deporte?

— ¡Uy, que va, amiguito! Pero, verás: yo me había dejado otra buena carrera atrás, la de derecho, y eso me abrió muchas puertas dónde elegir. Si te soy sincero, no me gustaba nada la abogacía, pero cuando me di cuenta de que lo que mu hubiera gustado estudiar era periodismo, ya estaba a punto de obtener mi licenciatura, además, aun me faltaban un montón de pistas que correr.

— ¡Es usted abogado!

— Mi padre era abogado, hijo, yo no llegué a firmar un solo acta. Pero como te digo, el tener una carrera me abrió puertas. No olvides esto, chico: los años se van instaurando en tu cuerpo como gramos de plomo, mientras que el conocimiento te da alas.

En fin, ha empezado a arreciar y me estoy dispersando demasiado. Es hora de coger la no compra y hacer el sprint de vuelta a casa… Uf, en este caso, no pesan la leche y las manzanas, pesa que te fechen la pascana. ¡Ay, Dolores!

—Para mí que es usted un poeta, señor…

—Mira, chaval, ¿qué te parece si te doy cinco euros por cargar con la leche y las manzanas? O, mejor aun, tal vez te interese meter diez euros en tu hucha a cambio de hacerme compañía a la hora de merendar. Charlaríamos. E incluso podría asesorarte en cómo saltarnos la ley con… ciertas cenizas, llegado el día…

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