Olor a poliéster y a goma

Olor a poliéster y a goma

Permítanme que les hable de mi madre, para que la conozcan un poco y la quieran un mucho, como yo. Porque de otra cosa no, pero de hacerse querer sabía un rato.

Nuestra primera casa, aquí en Madrid, constaba de pequeñas estancias alrededor de un patio a rebosar de macetas. Imagino que mi madre, junto con los recuerdos de la niñez, trajo consigo, en una maleta de cartón, un pedazo de su Córdoba natal.

En primavera, una explosión de alegría inundaba aquel patio. Imperaban el rosa pálido de las hortensias y el rojo intenso de geranios y gitanillas. Rosas no había. “La única Rosa de este patio soy yo”, decía.

Cuando las fragancias y los colores se apagaban, allí estaba ella. Acompañada por el viento, esparcía por el barrio coplas de grandes tonadilleras. Escuché decir a uno de mis vecinos que no le hacía falta sintonizar la radio para escuchar a Marifé de Triana, a Imperio Argentina y a tantas otras.

El sueldo de mi padre apenas alcanzaba, por lo que no le quedó más remedio que colaborar para llenar la nevera; y por qué no decirlo, para que ningún domingo nos faltaran churros con chocolate para desayunar. Además de llevar a cuestas la casa: lavar, cocinar,… arañaba horas al sueño para coser. Yo dormía por los dos. El soniquete de su Singer era y es más poderoso que el cloroformo.

A duras penas garabateaba su nombre, pero en el manejo su caja de costura era toda una experta. Si tocaba dar un corte, cogía las tijeras y ‘¡zas!’. Según ella, había que ir con la verdad por delante por mucho que escueza. Luego hilvanaba los destrozos para que cicatrizaran. Afirmaba que las cicatrices son pruebas palpables de lo aprendido. Y tan mal no lo haría. Todos recurríamos a ella para recibir sus consejos cosidos a afilados comentarios.

Nunca olvidaré su taller de costura, donde máquina de coser, agujas e hilos se aunaban en una simbiosis perfecta para confeccionar “sábanas Walf con cuatro puntos de ajuste”. Solo por el jadeo de su Singer sabía que bajo tanta tela ella se ocultaba. No sé cómo no se mareaba con tanto olor a poliéster y a goma. Por eso, cuando su rostro empieza a desdibujarse de mi memoria, compro sábanas para mi cama.

Todavía conservo la Singer de mi madre. La ubiqué en un rincón de mi habitación, donde ahora moran los ecos de las puntadas que me unían a ella.

Cuando la necesito, me siento a su vera. No me creerán, pero en ocasiones veo el pedal balancearse. Entonces aspiro su esencia, la que impregna la sábana que la cubre, para así saber lo que quiere decirme con el traqueteo. Si es consuelo lo que busco, el ritmo del vaivén aminora los latidos de mi corazón desbocado. Y si no consigo conciliar el sueño, al balanceo lo acompaña la más dulce de las nanas.

Solo dormido consigo sumergirme en su taller de costura. Buceo bajo las telas hasta encontrarla para que vuelva a abrazarme.

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