Mar y montaña.

Mar y montaña.

Demasiado espacio, si no alza la voz dudo poder oír al comensal que se sienta frente a mí. Demasiado pulcro, llevo rato pensando como conseguiré seguir el protocolo. Me siento extraña porque esta mezcla de exuberancia, alevosía y respeto a la que no acostumbro a asistir deja muy buen sabor de boca. No quiero sentir la necesidad de volver, pero ya la siento y aún no he probado bocado.

Tras unos minutos, imagino de cortesía, ha llegado un plato que me asusta, me es increíblemente familiar, por decirlo de otra forma que pueda acercarse más a comprender mi asombro, me recuerda a la cocina de alguien con quién hace años habité trasmundos.

Lo he tratado con tanto respeto que he intentado volverlo a componer en cada cucharada con un poco de cada uno de sus elementos. Me encuentro ante él como ante la presencia de mi verdadero amante.

En un darse cuenta uno mismo de que está ausente, tal como dentro de los sueños tomamos conciencia de que lo son, me he preocupado por reagruparme antes de derretirme sobre el mantel al ritmo que deben estar dilatándose mis pupilas.

Ha sido horrible pensar que estaba frente a mí, encima de la mesa de nuevo. He intentado ocultar mi euforia, odio descubrir que saboreo encontrarme desalmada otra vez. Lo he deseado tanto que he evitado atender a los comentarios de mi alrededor, por si alguien daba muestras de desearlo más que yo.

He sido cómplice, como si tuviéramos un secreto que me he esmerado en guardar en cada movimiento.

En el último bocado he fingido desdén en aras de mantener mi soberbia erguida. Durante un momento había imaginado numerosas formas de acabarlo, pero algo me llevó al desconsuelo. Me he reiterado y disuelto en el acero, he arrastrado el frío con los labios, he arrimado los dientes al metal y he devuelto la rabia que oprimía la ebullición endémica.

No había terminado de fingir entereza cuando han empezado ha retirar los platos vacíos, entonces me ha invadido una sensación conocida, he agarrado fuerte la cuchara y la he asfixiado dentro de mi puño cerrado como si fuera la única prueba de mi propia existencia.

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