Cicatrices de un guerrero.

Cicatrices de un guerrero.

Tras varios días postrado en la cama de un hospital, conseguí cobrar la consciencia. Abrí los ojos, mi mirada se chocó contra la noche más oscura, y tenebrosa que jamás hubiera podido imaginar. Sentí pánico, no recordaba nada. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué no podía moverme?, ¿Qué hacía tumbado en una cama de hospital?

Su voz, tan dulce como siempre susurró en mi oído :

_ Tranquilo mi Amor, lo peor ya ha pasado.

Aunque la realidad era bien distinta, lo peor, estaba por llegar. Nada funcionaba en mí. Tenía tubos por dentro de mi boca que no me permitían hablar, ni comer. No podía mover ningún miembro, sentía como si unas correas atasen mi cuerpo a la cama. Fueron días, semanas, meses de auténtica impotencia y desesperación. Prohibí todo tipo de visitas. No soportaba la compasión y mucho menos que ella me viera así.

¿Qué sentido tiene vivir de esta manera? Deseo morir, me repetía una y otra vez.

Entre tanto, las idas y venidas a quirófano se habían convertido en uno de mis mayores pasatiempos. Fue en la cuarta intervención cuando algo cambió. Esos malditos tubos que me estaban estrangulando, habían desaparecido y por lo visto algo más podría cambiar, nada seguro, pero tendríamos que esperar a que se esfumase la inflamación de mi médula para averiguarlo.

Pese a mi deseo de no tener visitas, ella entraba sigilosamente en mi habitación cada domingo. Mientras, yo fingía dormir. Su perfume asaltaba todos mis recuerdos, deseaba abrazarla tanto como ella a mí. Sin embargo, solo me observaba, sentada sobre mi cama acariciaba mi pelo, sus delicadas manos recorrían lentamente mi rostro, besaba suave mis labios, y, era entonces cuando se apoderaba de mí una gran tristeza, sabiendo que había llegado el final. El resto de mi cuerpo no entendía de sensaciones. Pero… ese día, un escalofrío seguió invadiendo mi interior, podía notar el recorrido de sus dedos acariciar mi nuca, como iban resbalando por mis brazos hasta llegar a la palma de mis manos dejando sus dedos enlazados con los míos durante unos confortantes segundos. Una vez más, besó mis labios, salió de la habitación dejando un sutil sollozo.

Sentí un deseo irrefrenable por levantarme de la cama y salir corriendo, sentir los fuertes zumbidos de mi corazón, mover los dedos de mis manos y los brazos me parecían de plomo pero aun así conseguí levantarlos un palmo de la cama. Habían desaparecido esas malditas correas que me oprimían contra la cama. Fue justo en ese momento, cuando decidí enfrentarme al miedo, al miedo que me había alejado de mis seres queridos y de la vida. Una vida aún por descubrir.

Ocho meses después, tras una rigurosa rehabilitación soy una persona independiente, puede que nunca más vuelva a andar, pero seguiré luchando por y para ello. Volveré a ejercer mi profesión como médico militar y disfrutaré de los pormenores que nos da la vida.

“No sabes lo fuerte que eres, hasta que serlo es tu única opción” (“Bob Marley”)

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