Estaba todo listo para comenzar, el pan sobre el mantel, el vino sobre la mesa, la familia hambrienta esperando una cálida cena familiar, el cocinero, mi hermano mayor parecía lucirse y moverse con habilidad en esa área de la casa.

Todos comenzamos a admirar la peculiaridad con la que comenzó a desenvolverse desde el momento en que prendió el fuego y puso a hervir los huevos, cortar las verduras con la velocidad y la calidad de un profesional, adobar la carne con condimentos que nunca en mi corta vida había visto.

No creí que esos años en esa famosa escuela de gastronomía en Francia hubiesen sido capaces de transformar a tal inútil, ese que no se levantaba de la cama ni aun hicieses el mas cálido y bello día. «Si» ese mismo que fumaba en los pasillos de la escuela y fue expulsado de toda institución a la cual asistió.

Fue entonces que llego la hora de saber la verdad, después de unas cuantas horas en la cocina, toda la familia esperaba ansiosa. Mi madre vestida con elegancia, mi padre sentado en la punta de la mesa con su típico rostro de hombre orgulloso y mal engestado pero en sus ojos lucia un brillo de esperanza, ese momento donde yo miraba hacia todos lados y no entendía lo que estaba pasando, en ese preciso momento el flamante chef se acerca a la mesa y de sus labios emanan tales palabras: -Ya hable al delivery nos traen 2 pizzas, queme la cena.

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